Capítulo 4 Capítulo 3: Haré lo que sea para sacarnos de esto.

«¿Has pensado en tu hermano en todo esto?».

La pregunta de Natalia se me quedó grabada, repitiéndose en mi cabeza como un disco rayado todo el día. Me detuve a mitad del parque, con los pulmones ardiendo y el corazón a mil. Después de que mi mejor amiga se fue, decidí que necesitaba despejar la mente, así que me puse las zapatillas y salí a correr.

Bebí agua de mi termo, sintiendo el líquido frío bajar por mi garganta. El sol de verano estaba insoportable hoy; pegaba con fuerza desde temprano, como suele pasar en esta época del año.

Me quedé mirando el centro del parque. Había un montón de niños corriendo de un lado a otro, gritando de alegría. Al fondo, bajo las sombras de los árboles, vi a los padres y a varias parejas disfrutando del paisaje y de la brisa. Estaban juntos, relajados, compartiendo risas y gestos de cariño.

Por un segundo, no pude apartar la vista de ellos. Seguía agitada, pero verlos hizo que mi cuerpo, por fin, encontrara algo de calma. Sin embargo, una punzada de realidad me golpeó el pecho.

—Al final... no todos nacieron para seguir el camino del amor —me dije a mí misma en un susurro.

Intenté convencerme de que este era mi destino: sacrificar los finales felices por la supervivencia. No había espacio para romances ni paseos bajo el sol cuando tenías un hermano alcohólico y adicto a las drogas y a las apuestas muriendo en manos de cobradores.

Me obligué a seguir corriendo de regreso a mi departamento. Entré, solté un suspiro de agotamiento y me serví un vaso de agua con hielo. Detuve el cronómetro en mi reloj y miré la hora…

Estaba a punto de meterme en la ducha cuando unos golpes violentos en la puerta me paralizaron. El miedo me subió por la garganta. Caminé hacia la entrada sin hacer ruido y agarré el bate de béisbol que guardaba detrás de la puerta. Me preparé para lo peor, pero en cuanto abrí, el bate se me resbaló de las manos.

Mi hermano se estaba desplomando en el umbral.

—¿,Mariano? ¡Por Dios! —grité, lanzándome hacia él antes de que tocara el suelo.

Estaba hecho un desastre: la ropa rasgada, sucio y con la cara cubierta de sangre. El pánico y la rabia lucharon dentro de mí, pero no era el momento de gritarle. Lo arrastré como pude hasta el sofá. Estaba moribundo, sin fuerzas ni para sostener su propio peso. Corrí a la cocina, agarré un vaso de agua y unas toallas húmedas.

Dante intentaba apartarme como un niño malcriado.

—¡Déjame!... déjame solo… no me toques… —Soltó entre hipos, tratando de empujar mis manos.

Traté de calmarlo, limpiando con cuidado la sangre que le cegaba los ojos. Le acerqué el vaso a los labios para que bebiera, pero él lo apartó de un golpe, tirándolo al suelo y empapando la alfombra.

Ese fue el límite. El vaso roto fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia.

Miré el desastre en el piso y apreté la toalla en mis puños con tanta fuerza que me dolieron los nudillos. Lo miré con todo el odio y la rabia que llevaba guardando desde que me enteré de su deuda.

—¡Eres un maldito idiota! —me levanté de golpe, estallando—. ¿Acaso no piensas? ¡¿O es que te gusta vernos en la mierda?! —Lo sacudí por los hombros mientras las lágrimas de frustración empezaban a nublarme la vista. Él, aturdido y avergonzado, apenas podía mirarme.

—Clara... lo siento... me encontré con unos tipos…

—¡Siempre son "unos tipos"! —lo interrumpí.

Mi furia empezó a transformarse en un cansancio abrumador. No podía llamar a la policía; sabía perfectamente que esos "tipos" eran los mismos que me habían informado del medio millón.

