Capítulo 3 Capítulo 2: ¿Has pensado en tu hermano?

Aunque las cortinas estaban cerradas, sentía el sol perforando la habitación. Esa luz era como un insulto; me quemaba los párpados y me recordaba que el mundo seguía girando, aunque yo me sintiera hecha pedazos.

Había llegado a casa pasadas las tres de la mañana con el eco de la oferta de Samuel retumbando en mis oídos. Cuando estiré el brazo para mirar el reloj, las ocho de la mañana me devolvieron el golpe. Solté un suspiro de pura irritación y me hundí bajo la cobija, intentando desaparecer.

Cerré los ojos con fuerza, rogando por un par de horas más de olvido, pero entonces llegaron los golpes.

Al principio fueron suaves, luego rítmicos y, finalmente, desesperadamente insistentes. Me levanté de golpe, con el pelo revuelto y el humor por los suelos. Caminé hacia la entrada y abrí de un tirón, lista para soltar un grito.

—¿Qué diablos...? —Me callé al ver quién estaba del otro lado. Rodé los ojos y solté un bufido—. ¿Qué te pasa? Estaba durmiendo.

Natalia entró sin invitación, aunque en realidad no la necesitaba. Pasó por mi lado como un torbellino, dejando un rastro de energía que yo no estaba lista para procesar.

—Ya lo sé, ya lo sé —dijo ella, ignorando mi cara de pocos amigos—, ¡pero necesito que me pongas al día de lo que pasó ayer!

Se fue directo a la cocina y empezó a trastear con la cafetera. El sonido del agua y el clic de la máquina me taladraban el cerebro.

—Es muy temprano para hablar de esto, Nat. No he dormido nada en toda la madrugada —me quejé, arrastrando los pies hasta el sofá.

Ella se sentó frente a mí con una agilidad envidiable, observándome con ojos de detective.

—Bueno, entre más rápido me cuentes, mejor, ¿no? No me voy a mover de aquí hasta que sueltes la sopa.

Me froté la cara con las manos. El aroma del café empezaba a llenar el aire, pero ni siquiera eso podía quitarme la pesadez del pecho. Rodé los ojos y me senté frente a ella en una silla alta, todavía envuelta en la cobija como si fuera un escudo contra el mundo.

—Bueno, ayer fue normal —solté, tratando de sonar aburrida—. Trabajé más de la cuenta, así que terminé más tarde que otros días.

Lo dije como si nada, pero en los ojos de Natalia vi que no me creía ni una palabra. Ella no quería saber cómo trabajé, quería conocer otra cosa que ya sospechaba de qué se trataba.

—No, no, no —dijo sacudiendo la cabeza—. Eso ya lo sé, genia. Trabajamos juntas, ¿recuerdas? Lo que quiero saber es qué pasó cuando ese cliente te llamó exclusivamente a ti.

Me señaló con las manos mientras sostenía su propia cabeza, con un dedo apuntándome como si fuera un arma. Arqueé una ceja, dándome tiempo para pensar.

—¿Qué estás tratando de decir?

—No te hagas la pendeja —me regañó sin filtros—. ¿Le bailaste? ¿Le diste un par de besitos? ¿Te le tiraste encima? ¡¿Qué pasóoooo?!

Soltó un grito exagerado que me atravesó el cráneo.

—¡Ayyy! —la interrumpí tapándome los oídos con fuerza—. Deja de gritar, me va a explotar la cabeza. —Me sobé las sienes, sintiendo las pulsaciones.

—Y no, no me le lancé encima. Era solo un cliente que quería un baile exclusivo. ¿Qué tiene eso de nuevo? —Me levanté, cortando el tema de raíz y caminé hacia la cocina para servir dos tazas de café.

Llené la mía mucho más de lo normal. Necesitaba una sobredosis de cafeína para procesar todo esto.

—¡Por un demonio, Clara! ¿Ese no era tu ex? ¿Samuel Valdez? —Lo soltó como si fuera la noticia del siglo.

Le pasé su taza y volví a sentarme frente a ella, dándole un sorbo a la mía.

