Capítulo 1 Las preguntas que nunca hice

Siempre había pensado que los secretos tenían un sonido.

No era algo que pudiera explicar con lógica. No eran exactamente las palabras que alguien pronunciaba ni el silencio que quedaba después de una conversación incómoda. Era otra cosa. Una pausa demasiado larga antes de responder, una mirada que se desviaba en el momento equivocado, una puerta que se cerraba con más fuerza de la necesaria o ese cambio casi imperceptible en la voz de una persona cuando estaba intentando ocultar algo.

La forma en que mi madre cambiaba de tema cada vez que yo mencionaba a mi padre. Con los años había aprendido a reconocer esas pequeñas señales.

Quizá por eso había terminado dedicándome a restaurar documentos antiguos. Siempre me había fascinado la manera en que una historia podía sobrevivir incluso cuando alguien intentaba destruirla. Un papel quemado conservaba palabras en sus bordes. Una fotografía deteriorada todavía podía revelar un rostro. Una carta cubierta de humedad podía esconder una confesión durante décadas y, aun así, esperar pacientemente a que alguien encontrara la forma de leerla.

Mientras otras personas veían documentos viejos, yo veía secretos que se negaban a morir.

Aquella tarde llevaba casi nueve horas inclinada sobre una carta del siglo pasado cuando el reloj de la pared marcó las siete. Levanté la cabeza y me di cuenta de que tenía los hombros rígidos y los ojos cansados. Me quité las gafas, masajeé el puente de mi nariz y dejé escapar un suspiro.

—Ya está bien por hoy —murmuré para mí misma, aunque sabía perfectamente que probablemente terminaría quedándome otros veinte minutos.

El taller no era demasiado grande, pero me gustaba precisamente por eso. Las paredes blancas estaban cubiertas de estanterías llenas de cajas etiquetadas, herramientas pequeñas y materiales de restauración. Una mesa amplia ocupaba el centro de la habitación y una lámpara de aumento iluminaba el espacio donde pasaba la mayor parte de mis días. No era un lugar lujoso ni necesitaba que lo fuera.

Había construido aquella vida a mi medida.

Pequeña.

Tranquila.

Predecible.

Bajo mi control.

O eso había creído.

Apagué la lámpara y me quité los guantes antes de guardar la carta que estaba restaurando. Sin embargo, cuando fui a colocarla dentro de su caja, algo llamó mi atención. En la esquina inferior del documento había una palabra casi completamente borrada por una mancha de humedad.

Me incliné un poco más.

Pasé con cuidado el pincel sobre la superficie y conseguí distinguir algunas letras.

Moretti.

Mi mano se detuvo.

No sabía por qué aquel apellido me provocó una sensación tan extraña. Quizá porque era la primera vez que lo veía escrito en uno de los documentos que me habían entregado. Quizá porque, durante un segundo, tuve la impresión absurda de haberlo visto antes.

Moretti.

Lo repetí mentalmente.

Era solo un apellido. Uno entre miles. Al menos eso me dije mientras sacaba el teléfono y tomaba una fotografía del documento para investigar su procedencia más tarde. Después guardé la carta, cerré la caja y comencé a recoger mis cosas.

Fue entonces cuando mi celular vibró sobre la mesa.

Miré la pantalla.

Número desconocido.

No pensaba contestar. Dejé que sonara hasta que la llamada terminó, pero apenas unos segundos después volvió a vibrar.

Fruncí el ceño.

Algo me dijo que contestara.

—¿Sí? —dije finalmente, llevándome el teléfono al oído.

Durante unos segundos solo escuché silencio. Estuve a punto de preguntar quién hablaba cuando una voz masculina, grave y firme, pronunció mi nombre completo.

—¿Valentina Ferrer?

Mi espalda se tensó.

No estaba acostumbrada a que desconocidos utilizaran mi nombre completo, mucho menos con aquella seguridad.

—¿Quién habla? —pregunté mientras me enderezaba en la silla.

—Necesito hablar contigo sobre una deuda.

El cansancio que llevaba acumulado durante todo el día desapareció de golpe. Miré hacia la puerta del taller, aunque sabía perfectamente que nadie podía estar allí.

—Se ha equivocado de persona —respondí, intentando mantener la voz firme—. Yo no tengo ninguna deuda.

—No me he equivocado.

La seguridad de su respuesta me incomodó. Apreté el teléfono contra mi oído y me obligué a no mostrar nervios, aunque estaba completamente sola.

—No sé quién es usted, pero si está buscando a otra persona, será mejor que la encuentre. Yo no tengo nada que ver con ninguna deuda.

Al otro lado hubo una pausa breve.

—Tú no tienes ninguna deuda, Valentina. Pero tu familia sí.

Me quedé inmóvil.

Por alguna razón, aquellas palabras hicieron que el aire del taller pareciera más pesado.

—Mi familia no tiene nada que ver conmigo —respondí finalmente.

Lo dije con más rapidez de la necesaria, como si necesitara convencerlo a él antes de convencerme a mí misma.

El hombre guardó silencio durante unos segundos. Después habló con una tranquilidad que me inquietó mucho más que una amenaza.

—Eso es exactamente lo que te han hecho creer.

La llamada terminó.

Bajé lentamente el teléfono y me quedé mirando la pantalla apagada.

No sabía quién era.

No sabía qué deuda estaba mencionando.

Pero sabía algo que me desagradaba todavía más: aquel hombre conocía mi nombre, sabía que tenía una familia y, de alguna manera, conocía una parte de mi vida de la que yo misma apenas tenía respuestas.

