Capítulo 5 Capítulo 4: Pudiste haber sido mía.

—¿Viniste a ver el espectáculo, Samuel? —le pregunté, dejando que el sarcasmo se notara en cada palabra para ocultar el leve temblor de mi voz—. ¿O solo querías revisar que tu mercancía esté en perfecto estado antes de la entrega?

Él se despegó de la puerta y avanzó con lentitud hacia el centro de la habitación. Se sentó en el borde de la cama, con las piernas abiertas en una postura de falsa relajación. Sus ojos me devoraban. Sentí su mirada pesada, recorriendo las curvas que la seda de mi bata no lograba esconder: la redondez de mis caderas, el peso de mis pechos, la línea de mi cintura. Me miraba con una mezcla de ansiedad animal y una rabia posesiva que hacía que el aire en la suite se volviera irrespirable.

La tensión era eléctrica, espesa. Samuel parecía estar librando una batalla interna, perdiendo el control gota a gota. De repente, se levantó de la cama con un movimiento tan brusco que, a pesar de mi fachada de indiferencia, no pude evitar un pequeño estremecimiento.

Yo estaba fingiendo estar concentrada en mi teléfono, revisando la hora una y otra vez. Cada minuto que pasaba era un paso más hacia el abismo. Estaba tan sumergida en mi propia ansiedad que no noté lo cerca que estaba hasta que sentí el calor de su cuerpo invadiendo mi espalda.

Su perfume amaderado me llenó los pulmones de golpe. Di un salto involuntario y un jadeo escapó de mis labios cuando sus brazos, fuertes y decididos, me rodearon la cintura, atrapándome contra su pecho.

Samuel me abrazó con suavidad. Enterró el rostro en la curva de mi cuello, quedándose allí inmóvil, inhalando profundamente como un adicto que acaba de encontrar su dosis.

—Siempre has tenido un olor tan peculiar, Clara —susurró contra mi piel. Su aliento caliente me erizó el vello de la nuca, enviando un escalofrío traicionero por toda mi columna—. A rosas silvestres. No a las de invernadero, sino a las que crecen en el campo, salvajes y con espinas. Incluso después de todo este tiempo... sigues oliendo a eso.

Me quedé rígida como una estatua, conteniendo la respiración. Me odié en ese segundo porque, aunque mi mente gritaba que lo apartara, mi cuerpo no se resistió. Había una familiaridad terrible en ese abrazo, un eco de un pasado donde las cosas pudieron ser distintas.

—Tu vida... pudo haber sido tan diferente —continuó él. Su voz ahora sonaba cargada de un pesar genuino, una amargura que me tomó por sorpresa y me obligó a cerrar los ojos con fuerza—. Si hubieras aceptado mi oferta hace cinco años, cuando te lo pedí de otra manera. No como un trato, sino como una propuesta. Podrías haber tenido una vida de lujos auténticos a mi lado. No es esta farsa.

Me apretó un poco más contra él, como si quisiera fundirse conmigo en ese vacío estéril de la suite.

—Podrías haber sido feliz, Clara. Realmente feliz. Yo... te lo habría dado todo.

Mi silencio era un muro, pero mi cuerpo era un traidor. Samuel, alentado por mi falta de rechazo, deslizó su mano con una lentitud que pretendía ser reverencial por mi brazo desnudo. Sentí la piel de gallina erizarse bajo sus dedos hasta que su palma, cargada de un calor que me quemaba, se posó sobre mi pecho. Solo nos separaba la fina seda de la bata y el encaje negro.

Contuve la respiración. Una parte de mí, la que estaba agotada de pelear cada día, la que llevaba años sin ser tocada con algo que no fuera deseo comprado o lástima, se sintió peligrosamente atraída por ese agarre. Por un instante de pura locura, cerré los ojos y permití que mi cabeza cayera hacia atrás, contra su hombro. Me dejé flotar en la ilusión de que era deseada, anhelada... y no solo adquirida.

Pero entonces, algo en mi interior hizo clic. Fue como un balde de agua helada. El rostro de mi hermano cruzó mi mente y la realidad me golpeó con la fuerza de un martillo. Esto no era deseo; era poder. Era su forma de demostrarme que me dominaba. Y yo no iba a entregarle mi dignidad así de fácil. No iba a ser su juguete pasivo.

