Capítulo 6 Lo que ocurre tres filas adelante

El avión había recuperado la estabilidad, pero mi cuerpo no. Seguía pegada al asiento, los dedos todavía cerrados sobre los reposabrazos con una fuerza que empezaba a dolerme en los huesos. El capitán había anunciado con voz calmada que lo peor había pasado. La azafata sonreía de nuevo mientras ofrecía bebidas. Alguien detrás de mí soltó una risa nerviosa. El mundo a mi alrededor pretendía que aquello no había sido más que un susto pasajero.

Yo sabía que no era cierto.

El miedo al despegue se había transformado en otra cosa. Una presión sorda en el pecho, una sensación de que el aire de la cabina no me alcanzaba del todo. Respiraba por la boca, despacio, contando hasta cuatro al inspirar y hasta seis al exhalar, como había leído alguna vez en un artículo sobre ataques de pánico. No estaba teniendo uno. Todavía. Pero el borde estaba cerca.

Tres filas adelante, Amelie tenía la cabeza apoyada en el hombro de Ronan. Él no se había movido durante la turbulencia. No había girado la cabeza para buscarme. No había levantado la voz para preguntar si estaba bien. Su mano seguía donde la había dejado: sobre el muslo de ella, los dedos distraídos, posesivos, como si ese contacto fuera lo único que necesitaba para sentirse anclado.

Los miré más tiempo del que debí.

El perfil de Ronan contra la luz de la ventanilla de ellos. La forma en que su pulgar trazaba círculos lentos sobre la tela del pantalón de Amelie. Ella tenía los ojos cerrados y una sonrisa pequeña, satisfecha, como si el avión entero existiera solo para sostener ese momento. El anillo en mi dedo pesaba de repente demasiado. La piedra pequeña captaba la luz cada vez que movía la mano y me devolvía un destello casi burlón.

Aparté la vista hacia la ventanilla. Las nubes ya no parecían un mar al revés. Parecían una pared blanca e interminable. Me toqué el cuello, ahí donde el pulso latía demasiado rápido. La piel estaba fría a pesar del calor seco del aire acondicionado.

El hombre de mi lado seguía dormido. La mujer joven se había puesto los auriculares y miraba una serie en la pantallita del asiento. Nadie prestaba atención a la mujer del vestido azul oscuro que intentaba no deshacerse en silencio.

Pedí agua cuando pasó la azafata. La bebí de un trago. El líquido frío bajó por mi garganta y se instaló en el estómago como una piedra más. Luego me quedé quieta, escuchando el ruido constante de los motores. Ese zumbido profundo que lo llenaba todo y que, de alguna forma, hacía más evidentes los sonidos que venían de adelante: la risa baja de Amelie, el murmullo de Ronan respondiéndole, el crujido de la tela cuando ella se acomodaba todavía más contra él.

En algún momento me dije que tenía que levantarme. Que el cuerpo necesitaba moverse. Que si me quedaba allí un segundo más iba a empezar a contar cada vez que la mano de él se moviera sobre el muslo de ella. Me desabroché el cinturón con dedos torpes. Me puse de pie. El pasillo parecía más estrecho de lo que recordaba.

Caminé hacia atrás primero, hacia los baños de cola, solo para darme la ilusión de que no estaba yendo hacia ellos. El vaivén del avión me obligó a sujetarme de los respaldos. Alguien murmuró una disculpa cuando rozé su hombro. Yo no respondí. Llegué hasta el final, entré en el baño más alejado y cerré la puerta con pestillo.

El espacio era mínimo. Luz blanca y fría. Espejo pequeño que me devolvió una versión de mí misma que casi no reconocí: ojos enrojecidos, labios apretados, el cabello un poco alborotado por haber apoyado la cabeza contra el asiento. Me mojé las muñecas. Luego la cara. El agua fría me devolvió un poco de claridad. Me miré otra vez y me obligué a sostener la propia mirada.

—No vas a llorar aquí —susurré para mí misma—. No en un baño de avión. No por ellos.

La voz me salió más firme de lo que esperaba. Me sequé con el papel áspero. Respiré hondo tres veces. Cuando salí, el pasillo me recibió con el mismo zumbido de siempre.

Esta vez caminé hacia adelante.

No sabía exactamente qué buscaba. Tal vez solo necesitaba verlos de cerca. Confirmar que lo que estaba ocurriendo tres filas delante de mí era real y no un producto de mi miedo. Pasé junto a mi asiento sin detenerme. Seguí. La fila 23. La 22. Y entonces la 21.