Con un esfuerzo sobrehumano, lo guié al baño. Lo desvestí con manos que todavía me temblaban y lo senté en la tina. En silencio, con una ternura que dolía después de los gritos, le limpié la suciedad y la sangre de la cara y los nudillos. Él no dijo nada, solo bajó la cabeza y empezó a sollozar sin hacer ruido.

Cuando estuvo limpio y con ropa fresca, lo senté a la mesa y le puse delante los huevos que había preparado para mí. Solo dio dos bocados antes de romperse por completo.

—Soy una basura, hermanita... Lo siento tanto —lloró con la voz quebrada—. Siempre te meto en problemas... no mereces esto.

Me acerqué y lo abracé, rodeando sus hombros temblorosos. Todo el enojo se había ido, dejando solo ese amor feroz y doloroso que sentía por él.

—Escúchame, hermanito —susurré con una firmeza que no sabía que me quedaba—. Eres mi hermano. Mi sangre. No importa lo que pase, siempre voy a estar aquí. Yo haré lo que sea necesario para sacarnos de esta. ¿Entendiste? Lo que sea.

Aquello me quedó flotando en la cabeza, con algo que hasta ahora solo yo podía entender. Esperé a que se relajara y lo ayudé a levantarse hacia la habitación, lo acomodé sobre su cama y esperé a que se durmiera.

—Ahora duerme. Descansa.

Cerré su puerta y me quedé en el pasillo, mirando mis manos. Ya no había dudas. Iba a aceptar el trato de Samuel. Tenía que hacerlo, así que me puse manos a la obra.

Preparé algo de comida para que al levantarse mi hermano pudiera comer algo, y al terminar me dirigí a mi ducha.

Me tomé un baño largo, dejé que el agua fría recorriera cada parte de mi cuerpo, quise hacer el intento de olvidar todo lo que estaba haciendo. Todo lo que acepté hacer para salvar a mi única familia. Todavía tenía tiempo de decir que no, de solo retractarme y hacer como si nada hubiera pasado, pero… necesitaba salvarlo, una vez más…

10 horas más tarde

Me miraba a través del espejo mientras peinaba mi cabello rojo. Lo hacía lento, con un cuidado casi minucioso. Siempre que me tocaba trabajar, cada movimiento era calculado; me repetía a mí misma en esos momentos para quién trabajaba ahora, y eso era lo más humillante de todo.

De repente, oí unos toques suaves en la puerta. Me puse la bata a toda prisa y salí. Al abrir, me encontré con un hombre alto y delgado con uniforme de mensajero.

—¿Usted es la señorita Clara? —preguntó él.

Asentí, cerrando la bata con ambas manos, sintiéndome extrañamente expuesta bajo su mirada profesional.

—Firme esto, por favor.

Miré la hora en su tableta, garabateé mi nombre y se la devolví. Él revisó la firma, asintió y me entregó una caja mediana. Al tomarla, me sorprendió que casi no pesara nada.

—Gracias —dije antes de cerrar la puerta.

Entré en mi habitación con mucho cuidado, vigilando que Mariano no se despertara. Al asomarme, vi que seguía roncando profundamente. Puse la caja sobre la cama y la abrí con dedos temblorosos.

Dentro había lencería: un conjunto negro y otro rojo. Me quedé helada al verlos. Eran similares a los que usaba para trabajar en el club, pero estos se sentían más íntimos, más... peligrosos. Entre la tela, encontré una nota pequeña.

"De preferencia usa el rojo, es más atractivo para los hombres. Atentamente, un viejo amigo".

Apreté el papel entre mis dedos hasta arrugarlo.

—Samuel... —Susurré con asco.

Solté la nota y volví a mirar ambos conjuntos. De inmediato, un nudo amargo se formó en mi estómago. No era solo una sugerencia; era un recordatorio de que, por las próximas horas, mi cuerpo y mis decisiones le pertenecían a él.

Miré la hora en el teléfono. Se acercaba el momento. Con un último suspiro, terminé de maquillarme, me puse unos aretes falsos que brillaban con un lujo falso y me calcé los tacones altos. Me hacían sentir poderosa y vulnerable al mismo tiempo.

