Capítulo 6 Capítulo 5: Será nuestro secreto.
Lucas asintió con una sonrisa que era pura burla.
—Sí, claro, está perfecto —dijo, mientras sostenía al pobre chico sobre sus hombros como si fuera un trofeo.
Me fijé bien en él y el estómago se me revolvió. Dios, era demasiado joven. ¿Qué edad había dicho Samuel que cumplía? ¿Dieciocho? Parecía un niño jugando a ser adulto. Tenía la nariz enrojecida y los ojos ya le pesaban, luchando por mantenerse abiertos.
Estaba borracho. ¡Genial! Ahora, para terminar de hundirme, tenía que acostarme con un niño ebrio. Lo último que me faltaba era aparecer mañana en las noticias como una explotadora de menores. Respiré hondo, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se hacía cada vez más grande.
—¡Perfecto! —anunció Samuel, mirándome con una frialdad que me dio escalofríos—. Aquí te dejamos tu recado. Espero que lo trates bien. —Se acercó a mí con paso lento. Deslizó sus dedos por mi mejilla con una delicadeza que me resultó repugnante después de lo que acababa de pasar entre nosotros. —Espero que te portes bien con él —me susurró al oído, su aliento todavía oliendo al whisky que habíamos compartido—. Estaremos toda la noche atentos.
Se alejó y dejó una llave que supuse que era de la habitación sobre el tocador, justo al lado del sobre con el dinero.
—Para que cuando acabes puedas irte por la mañana —añadió con una media sonrisa cargada de veneno.
Luego se dio la vuelta y ayudó a Lucas a soltar al chico, dejándolo caer con poca delicadeza sobre el borde de la cama de satén. Samuel se inclinó hacia su primo, palmeándole el hombro con una falsa camaradería.
—Bueno, querido primo... ¿Qué te parece tu regalo de cumpleaños?
Sebastián apenas pudo balbucear algo. Se veía tan fuera de lugar en esta suite de lujo, rodeado de gente que por obvias razones no le convenía, que por un segundo sentí una oleada de lástima que no me convenía.
—Bueno, los dejamos para que disfruten. Hay alcohol en el refrigerador por si necesitas relajarte —anunció Lucas con un tono burlón antes de guiñarme un ojo.
Lo miré con toda la seriedad que pude reunir. No tenía nada que compartir con él, ni una broma, ni una mirada. Solo quería que se largaran. Finalmente, ambos primos se dirigieron a la salida y cerraron la puerta con un cuidado excesivo, como si no quisieran romper el ambiente que ellos mismos habían forzado.
En cuanto sentí el clic de la cerradura, solté todo el aire que tenía retenido en los pulmones. El silencio de la suite volvió a envolverme, pero esta vez se sentía distinto.
Miré al chico. Sebastián todavía se mantenía erguido en el borde de la cama, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no desplomarse. Cuando nuestras miradas se cruzaron, me di cuenta de que tenía los ojos clavados en mí, y en cuestión de segundos, toda su cara se tiñó de un rojo intenso. Me pareció tierno, casi ridículo dadas las circunstancias. Me miraba, pero desviaba la vista de vez en cuando, incapaz de sostener la mirada por mucho tiempo.
Me acerqué a él con delicadeza. Me incliné hacia adelante, invadiendo su espacio para buscar sus ojos. Sebastián se echó hacia atrás de inmediato, tratando de evitar tanta cercanía que pudiera delatarlo.
Lo miré de cerca. Él también me observaba, pero con una expresión de absoluta vergüenza.
—Eh... ¿Hola? —dijo con una timidez que me partió el alma—. Yo soy... Sebastián.
Se pasó una mano por la nuca, despeinándose aún más el cabello, que ya era un desastre. No pude evitarlo; solté una risita suave y me puse derecha. Me di la vuelta y me dirigí al minibar para buscar algo de alcohol. Estaba claro que esto iba a ser mucho más difícil de lo que había pensado.
—Dime una cosa, Sebastián. ¿Te has acostado alguna vez con alguien? —pregunté mientras destapaba una botella de coñac y servía un poco en mi vaso.
—Eh… bueno… yo… no tengo novia —respondió él, y luego bajó la voz como si me estuviera contando un secreto prohibido—. Pienso que las relaciones íntimas son para dos personas que se aman.
Me quedé mirando a la nada por un segundo. Dejé el vaso a un lado y, en lugar de beber con elegancia, le di un trago largo y directo a la botella. Sentí el ardor quemándome la garganta. La puse sobre el tocador con un golpe seco y me sequé los labios con el dorso de la mano.
Bien, me dije. Esto será rápido y fácil. O eso quería creer.
Me di la vuelta. Sebastián tenía la mirada baja, fija en sus manos. Incliné un poco la cabeza y dejé que la bata se deslizara, abriendo la pierna lo suficiente para que la seda revelara más de mi piel.
—¿No quieres saber qué se siente estar con alguien?
Sebastián alzó la mirada. En sus ojos vi algo que todos poseemos al principio: curiosidad pura. Tenía un brillo de inocencia, ese que todos perdemos después de la primera vez.
—Yo… bueno…
Me reí suavemente para relajar el ambiente.
—Tranquilo, no voy a morderte.
Me acerqué y me senté a su lado, sintiendo cómo el colchón se hundía bajo mi peso. Puse mis dedos con lentitud sobre su pierna.
—Sabes para qué te trajo tu primo Samuel, ¿no es así?
Él bajó la vista hacia mis dedos. Al contacto con mi piel, sentí cómo su cuerpo temblaba. Era una reacción eléctrica, genuina.
—Bueno… sí —susurró con una vergüenza que casi podía palparse.
Subí mi otra mano hacia su cabeza y empecé a acariciar su cabello, desordenando los mechones castaños.
—¿Y no te gustaría saber qué se siente estar con una mujer… por una noche?
La mano que tenía en su pierna empezó a subir, centímetro a centímetro, hasta acercarse a su zona íntima. No tardé en sentir la dureza bajo la tela de su pantalón. Estaba más que listo; su cuerpo iba mucho más rápido que su mente.
—Eh… —Su cara se puso aún más roja y empezó a tartamudear—. Pues… sí… es normal, ¿no?
Sonreí, sintiendo una punzada de algo que no era solo deseo profesional. —Sí… lo es. —Me acerqué lento y deposité un beso tierno en su frente. —Así que no debes tener miedo… —Bese la punta de su nariz—. Porque esta noche… —Bese su mejilla izquierda—. Solo estaremos tú y yo.
Él parpadeó, completamente hipnotizado por mis movimientos.
—Nadie lo sabrá… —Bese su mejilla derecha.
Jugué con la distancia de sus labios, rozándolos apenas mientras lo miraba a los ojos. Él estaba suspendido en el aire, esperando. Me acerqué milímetro a milímetro hasta que finalmente toqué sus labios con los míos.
Sebastian se quedó inmóvil al principio, como si temiera romper el momento. Empecé a besarlo lento, saboreándolo, hasta que sentí que él empezaba a seguirme el ritmo, moviéndose con una torpeza adorable. Subí un poco la intensidad, dejando que el beso se volviera más profundo.
—¿Solo lo sabremos los dos? —susurró entre mis labios cuando me alejé apenas unos centímetros.
Asentí, dándole la seguridad que necesitaba para terminar de caer.
—Solo los dos… será nuestro secreto.
Y volví a besarlo, esta vez dejando que la oscuridad de la noche nos terminara de envolver.