Amelie tenía los ojos abiertos ahora. Estaba diciéndole algo a Ronan en voz muy baja, tan cerca que sus labios casi rozaban su oreja. Él reía. Esa risa que yo había escuchado pocas veces dirigida a mí y que ahora salía fácil, cálida, cómplice. Su mano ya no estaba en el muslo de ella. Estaba entrelazada con la de Amelie sobre el reposabrazos central.

Me detuve un segundo de más.

Ronan levantó la vista.

Nuestros ojos se encontraron.

No hubo sorpresa en los suyos. Solo una leve molestia, como si mi presencia en el pasillo fuera un inconveniente menor. Amelie siguió la dirección de su mirada y sonrió. Esa sonrisa pequeña que nunca llegaba a los ojos y que yo ya conocía demasiado bien.

—¿Necesitas algo, Elizabeth? —preguntó Ronan en voz baja, lo bastante alta para que yo la oyera y lo bastante baja para que no molestara al resto de la cabina.

Negué con la cabeza.

—Solo… iba al baño.

Mentira. Ya había ido. Pero la verdad era peor: solo necesitaba verlos. Confirmar el daño.

Él asintió una sola vez y volvió a prestarle atención a Amelie. Ella apoyó la cabeza otra vez en su hombro, pero esta vez me miró por encima de él mientras lo hacía. Sus ojos decían todo lo que su boca no necesitaba pronunciar: Este es mi lugar. Siempre lo ha sido.

Seguí caminando. Las piernas me temblaban. Pasé la cortina que separaba la clase turista de la premium y me detuve un momento en el pequeño espacio junto a las cocinas, donde las azafatas preparaban carritos. Una de ellas me miró con educada curiosidad.

—¿Se encuentra bien, señorita?

Asentí. Pedí otro vaso de agua aunque no tenía sed. Lo bebí de pie, sintiendo cómo el frío me bajaba por dentro. Luego regresé a mi asiento con pasos medidos, como si cada uno de ellos fuera una decisión consciente de no romper.

Me senté. Me abroché el cinturón. Volví a mirar por la ventanilla.

El recuerdo de la mano de Ronan entrelazada con la de Amelie se superponía a todas las veces en que él había evitado tomarme la mía. En el cine. En la mesa. En la cama. Siempre había una excusa. Siempre había una distancia. Ahora entendía que esa distancia no era casualidad. Era preferencia.

Cerré los ojos.

El ruido de los motores se volvió más profundo, más presente. Dentro de mi cabeza, las imágenes se atropellaban: Amelie riéndose en mi cocina. Ronan ajustándole el cinturón. La forma en que él había dicho “tres filas detrás” como si estuviera haciendo un favor. El anillo en mi dedo. La promesa hecha a una mujer moribunda. Mi madre sosteniendo la mano del señor Sinclair y creyendo, hasta el final, que eso bastaría para protegerme.

Una lágrima se escapó. Solo una. La limpié con el dorso de la mano antes de que pudiera recorrer la mejilla. No iba a llorar. No todavía. No mientras ellos pudieran girarse y verme.

El tiempo se volvió extraño. Minutos que se sentían como horas. El servicio de comida llegó y yo rechacé la bandeja con un gesto. El olor a pollo recalentado me revolvió el estómago. La mujer de al lado comió en silencio. El hombre siguió durmiendo. Yo me limité a existir dentro de mi asiento, contando las veces que la risa de Amelie atravesaba el zumbido de los motores.

En algún momento me di cuenta de que estaba temblando. No de frío. De algo más antiguo. De esa rabia lenta que había aprendido a tragar durante años y que ahora amenazaba con subirme por la garganta. Apreté los dientes. Clavé las uñas en las palmas hasta sentir el pinchazo. El dolor pequeño me devolvió un poco de control.

Pensé en levantarme otra vez. En caminar hasta su fila y decirles, en voz baja y clara, que lo sabía. Que había visto suficiente. Que el anillo podía quedárselo. Pero las palabras se me atragantaron antes de formarse. Porque una parte de mí —la parte que todavía se aferraba a las migajas— tenía miedo de lo que vendría después. Miedo al silencio de la casa sin Ronan. Miedo a volver a ser solo Elizabeth Felton, sin promesa, sin techo asegurado, sin la ilusión de que alguien, algún día, me había elegido.

Aunque nunca me hubiera elegido de verdad.

El avión siguió avanzando a través de la noche. Las luces de la cabina se atenuaron. La mayoría de los pasajeros intentó dormir. Yo no. Me quedé despierta, con los ojos abiertos en la penumbra, escuchando el eco lejano de una risa que ya no me pertenecía y el latido demasiado fuerte de un corazón que empezaba a entender que algo, dentro de este avión, estaba a punto de romperse para siempre.

Y que, esta vez, yo no iba a poder fingir que no lo había visto.

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