Capítulo 7 Capítulo 6: ¿El hijo del primer ministro tendrá tiempo para ver a una puta?

La noche transcurrió más rápido de lo que esperaba. Tanto, que no me di cuenta en qué momento empezó a amanecer. Abrí los ojos lentamente, notando cómo la luz se filtraba poco a poco por los ventanales de la suite. Intenté moverme para estirarme, pero el cuerpo se tensó, provocando dolores fuertes por todos mis músculos. Solté un quejido sordo.

Entonces recordé que no estaba sola. Me giré con cuidado y vi a Sebastián. Seguía profundamente dormido.

Me ganó la curiosidad y me incliné un poco sobre el codo para mirarlo mejor. La luz de la mañana iluminaba sus facciones, haciéndolo ver mucho más atractivo de lo que ya era. Me quedé detallando sus pestañas, que eran sorprendentemente largas, y sus pómulos lisos. Sus labios, algo gruesos y rosados, se veían tan tiernos que sentí el impulso de acariciar su mejilla.

Justo cuando iba a tocarlo, él se movió por instinto. Reaccioné rápido y me giré, fingiendo que simplemente me estaba levantando de la cama.

—Hola... —Me saludó Sebastián. Su voz sonó ronca, profunda por el sueño.

—Hola... —Me volví a verlo y le regalé una sonrisa suave—. ¿Dormiste bien?

Él asintió, mirándome con esos ojos que todavía estaban a medio abrir. Parecía un niño pequeño recién despertado, y esa imagen me hizo sentir extrañamente cómoda con él, algo que no debería estar sintiendo.

—Anoche... —Comenzó a decir, buscando mis ojos—. Fue muy especial.

Bajé la mirada por un segundo, sintiendo una punzada de culpa y algo más en el pecho. Para él había sido un descubrimiento; para mí, se suponía que era solo una deuda pagada, pero la forma en que me miraba ahora hacía que fuera imposible seguir viéndolo como una simple transacción.

—Sí... lo fue —respondí en voz baja, casi para mí misma.

Me puse en pie y me envolví rápido en la bata de seda de la noche anterior, intentando recuperar algo de mi compostura.

—¡¿A dónde vas?! —Sebastián se incorporó a medias, buscándome con la mirada. Me tomó de la mano con rapidez, deteniéndome.

Lo miré sorprendida. No esperaba que reaccionara de esa manera, con esa urgencia.

—Solo voy a ducharme... —Le respondí, forzando una sonrisa tranquilizadora.

Vi cómo sus hombros se relajaban y finalmente me soltó.

—Creí... que me dejarías.

Aquello me golpeó directo en el centro del pecho. Me sentí terriblemente culpable. Bajé la mirada un segundo, pero me recompuse rápido y volví a clavar mis ojos en los suyos.

—Tranquilo, solo voy a ducharme.

Me acerqué a él y le di un beso corto en los labios, una caricia para calmarlo. Luego me levanté y caminé hacia el baño. En cuanto crucé el umbral y sentí que estaba fuera de su vista, me recosté contra la pared fría, cerrando los ojos con fuerza.

Dios, ¿qué estoy haciendo?, me recriminé. Es solo un niño…

Me mordí el labio, pero de repente, el recuerdo de la noche me invadió. Recordé cómo ese mismo "niño", cuando se dejó llevar, me besó los labios con una pasión que no parecía inexperta. Recordé sus labios bajando por mi cuello, y cómo se demoró en mis pechos, besándolos con una devoción que me hizo perder el control.

Sentí una ola de electricidad recorriéndome el cuerpo solo de recordarlo. Me mordí el labio inferior y sacudí la cabeza para centrarme.

Bueno, pensé, solo lo veré hoy. Además, Samuel me pagó una fortuna para que su primo quedara satisfecho, y la experiencia debía ser completa. Si iba a hundirme en el fango, lo haría bien.

Me asomé de nuevo a la puerta. Sebastián seguía en la cama, mirándome con duda, como si todavía no creyera que yo seguía allí. Me solté la bata y la dejé caer al suelo sin ninguna timidez, dejando que mi cuerpo desnudo, marcado con los leves moretones que sus manos habían dejado en mi piel, quedara a la vista.

—¿No quieres acompañarme a ducharme? —le pregunté, ladeando la cabeza con una sonrisa sugerente—. No me vendría mal algo de ayuda…

Sebastián sonrió y se levantó de la cama con una agilidad que me dejó sin palabras. A diferencia de mí, que me sentía como si un camión me hubiera pasado por encima, él desbordaba una energía nueva, vibrante. Me dirigí al baño y él me siguió de cerca.

En cuanto entramos en la cabina de cristal, Sebastian me acorraló contra la pared fría. El agua caliente empezó a caer sobre nosotros, empapándonos al instante, pero el calor que emanaba de su cuerpo era mucho más intenso. Me besó con un hambre feroz, sus manos recorriendo mi piel mojada con una urgencia que me dejó sin aliento. De repente, me levantó en vilo, obligándome a rodear su cintura con mis piernas.

Se introdujo en mí de un solo golpe, firme y profundo. Solté un gemido que se perdió entre el sonido del agua golpeando el suelo. Empezó a embestirme con una fuerza bruta, rítmica, enterrándose en mí como si quisiera marcar mi alma. Sus manos apretaban mis glúteos, manteniéndome anclada a su cuerpo mientras yo echaba la cabeza hacia atrás, dejando que el agua me golpeara la cara. Grité su nombre una y otra vez, perdiendo el sentido de dónde terminaba yo y empezaba él. Cada embestida era más profunda que la anterior, una fricción deliciosa y agotadora que me hizo estallar en espasmos antes de que él se derramara dentro de mí, jadeando contra mi cuello.

Después de un rato, terminamos duchándonos de verdad, en un silencio cargado de una intimidad extraña. Salimos del baño y Sebastián se desplomó en la cama, con los brazos extendidos.

—Wow... eso estuvo intenso —soltó con una sonrisa de satisfacción pura.

Solté una carcajada amarga mientras buscaba en el tocador el vestido azul con el que había llegado. De repente, un silencio largo y pesado se instaló en la habitación.

—¿Puedo volver a verte? —preguntó.

Me detuve justo cuando iba a pasar el vestido por mi cabeza. Me quedé congelada un segundo, pero luego seguí vistiéndome con movimientos mecánicos.

—¿El hijo del Primer Ministro tendrá tiempo de ver a una puta? —solté, intentando usar el sarcasmo como escudo.

—No digas eso —replicó él de inmediato. Se sentó al borde de la cama y me tomó de la mano para atraerme hacia él.

Me dejé llevar. Él se puso en pie, revelando lo mucho que me superaba en estatura, y me rodeó la cintura con sus brazos en un abrazo protector.

—Yo no pienso eso de ti, Clara —susurró, mirándome con una dulzura que me revolvió las entrañas.

Me enterneció ver tanta ternura en unos ojos tan limpios, pero sabía que esa pureza no pertenecía a mi mundo. Puse mis manos sobre su cuello, acariciando la piel que todavía olía a mi jabón.

—Lo sé, pero... —Llevé mis manos a las suyas, deshaciendo su agarre con suavidad pero con firmeza—. Respondiendo a tu pregunta... va a ser difícil que nos veamos seguido. Tú tienes que estudiar para ser alguien importante, y yo... yo tengo que seguir trabajando.

Me alejé de él, busqué mi peine y comencé a desenredar mi cabello frente al espejo, dándole la espalda para que no viera cómo me dolía ponerle fin a todo esto.

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