Antes de salir, me asomé al cuarto de mi hermano. Dante dormía profundamente, ajeno al precio que yo estaba a punto de pagar por su seguridad. Le acomodé la manta con ternura, un gesto que contrastaba brutalmente con la transacción que me esperaba.

Cerré la puerta del apartamento con un clic suave. Cada paso de mis tacones por el pasillo sonaba como la cuenta regresiva de un condenado a muerte. Iba camino al hotel que me indicó Samuel.

Grand Opal Hotel

Un Bentley negro azabache, blindado y con los vidrios polarizados, se deslizaba como una sombra elegante y mortuoria por las calles desiertas del distrito financiero. Se detuvo en silencio frente a la imponente entrada del Grand Opal Hotel, un coloso de cristal y acero que se erigía como un faro de lujo absoluto. Samuel salió del vehículo con un movimiento fluido; el portero, reconociéndolo al instante, inclinó la cabeza con respeto.

Cruzó el lobby desierto, donde el único sonido era el suave chorro de una fuente de mármol italiano, y sus pasos resonaron sobre el suelo pulido. Subió en un ascensor privado revestido de espejos y cuero, observando su propio reflejo: impecable y controlado, pero con un destello de ansiedad quemándole las pupilas.

Al llegar a la suite presidencial, la "Nube de Ópalo", dudó un instante frente a la puerta de nogal. Respiró hondo y deslizó la llave magnética. Un clic sordo, y la puerta cedió. Se encontró con una habitación inmaculada, iluminada solo por las luces de la ciudad. Las sábanas de satén blanco estaban estiradas con precisión militar, sin una sola arruga. Por un momento, pensó que yo me había arrepentido. Que lo había dejado plantado con su medio millón y su orgullo hecho trizas.

Hasta que oyó el sonido de la puerta del baño abriéndose.

Salí del baño con una bata. La luz cálida se filtraba a mis espaldas mientras caminaba hacia la habitación. Llevaba puesto el conjunto de encaje negro que él me había enviado en esa caja de seda; era tan atrevida y transparente que celebraba cada curva de mi cuerpo sin dejar nada a la imaginación. Pero sobre esa segunda piel de encaje, me había puesto una bata de seda color marfil, larga y fluida.

En cuanto vi a Samuel allí, apoyado contra la puerta, mis dedos se cerraron instintivamente sobre la tela de la bata. La crucé con un movimiento brusco, cubriéndome como si el simple hecho de que él me mirara fuera una violación. Le sostuve la mirada con un desprecio que esperaba que le cortara la piel; una mezcla de asco y una resignación tan profunda que dolía más que cualquier grito.

—¿Por qué te cubres, Clara? —preguntó Samuel. Su voz sonó más ronca y vulnerable de lo que pretendía—. No es algo que no haya visto antes.

Lo ignoré por completo. Crucé la habitación con pasos firmes sobre la alfombra gruesa, sintiendo cómo la seda de la bata ondeaba a mi paso. Me senté frente al tocador dorado, un mueble ostentoso que se veía ridículo en medio de esa suite tan moderna.

—¿Viniste a ver el espectáculo, Samuel? —solté con amargura.

Con gestos bruscos, me solté la coleta baja. Mi melena roja cayó en ondas desordenadas y húmedas sobre mis hombros, un color tan intenso que parecía sangre contra el marfil de la bata. Agarré el cepillo y empecé a pasarlo por mi pelo con furia. Los golpes del cepillo eran lo único que rompía el silencio de la suite. Evité obstinadamente mirar mi propio reflejo en el espejo; no quería ver mi cara ni encontrarme con los ojos de Samuel.

—Vine a corroborar que no te hubieras arrepentido —respondió él, sin moverse de su sitio.

Me detuve un segundo, apretando el mango del cepillo hasta que me dolieron los dedos. El arrepentimiento era para la gente que tenía opciones. Yo solo tenía una deuda que pagar.

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