—Sí... lo era —dije encogiéndome de hombros, como si el tema no me interesara en lo absoluto.

Ella parecía irritada, frustrada de no sacar nada de mí.

—¿Entonces no me vas a decir qué pasó ahí dentro, eh? Pues no hace falta que hables, porque ya lo sé.

De repente, bebí más de la cuenta y el calor me quemó la lengua. Reaccioné lanzándome hacia adelante, entre quejidos.

—¿Qué?

—Aja, sí, como escuchaste. Ya lo sé todo. Una de las chicas estaba justo en la otra sala y, al darse cuenta de que estaban solitos, los espió por unos minutos.

La miré seria, sintiendo una punzada de rabia. —Sabes que puedo reportar eso, ¿no?

Natalia rodó los ojos. —Deja de ser dramática. Ahora dime... ¿De verdad te va a pagar medio millón por dormir con el hijo del primer ministro?

Nuevamente olvidé que el café estaba hirviendo y volví a quemarme la lengua. Esta vez, del salto, eché un poco de líquido en la cobija. Miré con lástima mi manta y luego la clavé a ella con la vista.

—Sí que estás bien informada.

Ella hizo un gesto de orgullo, acomodándose en el asiento.

—Bueno, tengo que ganarme la vida con algo.

Le sostuve la mirada, notando su ironía. —Para tu información, todavía lo estoy pensando. No sé si sea buena idea aceptarlo.

Para Natalia, fue como oír la peor noticia de su vida. Se quedó con la boca abierta. —¿Qué estás diciendo? ¿Eres idiota? Te está ofreciendo medio millón. A ninguna de nosotras nos han ofrecido tanto dinero por dormir con un cliente, y eso que nuestro club es el mejor de toda la ciudad.

—Ya lo sé —le contesté tajante—. Pero yo no hago ese tipo de tratos. Yo solo bailo.

—Ya, vamos, amiga —me dijo Nat, bajando el tono y poniéndose seria de verdad—. Tienes que olvidarte de la doble moral, ¿a quién le sirve eso?

—Es mi problema si la dejo o no; no quiero meterme en líos con políticos, ya tengo suficientes problemas para ser niñera de un niño mimado por una noche.

—Bueno, no es solo ser niñera… —Dijo con una risa. —¿No te da curiosidad dormir con un jovencito? TÚ sabes, carne fresca, puro colágeno. —Se mordió el labio mostrando deseo.

Me levanté y llevé la cobija a la cocina, poniendo la zona manchada de café en el lavamanos. —Pues no, no necesito un colágeno, lo que necesito son unas vacaciones todo incluido en las islas de Hawái. —Era obvio que era sarcasmo.

—A todas estas, ¿has pensado en tu hermano?

El nombre de mi hermano flotó en el aire, pesado como el plomo. El silencio se volvió asfixiante. Natalia sabía dónde golpear para que me doliera, y tenía razón: mi orgullo no valía medio millón, pero su vida sí.


A media hora del apartamento de Clara. Sebastián, concentrado, tiraba de la barra hacia su pecho en la máquina de remo. A unos metros, Samuel empujaba con esfuerzo una imponente carga en la prensa de piernas. Lucas, sentado en un banco cercano, observaba mientras ajustaba el guante en su mano.

—Oye... ¿Confirmaste lo de la chica para esta noche? —preguntó Lucas en voz baja.

Samuel, con la respiración entrecortada, soltó el aire de golpe. —Sí... todo está listo. —Bajó el peso y se secó el sudor de la frente. —La contacté ayer en ese antro clandestino... “El ónix”

Lucas se inclinó hacia adelante, bajando aún más la voz. —¿Y no hubo problema? A veces estas chicas se echan para atrás a última hora.

—Con esta no —aseguró Samuel con una sonrisa fría. —Cuando mencioné la cifra, se quedó paralizada. Casi podía oír cómo calculaba mentalmente cada cero.

—¿Y quién es? ¿Es alguien que conocemos? —preguntó Lucas, curioso.

—Clara Rossi —respondió Samuel, bebiendo un sorbo de agua.

