Capítulo 2 Capítulo 1: Una deuda pendiente
Ciudad Valoria—7 años atrás.
Club El Onyx
La música electrónica latía como un corazón de metal en las sombras del Club Ónyx. Entre los haces de luz láser que cortaban el humo de los cigarrillos, yo me movía en el escenario central. Sentía mi cuerpo, enfundado en ese vestido corto de satén azul, siguiendo el ritmo con movimientos que ya me sabía de memoria. En el tubo de metal se convertía noche tras noche en mi aliado, pero mis ojos estaban vacíos. Recorría la sala sin ver a nadie; mi mente estaba anclada en una cifra: medio millón de euros, y en el rostro de mi hermano, cuyo tiempo se agotaba.
Al terminar mi turno, caminé hacia el camerino principal. Necesitaba un respiro.
—Estuviste espléndida, Clara… —Me dijo una de las chicas mientras salía para subir a la tarima; chocamos las manos para darnos ánimo.
Le agradecí el cumplido con un beso fugaz en la mejilla y me senté, exhausta. Tomé una toalla de mi tocador; mi frente era un mar de sudor que no dejaba de brotar.
—Parece que has corrido un maratón intenso —se rió la chica a mi lado mientras se aplicaba un labial rojo.
—Eso pasa cuando se olvida de nosotras por un año entero —contestó otra compañera con un tono burlón que casualmente pasaba al otro lado del camerino.
Rodé los ojos, tratando de recuperar el aliento, pero Mónica, la manager, se acercó con esa sonrisa profesional con la que siempre anunciaba algo.
—Clara, cariño. Tienes un cliente en la sala siete. Es uno de los exclusivos. Pidió específicamente por ti.
Asentí. Terminé de secarme el sudor con la toalla, me puse recta y caminé por el pasillo alfombrado hasta la puerta de madera maciza de la sala siete. Al abrirla, la forzada sensualidad de mi sonrisa se congeló por una fracción de segundo.
Samuel estaba allí, recostado en un sofá de terciopelo, con un traje impecable y una copa de whisky. Su sonrisa era amplia, demasiado familiar.
—Vaya, vaya. Si no es la mismísima Clara —dijo, con esa voz que era una mezcla de picardía y arrogancia—. Pensé que te dedicabas a algo más... refinado. —Mencionó sin quitar los ojos de mis pechos.
Cerré la puerta y me crucé de brazos. —Refinado como tu sentido del humor, ¿no? ¿Qué te trae por aquí? ¿Aburrido de comprar empresas y decidiste comprar miradas?
Él se rió, bajando la copa.
—Siempre con esa lengua afilada. Me dijeron que a este club llegó una peliroja muy hermosa, que era la mejor. El nombre me pareció familiar, así que vine a corroborarlo por mí mismo.
—Los chismes vuelan —repliqué con una ironía que solo yo podía captar—. Pero para los amigos, el espectáculo es especial. Dame cinco minutos.
Salí de la sala y regresé poco después, transformada. Cambié el satén azul por un conjunto de lencería negra, transparente y con encajes, que dejaba muy poco a la imaginación. La "amiga" había desaparecido; ahora era la bailarina profesional que se había tomado unas largas vacaciones y que ahora estaba de vuelta.
Sin decir una palabra, me acerqué y empecé a bailar para él. Mis movimientos eran fluidos, cargados de movimientos perfectamente sincronizados; sabía a qué clase de bailes le gustaban y usé la seducción a la perfección. Samuel me observaba, impasible, con esa mirada de halcón que parecía calcular cada uno de mis poros.
Cuando la música terminó, él aplaudió. Un sonido lento y solitario en el silencio de la habitación.
—¡Impresionante! Como siempre —señaló la butaca frente a él—. Ahora, siéntate. Deja de trabajar un momento y toma una copa con un viejo amigo.
Dudé. La palabra amigo no era algo que nos definiera con exactitud, pero quería saber qué quería y qué lo traía por aquí. Me dejé caer en el sillón y me cubrí las piernas con una manta decorativa. Samuel me sirvió dos dedos de un coñac caro y me pasó la copa.
Hablamos de trivialidades, un duelo de palabras donde ambos esquivábamos la realidad de por qué yo estaba allí. Hasta que él, con una naturalidad que me dio escalofríos, soltó la bomba.
