Capítulo 7 El ruido que lo cambió todo
El tiempo dentro del avión se había vuelto una sustancia espesa, casi sólida. Cada minuto se pegaba a la piel como humedad. Las luces de la cabina permanecían atenuadas; la mayoría de los pasajeros dormía o fingía hacerlo. El zumbido de los motores era ahora el único sonido constante, un ronroneo profundo que parecía provenir del centro mismo de la tierra y no de unas turbinas a diez mil metros de altura.
Yo no dormía.
Llevaba rato con los ojos abiertos en la penumbra, el cuerpo rígido contra el asiento, escuchando. No el ruido de los motores. Otro. Uno más sutil. Uno que se filtraba desde adelante en oleadas irregulares: el roce de tela, un susurro demasiado bajo para distinguir palabras, una risa breve de Amelie que se cortaba como si alguien le hubiera tapado la boca con la mano. Cada vez que ese sonido llegaba hasta mí, el estómago se me contraía con una náusea fría.
Me toqué el anillo. La piedra estaba tibia por el calor de mi propia piel. La giré una vez, dos, tres. Pensé en quitármelo. En dejarlo sobre la bandeja cerrada y levantarme y no volver a mirar atrás. Pero los dedos no obedecieron. El metal seguía ahí, recordándome la promesa que yo no había hecho y que, sin embargo, me sostenía el cuello como una soga elegante.
El hombre de mi lado roncaba ahora con la boca entreabierta. La mujer joven tenía la cabeza apoyada contra la ventanilla y los auriculares todavía puestos. Nadie prestaba atención a nadie. Esa era la magia cruel de los vuelos largos: cada uno se volvía invisible dentro de su propio sufrimiento.
Me desabroché el cinturón.
El clic sonó demasiado fuerte en la cabina en penumbra. Me quedé quieta un segundo, esperando que alguien se girara. Nadie lo hizo. Me puse de pie con cuidado. Las piernas me temblaban un poco, no de miedo al avión esta vez, sino de esa certeza lenta que se me había instalado en el pecho desde que vi las manos de Ronan entrelazadas con las de Amelie. Caminé hacia el pasillo. El suelo vibraba apenas bajo las plantas de los pies.
Pasé mi fila. La 23. La 22. La 21 estaba en penumbra también. El asiento de Amelie estaba vacío. El de Ronan también.
El corazón me dio un golpe seco contra las costillas.
Seguí caminando. Más despacio ahora. El pasillo parecía estirarse. Las cortinas de las ventanillas estaban bajadas en casi todos los asientos. Solo algunas luces de lectura permanecían encendidas, creando islotes de claridad amarillenta. El aire olía a café frío, a perfume barato y a esa mezcla indefinible de cuerpos encerrados demasiado tiempo juntos.
Llegué a la zona de los baños delanteros, justo antes de la cortina que separaba las clases. Había dos puertas. Una estaba cerrada con el letrero rojo de OCCUPIED. La otra… la otra estaba entreabierta.
Un hilo de luz salía por la rendija.
Y entonces lo oí.
No fue un gemido completo al principio. Fue algo más bajo. Más húmedo. Un sonido de piel contra piel, de respiración entrecortada, de alguien intentando no hacer ruido y fallando. Luego vino la voz de Amelie. Inconfundible incluso en susurro. Un “más fuerte” ahogado, seguido de una risa corta, casi eufórica, que se transformó en otro gemido cuando el ritmo cambió.
Me detuve en seco.
El mundo se redujo a esa rendija de luz y a ese sonido. Mis oídos latían. Las manos se me habían vuelto frías. Di un paso más. Luego otro. El cuerpo se movía solo, como si alguien más tirara de mí hacia adelante. Me acerqué hasta quedar a menos de un metro de la puerta entreabierta.
Desde allí pude verlos.
No todo. Solo fragmentos. La espalda de Ronan, la camisa desabrochada y subida hasta la mitad del torso. El cabello de Amelie deshecho, cayéndole sobre los hombros desnudos. Una de sus piernas levantada y sujeta por la mano de él. El movimiento rítmico, profundo, casi violento en su urgencia. Amelie tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos semicerrados, la boca abierta en un gesto de placer que yo nunca le había visto a Ronan provocarme. Y entonces ella abrió del todo los ojos y me miró.
Directo a los míos.
No hubo sorpresa. No hubo vergüenza. Solo una sonrisa lenta, triunfal, mientras apretaba las uñas en la espalda de Ronan y le decía, lo bastante alto para que yo lo oyera con claridad:
—Fóllame más fuerte. Demuéstrame que soy yo la que te importa. Vente dentro de mí. Ahora.
Ronan gruñó. Aceleró el ritmo. El sonido de piel contra piel se volvió obsceno, imposible de ignorar. Amelie no apartó la mirada de la mía. Al contrario: la sostuvo mientras él se hundía en ella una y otra vez, hasta que el cuerpo de Ronan se tensó por completo y un gemido ronco, animal, le salió del pecho. Amelie sonrió todavía más mientras lo sentía terminar dentro de ella, y solo entonces cerró los ojos con un suspiro de satisfacción pura.
Yo no podía respirar.