Con un movimiento seco y lleno de rabia, le quité la mano de encima como si su tacto me hubiera infectado.

Samuel se quedó quieto, con el brazo suspendido en el aire, sorprendido por la violencia de mi gesto. Me di la vuelta lentamente, encarándolo, desafiándolo con cada centímetro de mi cuerpo. Sin decir una sola palabra, me lancé hacia adelante y capturé sus labios en un beso brusco, salvaje. Fue un ataque cargado de toda la rabia acumulada que no sabía cómo nombrar.

Él se paralizó un segundo, pero respondió con una ferocidad animal. Su boca se abrió contra la mía en un forcejeo de lenguas y dientes que era más una batalla que una caricia. Sus manos se aferraron a mi cintura y luego a mi espalda desnuda, apretando con una fuerza que prometía dejar marcas. Con un tirón brusco, abrió mi bata de seda; la prenda cayó al suelo en un susurro lastimero, revelando mi cuerpo enfundado en ese encaje negro que parecía pintado sobre mi piel.

Soltó un gruñido y me levantó en vilo. Me sentó con un golpe seco sobre la superficie fría de mármol del tocador, mandando al suelo frascos de perfumes caros que estallaron en mil pedazos. El estrépito de cristal roto fue el único testigo de nuestro caos.

Samuel se encajó entre mis piernas y yo, por puro instinto de supervivencia o lujuria traicionera, las envolví alrededor de su cintura. A través de la tela de su pantalón costoso, sentí la dureza de su erección golpeando contra mí. Era una promesa física ineludible del trato que me había traído aquí. Me estremecí con una mezcla nauseabunda de miedo y un deseo animal que me avergonzó en lo más profundo de mi ser.

Estábamos al borde del abismo, a punto de caer, cuando el sonido de unos golpes en la puerta principal nos congeló en el sitio.

Los golpes fueron firmes, insistentes, cortando la electricidad que nos unía como un cuchillo afilado.

Nos separamos de golpe, jadeando. Tenía los labios hinchados, el pelo enredado entre mis dedos y el corazón martilleando contra mis costillas por el shock de la interrupción. La magia oscura que nos envolvía se rompió en mil pedazos, devolviéndonos de bruces a la realidad: esto no era pasión, era un negocio.

Los golpes se repitieron, más fuertes, urgentes.

¡TOK! ¡TOK! ¡TOK!

El teléfono de Samuel vibró en su bolsillo. Él lo sacó con una mano que temblaba ligeramente; la luz azulada de la pantalla iluminó su rostro sudoroso y desencajado. Era un mensaje de Lucas: Estamos aquí. El paquete está listo para la entrega. ¿Abrimos o qué?”.

Samuel alzó la mirada hacia mí. En mis ojos todavía quedaban los restos de la excitación, pero ahora estaban siendo devorados por una oleada de amargura y odio hacia mí misma. Él parecía a punto de estallar de frustración. Me había tenido cerca, había sentido cómo mi cuerpo cedía... y ahora, esta interrupción lo obligaba a ponerse la máscara de nuevo.

Con una mueca de rabia contenida, se ajustó la ropa arrugada y se pasó la mano por el pelo, intentando recuperar el control absoluto que siempre fingía tener. Se enderezó la camisa, inhaló profundamente para oxigenar sus pulmones y caminó hacia la puerta con pasos que pretendían ser firmes.

Giró el picaporte y abrió.

En el umbral, bajo la luz dorada del pasillo, estaban Lucas y Sebastián. Lucas lucía esa sonrisa de lobo satisfecho, la del cazador que acaba de arrastrar a la presa hasta la trampa. Y luego estaba Sebastián.

Pobre Sebastián.

Tenía los ojos vidriosos y dilatados, el cabello revuelto y el cuello de la camisa abierto. Su expresión era una mezcla de confusión, mareo y una excitación incipiente que lo hacía ver terriblemente vulnerable.

—¿Todo está listo? —preguntó Samuel, con una voz que recuperaba su frialdad de hielo.

Yo me quedé inmóvil junto al tocador, apretando la lencería contra mi piel, sabiendo que el verdadero abismo acababa de abrirse a mis pies.

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