—Tengo un primo —comentó, jugando con el hielo de su vaso —. Debes recordarlo, su nombre es Sebastián.
—Tienes una familia grande, Samuel. Sé más específico. —Dije, llevándome el cigarro a los labios, mientras mantenía la copa de coñac en mi otra mano.
—Supongo que recordarás que mi tío Armando tuvo un pequeño retoño a sus casi cuarenta años.
Me quedé pensando un segundo. El impacto me golpeó. —¿Hablas de tu tío, el Primer Ministro?
Samuel asintió. —Mañana cumple dieciocho años. Es un chico ejemplar, muy brillante para su edad, pero... algo inexperto. Nunca ha estado con una mujer.
Bebí un sorbo, sintiendo el ardor del alcohol en mi garganta.
—Qué tierno. Llévalo de paseo o cómprale un coche, lo que sea que hagan los niños ricos a esa edad.
—Ese es el detalle: no quiero darle cualquier regalo. Quiero uno que nunca olvide —insistió, clavando su mirada en mí—. Una noche. Todo incluido. Y quiero que esa noche seas tú.
El silencio se extendió como una mancha en el agua. Bajé la copa con firmeza; el cristal golpeó la mesa con un golpe seco.
—Sabes perfectamente cuáles son mis reglas. Bailo. No tengo sexo con clientes. Si quieres ese regalo para tu primo, contrata a una puta. A varias, si es necesario. Volví a inhalar del cigarrillo.
—Ya lo sé —dijo él, sin inmutarse—. Pero no quiero a "otras putas". Quiero a alguien que no trabaje con sexo porque no quiero que lo traten como a un cliente más. Quiero alguien que sea amable con él, que lo trate bien en su primera vez. Y tú eres perfecta y, además, eres de mi confianza. —Se inclinó hacia adelante, bajando la voz a un tono confidencial—. Y estoy dispuesto a pagar el precio que pidas.
Sentí cómo la dignidad me trepaba por la garganta como un escudo. Me levanté. —Mi precio no se negocia. Es un NO definitivo.
—Cincuenta mil —soltó Samuel.
Me reí. Fue un sonido amargo. —Ni en tus mejores sueños.
—¡Cien mil!
—Samuel, por favor —dije, dispuesta a irme, aunque una parte de mí empezó a flaquear.
—Doscientos mil.
Me detuve. Era una locura. Una fortuna. Pero todavía no era suficiente para salvar a mi hermano. Negué con la cabeza, aunque mis fuerzas ya no eran las mismas. Samuel sonrió; sabía que había encontrado la grieta. Se levantó y se puso frente a mí.
—Quinientos mil euros. En efectivo. Limpio. Mañana mismo.
El número flotó en la habitación, pesado e irreal. Medio millón. Exactamente lo que necesitaba. Sentí que el suelo cedía bajo mis pies y la habitación empezó a girar. Vi el rostro. de mi hermano, asustado, marcado por los cobradores. Vi nuestra desesperación.
Miré a Samuel y su maldita sonrisa triunfal. Él lo sabía. Sabía lo de la deuda. Esto no era una oferta casual; era una trampa, me había investigado antes de venir a mí, lo sabía, siempre había sido así.
—¿Qué... qué tendría que hacer exactamente?
.
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Mansión Valdez
La luz de la luna se filtraba por los altos ventanales del salón, iluminando las partículas de polvo que danzaban alrededor del piano de cola blanco. Sebastián estaba sentado frente a él, sus dedos deslizándose con una mezcla de fuerza y delicadeza sobre las teclas. La melodía era una pieza clásica, melancólica y compleja, que llenaba el espacio de una belleza singular.
Al terminar el último acorde, que resonó hasta desvanecerse en el silencio, un suave aplauso sonó desde el sofá de terciopelo.
Doña Eloísa, una mujer de elegante cabellera plateada y rostro sereno, sonreía con orgullo. —Bravo, Sebastián. 'Clair de Lune'... Cada vez la interpretas con más sentimiento. Tu abuela, que en paz descanse, estaría llorando de emoción. Has mejorado muchísimo.