La mano se me había subido sola a la boca. Los dedos me temblaban contra los labios. Las lágrimas ya estaban ahí, calientes, resbalando por las mejillas sin permiso. El dolor no era solo emocional. Era físico. Un agujero abierto en el centro del pecho por el que se escapaba todo el aire del mundo.
Ronan se separó de ella con lentitud. Todavía jadeaba. Se subió los pantalones sin prisa. Amelie se acomodó el vestido con movimientos perezosos, casi elegantes, como si acabara de terminar una conversación agradable y no de follarse al prometido de otra mujer en el baño de un avión. Fue entonces cuando Ronan giró la cabeza y me vio.
Su expresión no cambió demasiado. Hubo un segundo de molestia. Luego algo parecido al hastío.
—Elizabeth —dijo. La voz ronca todavía—. No montes un show.
Las palabras me golpearon con más fuerza que si me hubiera gritado. No montes un show. Como si yo fuera el problema. Como si mi presencia en ese pasillo, con las lágrimas corriendo y el corazón hecho trizas, fuera una inconveniencia de etiqueta.
Amelie se rió bajito mientras se alisaba el cabello.
—Te dije que cerraras bien la puerta —le murmuró a él, pero lo suficientemente alto para que yo lo oyera.
Algo dentro de mí se rompió con un sonido seco. Ya no era solo dolor. Era rabia. Una rabia antigua, acumulada durante años de sonrisas falsas, de “no me importa”, de asientos tres filas detrás y de noches en las que él se daba la vuelta después de usarme. Avancé. La puerta cedió del todo bajo mi mano. Entré en el minúsculo espacio que todavía olía a sexo y a perfume de Amelie.
—Eres una zorra —le dije. La voz me salió baja, temblorosa, pero clara—. Una zorra patética que no puede conseguir un hombre si no es robándoselo a otra.
Amelie arqueó una ceja, divertida.
Ronan se interpuso. Su mano se cerró alrededor de mi muñeca con una fuerza que me hizo soltar un quejido.
—Basta —ordenó—. No vas a armar un escándalo aquí.
Intenté zafarme. Él apretó más.
—Suéltame.
—Te dije que no montes un show —repitió, y entonces me abofeteó.
No fue una bofetada teatral. Fue seca, precisa, pensada para callar. La cabeza me giró hacia un lado. El dolor explotó en la mejilla y se irradió hasta la sien. Perdí el equilibrio. Caí contra la pared del baño y luego al suelo, las rodillas golpeando el piso frío. El sabor a hierro me llenó la boca; me había mordido la lengua.
Desde abajo los miré a los dos.
Ronan se ajustaba la camisa con movimientos calmados. Amelie se miraba en el espejo pequeño, corrigiendo el labial que se le había corrido. Ninguno de los dos parecía particularmente alterado. Como si lo que acababa de ocurrir fuera un incidente menor en un día cualquiera.
—Solo me caso contigo por compromiso —dijo Ronan sin mirarme—. No por amor. Nunca fue por amor. Y cuanto antes lo aceptes, mejor para todos.
Amelie pasó junto a mí hacia la puerta. Se detuvo un segundo, lo bastante para que yo viera la sonrisa satisfecha desde abajo.
—Qué patética —susurró—. De verdad.
Salieron. La puerta del baño quedó abierta. El pasillo seguía en penumbra. Nadie había venido. Nadie había oído. O tal vez sí, y habían preferido no involucrarse. El avión seguía volando como si nada en el mundo se hubiera roto.
Me quedé en el suelo un momento más. La mejilla me ardía. Las lágrimas ya no eran silenciosas; sollozaban en mi garganta sin que pudiera detenerlas. Me toqué el labio. Tenía sangre. Poca. Suficiente para mancharme los dedos.
Muy despacio, me levanté. Las piernas apenas me sostenían. Me miré en el espejo del baño. Una mujer con el cabello alborotado, la mejilla enrojecida, los ojos hinchados y una gota de sangre en la comisura de los labios me devolvió la mirada. Ya no era la Elizabeth que había subido al avión. Esa se había quedado en el suelo del baño, junto con el último resto de esperanza.
Salí al pasillo.
Caminé sin dirección clara. El cuerpo se movía solo. Pasé la cortina de primera clase sin darme cuenta. El aire allí olía distinto: más limpio, a cuero y a whisky caro. Las luces eran un poco más cálidas. Me tambaleé. El avión dio un pequeño banqueo en ese preciso instante, una turbulencia corta e inesperada, y yo, que ya no tenía equilibrio ni fuerzas, caí hacia adelante.
Mis manos buscaron algo a lo que agarrarse.
Encontraron tela. Calor. Músculo.
Caí de rodillas entre las piernas de un hombre sentado en uno de los asientos de primera clase. El impacto me sacó el poco aire que me quedaba. Levanté la cabeza, todavía aturdida, con las lágrimas y la sangre mezcladas en la cara, y me encontré con unos ojos oscuros que me observaban con una intensidad que no había visto en nadie desde hacía años.
No era lástima.
Era otra cosa.
Algo mucho más peligroso.
Y en ese preciso segundo, mientras el avión volvía a estabilizarse y una azafata se acercaba con expresión de desaprobación, supe que nada —absolutamente nada— volvería a ser igual.