Lucas se quedó inmóvil. —¿Clara Rossi? ¿En serio? Joder... Hacía años que no sabía nada de ella. —Bajó la voz hasta casi un susurro. —¿No es la misma que...?

—Sí, la misma —cortó Samuel, ajustando los agarres de la máquina. —La que me rechazó cuando sus padres cayeron en bancarrota.

—¿Y ahora acepta? ¿Qué cambió? —preguntó Lucas, genuinamente intrigado.

—Su hermano menor —explicó Samuel con desdén. —El idiota de Mariano contrajo una deuda con gente... complicada. Medio millón. Y nuestra Clara, la que antes tenía principios, ahora baila en clubes de dudosa reputación para pagar los platos rotos de su hermanito.

Lucas silbó suavemente. —Medio millón... Es una locura por una noche, Samuel.

—Es una inversión —corrigió Samuel, comenzando otra serie. —Sebastián nunca olvidará su regalo de cumpleaños. Y yo nunca olvidaré la cara que puso Clara cuando tuve que humillarme para conseguirla.

—¿Crees que sospechará algo? —preguntó Lucas, mirando de reojo hacia donde estaba Sebastián.

—¿Sebastián? Por favor, —se burló Samuel entre dientes. —Está demasiado ocupado viviendo en su mundo de fantasía. Y Clara... bueno, ella tiene más que perder si dice algo.

—¿Estás seguro de que no dirá nada? A veces estas chicas…

—Tranquilo, —interrumpió Samuel. —Le dejé claro que si habla, el trato se cancela. Y sin el dinero, su querido hermanito tendrá que enfrentarse solo a sus acreedores.

Ambos guardaron silencio un momento, dejando que el significado de esas palabras flotara en el aire entre el sonido metálico de las pesas.

—Oye... ¿y si Sebastián se encariña con ella? —preguntó Lucas, una nueva preocupación en su voz.

Samuel soltó una risa seca. —Ese ya es mi problema; si después de esta noche él se encariña con ella, podrá usarla las veces que quiera; solo hay que enseñarle que eso no debe perjudicar su vida pública como hijo del primer ministro.

En ese momento, Sebastián se acercó, secándose el sudor con una toalla.

—¿De qué hablan tan serios? —preguntó, con genuina curiosidad.

Samuel y Lucas cambiaron instantáneamente sus expresiones.

—Problemas conyugales, — dijo Samuel con un suspiro exagerado. —Amanda está... distante otra vez.

—Ah, —dijo Sebastián, asintiendo comprensivo. —¿Has probado lo que te dije la última vez? Las flores sin motivo, las cartas…

—Las cartas no funcionan con todas las mujeres, Sebastián, —interrumpió Lucas con una sonrisa condescendiente. —Algunas prefieren demostraciones más prácticas de afecto.

—¿Cómo qué? —preguntó Sebastián, inocente.

—Como joyas, viajes, ese tipo de cosas, —explicó Lucas. —Cosas que muestren tu... posición en la sociedad.

—Pero eso no es amor,  —objetó Sebastián, arrugando la frente. —Eso es... comprar afecto. El amor debería ser puro, desinteresado.

Samuel y Lucas intercambiaron una mirada cargada de significado.

—¿Y eso a quién le importa? El mundo funciona así, primo, —dijo Samuel, poniendo una mano en el hombro de Sebastián. —Todo tiene un precio. Todo es una transacción. Incluso el amor.

—Eso no es verdad —insistió Sebastián, con terquedad. —Cuando amas a alguien de verdad, das sin esperar nada a cambio.

Lucas no pudo contener la risa. —Eso es lo que nos venden en las películas, pequeño. En la vida real, hasta el amor más puro tiene sus condiciones.

—Entonces no es amor, —declaró Sebastián con convicción. —Es... otra cosa.

Samuel miró a Sebastián con una mezcla de exasperación y algo que casi parecía lástima.

—Tal vez tengas razón,  —dijo finalmente, cargando más peso en la máquina. —Esta noche veremos qué tipo de 'amor' encuentra nuestro cumpleañero favorito.

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