Sebastián esbozó una sonrisa tímida, un raro momento de genuina paz en su rostro. —Gracias, madre. Es la única forma en que... parece que puedo respirar.
—¿Respirar?
La paz se quebró de golpe.
La voz, áspera y cargada de autoridad, cortó el aire. Don Armando Valdez, primer ministro de Eldoria, apareció en el umbral de la puerta. A sus cincuenta y ocho años, su espalda seguía recta, pero el cabello blanco y el rostro marcado de arrugas contaban la historia de décadas de poder y peso sobre sus hombros. Sus ojos, del mismo gris acero que los de su hijo, escrutaban la escena con desaprobación.
—En esta familia, los hombres no 'respiramos' tocando el piano, Sebastián. Actuamos. Gobernamos. Tu lugar no está aquí, perdiendo el tiempo con frivolidades. Tu lugar está en el despacho, ayudándome a revisar los informes de la cumbre económica. Mañana es un día crucial.
Sebastián cerró suavemente la tapa del piano. La paz se había esfumado, reemplazada por la tensión familiar. —Padre, el piano no es una frivolidad. Es disciplina. Es…
—¡La estructura está en la economía, en la política! —replicó don Armando, acercándose. —Tu hermano mayor ya tiene su cargo. Es tu turno de dejar de lado estos juegos y asumir tu legado. Ya no eres un niño.
—Armando, por favor. Es solo una hora al día. —Doña Eloísa intervino, con su voz siempre calmadora.
—¡Una hora que podría dedicar a prepararse para ser el hombre que este país necesita!
—¡Buenas tardes! Disculpen la intrusión; la puerta estaba abierta.
El enfrentamiento estaba a punto de escalar cuando la voz alegre y despreocupada de Samuel interrumpió desde la entrada.
—Tía Eloísa, radiante como siempre. —Se acercó a la mujer mayor y posó un tierno beso en su mejilla. —Tío Armando, es bueno verlo tan radiante a estas horas de la noche. —Luego miró a Sebastián. —¡Querido primo! —Le guiñó el ojo. —Esa interpretación se oía desde el jardín. Es impresionante.
Don Armando resopló, pero su rostro se suavizó ligeramente ante su sobrino. —Al menos tú entiendes de responsabilidades, Samuel.
—Intento, tío, intento —respondió Samuel con una sonrisa diplomática. Luego, se dirigió a Sebastián. —Oye, primo, ¿me das un minuto? Necesito tu opinión sobre... el coche nuevo. Creo que el motor hace un ruido raro.
Era una excusa barata, pero Sebastián agarró la salida como su salvavidas. —Claro. Discúlpenme.
Los dos primos salieron por las puertas que daban al jardín. Don Armando los siguió con la mirada, con el ceño aún marcado en su frente.
Doña Eloísa se acercó a su marido y posó una mano suave sobre su brazo.
—Déjalo, Armando. Tiene la presión de todo el país sobre sus hombros y apenas cumplirá dieciocho años. Necesita un respiro.
Bajo la sombra de un roble centenario, lejos de las miradas de la casa, la sonrisa de Samuel se desvaneció. —El motor del coche está perfecto, lo sabes, ¿verdad? —dijo Sebastián, cruzando los brazos.
—Por supuesto —Samuel se encogió de hombros. —Pero necesitaba sacarte de tu martirio. Mi tío estaba en uno de sus días. —Se apoyó contra el árbol. —Oye, hablando de... respiros. Mañana es tu cumpleaños. —Sacó de su bolsillo un cigarrillo y un encendedor y lo encendió. —Lucas y yo tenemos planeado algo para ti.
Los ojos del joven se iluminaron. —¡De verdad! No lo esperaba… ¿Qué es?
—Es una sorpresa. Y una muy buena. —Exhaló el humo del cigarrillo.
Sebastián lo miró, intrigado y receloso, recordando todas las sorpresas anteriores que le tenían sus primos y todas terminaban en bromas. —¿A qué te refieres?
Samuel sonrió, una sonrisa amplia y llena de confianza. —Tranquilo, esta vez no habrá bromas. Solo te llevaremos a un sitio donde nadie te conoce como 'el hijo del Primer Ministro'. Un sitio donde puedes ser simplemente Sebastián. O mejor dicho... donde puedes convertirte en un hombre al fin.
