Capítulo 1 Prólogo: El inicio de un final.

Las campanas de la iglesia resonaron una y otra vez. El día estaba iluminado con un cielo despejado, y el clima estaba muy caluroso. Los invitados empezaron a llegar y tomar sus respectivos asientos; el novio ya estaba en la iglesia vistiendo un traje de pingüino color blanco. Los amigos del novio lo ayudaban a enderezar su corbatín mientras esperaban a la novia; todos reían mientras veían el tiempo pasar.

Mientras tanto, la novia, no muy lejos de ahí en un pequeño salón, ya lista, se miraba de pies a cabeza frente al espejo largo y ancho. Su vestido: blanco, adornado con pequeñas piedras brillantes sobre su corset, la hacía lucir espléndida; su cabello recogido, acompañado con una corona que brillaba hasta por los poros. Clara realmente era hermosa por donde se mirara. Era el día más feliz de su vida, pero estaba serena; no resaltaba alguna pizca de alegría.

—¿Estás lista? —dijo Natalia, su mejor amiga. Había entrado sin hacer ruido; tenía la cabeza tan distraída que omitió a los que estaban a su alrededor.

Clara le dibujó una pequeña sonrisa asintiendo, demostrando algo que claramente no sentía. Natalia la miró directo a los ojos para luego mirar el resto de mi vestido, y en su mirada había algo más que lástima; era esa mirada de empatía, de nostalgia, demostrando que no quería estar en mi lugar.

—Entonces vamos… —dijo, sin añadir algo más al momento. Extendió su brazo; Clara tomó su ramo que reposaba sobre una mesita pequeña.

Las damas de honor pasaron primero, tomadas del brazo de los padrinos. Sonreían, irradiaban felicidad, pero todo a su alrededor parecía extraño, con una tensión que todos parecían cargar en sus rostros, una tensión que no terminaba de marcharse.

Una niña, vestida de blanco, avanzó esparciendo flores sobre el suelo.

La novia entró, acompañada por un hombre mayor, canoso, vestido con un elegante traje negro.

—Estamos aquí reunidos para unir en sagrado matrimonio a estas dos almas puras —comenzó el sacerdote—. Que desean estar juntas bajo la bendición de Dios. Clara, ¿acepta usted a este hombre como su legítimo esposo? Para amarlo, respetarlo, honrarlo y serle fiel, ¿hasta que la muerte los separe?

El novio le sonrió y le extendió su mano con confianza. Sabía muy bien quién tenía el control. Clara tragó saliva, lo miró de frente. En su mirada no había amor, solo la tranquilidad amarga de estar haciendo lo correcto para proteger a su familia. Era el precio que tenía que pagar.

—Yo… acepto.

—¡Alto! —La voz resonó durísimo en toda la iglesia. Todos los invitados voltearon a ver qué pasaba. Y justo allí, de pie, estaba un chico joven, vestido con un traje elegante con apenas los primeros botones de su camisa desabrochada; su postura era firme, y sus ojos clavados en solo una persona: en Clara.

Un murmullo recorrió los bancos:

—¿Ese no es el hijo del primer ministro?

—¿Qué hace ese muchacho aquí?

—Creí que se había ido a Altamira con su hermano.

Los novios se miraron desconcertados. El novio volvió a mirar al chico en la entrada, frunciendo el ceño; bajó la mano que tenía extendida hacia Clara. Clara estaba en shock; verlo ahí le producía una mezcla de nostalgia, miedo y sorpresa.

El joven avanzó con pasos decididos. El novio se interpuso frente a Clara, como escudo. Ella bajó el ramo, mirando fijamente la espalda de su prometido, en silencio.

—¿Qué crees que estás haciendo, Sebastián? —dijo el novio con los dientes apretados.

—Lo que debí hacer desde el principio —respondió Sebastián, sin titubear.

Se colocó frente a él, igualando su estatura. Se miraron con intensidad, como si el aire entre ellos ardiera.

—Te lo advertí, Sebastián. Déjala en paz. Ella ya tomó su decisión.

—¿Su decisión? Ofreciendo liberar a su hermano, ¿te parece una decisión cuerda? —Sebastián dio un paso más, desafiándolo con la mirada—. Pero dime, ahora que estamos los dos aquí… ¿No sería justo que ella elija con libertad?

El novio apretó la mandíbula, haciendo rechinar los dientes. —No me provoques —advirtió.

—El que debería decir eso soy yo, ¿lo olvidas?

Caleb soltó una risa burlona. —No sabes perder, ¿no es así?

Sebastián dio un paso más al frente, mirando con más intensidad al hombre frente a él. —Nunca pierdo, Caleb. Y hoy no vine a perder el tiempo contigo. —Sus hombros se suavizaron. —Vine por Clara.

Quiso mirar a Clara, pero Caleb lo detuvo sujetándolo del brazo con brusquedad. —¡Ella ya no es tuya!

—¡Sí lo es!

Los murmullos se intensificaron. El ambiente era denso, como si el aire se hubiera vuelto más pesado.

Un señor mayor, tal vez parte de la familia, se acercó a los dos hombres e intentó separarlos. —Por favor, Sebastián, este no es el momento —le dijo con firmeza—. Esta no es otra de tus películas tontas; no puedes venir a interrumpirlo todo así por nada. ¿Tu padre sabe de esto? ¿Cómo crees que afectará a tu familia este escándalo?

—Mi familia no tiene nada que ver en esto. Estoy aquí por mi propia iniciativa. Y sé muy bien que esto no es un juego; por eso no puedo dejar que la mujer que amo cometa una locura... no me lo perdonaría nunca.

El novio soltó una risa burlona, lo tomó por el saco y lo empujó ligeramente. —¿Te crees muy listo, niño?

—¿Eso crees tú?

Ambos estaban a punto de perder el control, pero el señor y Clara se interpusieron entre ellos.

—¡Basta! —dijo ella, acercándose a Sebastián—. ¡Este no es el momento de sus juegos infantiles! —Volteó a mirar a Sebastián; él había bajado la guardia inmediatamente, ahora estaba indefenso, débil, sin escudos…

—Sebastián… —Se puso frente a él, quizás para mirarlo a los ojos, pero al ver sus ojos oscuros y brillosos supo que no podía seguir sosteniéndole la mirada; era imposible. En el fondo sabía por qué Sebastián estaba ahí, y quizás así ella lo quería, pero las cosas debían terminar en ese instante.

—No deberías estar aquí, Sebastián.

—Clara —la interrumpió él, tomando sus manos—. Te lo dije: no dejaré que te alejes de mí. No otra vez. Te fuiste una vez y no tienes idea del infierno que viví sin ti. No me dejes revivirlo.

Los ojos de Clara se llenaron de lágrimas. Su voz tembló. —Esto no es tan sencillo como tú crees… —Con ternura, empezó a acomodarle la camisa arrugada, como una madre que se asegura de que su hijo vaya bien vestido.

Él tomó sus manos y las llevó a su pecho, presionándolas suavemente. —Es tan sencillo como elegir el color de mi corbata para tomar té contigo.

Ambos rieron suavemente. Clara bajó la cabeza, negando con una sonrisa dolorosa.

Intentó soltar sus manos para dar la vuelta y seguir con la boda, pero Sebastián la apretó aún más fuerte, aferrándose a ella, como si fuera lo último… su última esperanza.

—Clara…

A veces, aceptamos todo lo que creemos merecer con tal de tener a esa persona a nuestro lado…

Pero cuando se abren dos caminos frente a ti… ¿Cuál elegimos?

—Por favor… No lo hagas…

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