Podría haber considerado aquella llamada una estafa. Había personas que utilizaban todo tipo de métodos para asustar a otros y conseguir dinero. Podía bloquear el número, marcharme a casa y olvidarlo.

Era lo lógico.

Así que eso fue exactamente lo que intenté hacer.

Guardé el teléfono en el bolso y terminé de recoger el taller mientras me repetía que no iba a permitir que una llamada anónima arruinara mi noche.

Sin embargo, mientras apagaba las luces, una pregunta volvió a mi cabeza.

¿Y si no se había equivocado?

Mi madre había pasado toda mi infancia evitando hablar del pasado. Cuando era niña, yo preguntaba por mi padre y nunca obtenía una respuesta que pudiera considerar definitiva. Algunas veces me decía que había muerto. Otras simplemente guardaba silencio. Hubo momentos en los que llegué a pensar que quizá ni siquiera quería que yo supiera quién había sido.

Con el tiempo dejé de preguntar.

No porque hubiera dejado de querer saber la verdad, sino porque aprendí que insistir me hacía daño.

Y después mi madre desapareció de mi vida.

No hubo una explicación clara. No hubo una despedida que pudiera recordar. Solo quedaron algunas pertenencias, recuerdos incompletos y demasiadas preguntas.

Yo había aprendido a vivir con ellas. O al menos eso creía.

Salí del taller poco después de las siete y media. La noche había caído por completo y el aire estaba más frío de lo que esperaba. Cerré la puerta con llave y caminé hacia mi automóvil mientras buscaba las llaves dentro del bolso.

Entonces lo vi.

Un automóvil negro estaba estacionado al otro lado de la calle.

No reconocí el modelo, pero sí al hombre que permanecía apoyado contra la puerta del conductor.

No sabía quién era.

Él tampoco hizo ningún movimiento cuando nuestras miradas se cruzaron.

Seguí caminando como si no hubiera notado su presencia. No quería darle importancia, ni quería demostrarle que lo había visto.

Pero podía sentir sus ojos siguiéndome. Cuando llegué a mi automóvil, abrí la puerta, entré y cerré rápidamente. Puse el seguro antes incluso de introducir la llave en el contacto.

Respiré profundamente.

—Tranquila, Valentina —me dije mientras miraba por el parabrisas—. Probablemente no sea nada.

Arranqué y salí del estacionamiento.

No miré hacia atrás.

Al menos no durante las primeras calles.

Después de varios minutos, la curiosidad pudo más que el sentido común y miré por el retrovisor.

El automóvil negro seguía detrás de mí. Mi corazón dio un golpe seco.

Intenté convencerme de que podía ser una coincidencia. Giré en la primera esquina.

El automóvil giró también.

Tomé otra calle, esta vez más estrecha.

Volvió a seguirme.

Apreté el volante.

—Perfecto —murmuré con una mezcla de nerviosismo e irritación—. Simplemente perfecto.

Aceleré un poco.

No sabía quién era aquel hombre ni qué quería de mí, pero una cosa empezaba a quedar clara: la llamada no había sido una casualidad.

Durante los siguientes minutos conduje sin rumbo fijo, cambiando de calles hasta asegurarme de que no conociera mi dirección. Finalmente, cuando no volví a ver el automóvil, me dirigí a mi apartamento.

Entré al garaje y apagué el motor.

No bajé inmediatamente.

Me quedé sentada, con las manos todavía sobre el volante, observando el reflejo de las luces en el parabrisas.

Esperé.

Un minuto.

Dos.

Nada.

Finalmente salí del automóvil y subí rápidamente a mi apartamento.

Cerré la puerta con llave y permanecí unos segundos apoyada contra ella, intentando recuperar la calma. Me repetí que estaba exagerando, que probablemente aquel automóvil pertenecía a alguien que simplemente había tomado las mismas calles que yo.

Entonces mi teléfono vibró.

Lo saqué del bolso y tenía un mensaje de un número desconocido.

“No vuelvas a ignorar nuestras llamadas".

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

No respondí.

Tampoco bloqueé el número.

Simplemente me quedé mirando la pantalla, intentando entender cómo alguien podía saber que había ignorado una llamada que acababa de recibir.

Entonces llegó otro mensaje.

“Tu familia dejó una deuda. Tú vas a pagarla".

Esta vez sentí un nudo en el estómago. Me senté lentamente en el sofá mientras volvía a leer aquellas palabras.

Tu familia.

La misma expresión.

La misma amenaza.

Y, de repente, el apellido que había encontrado en la carta volvió a mi cabeza.

Moretti.

Me levanté de inmediato y fui hasta mi bolso. Saqué el teléfono y abrí la fotografía que había tomado en el taller. Amplié la imagen hasta que las letras ocuparon casi toda la pantalla.

Moretti.

No tenía sentido.

¿Por qué ese apellido estaba relacionado con una carta antigua que había llegado a mi taller precisamente aquella tarde?

¿Por qué alguien me estaba hablando de una deuda familiar?

Y, sobre todo, ¿por qué una parte de mí sentía que aquellas dos cosas estaban conectadas?

Dejé el teléfono sobre la mesa y caminé hasta la ventana.

La ciudad se extendía frente a mí, llena de luces y vehículos que continuaban moviéndose como si mi mundo no acabara de cambiar.

Hasta ese momento había pensado que podía mantener mi vida separada del pasado de mi madre. Había creído que sus secretos le pertenecían a ella y que yo tenía derecho a construir una vida diferente.

Pero aquella noche comprendí que quizá nunca había tenido ese derecho.

Alguien había encontrado la manera de llegar hasta mí. Y si conocían mi nombre, conocían mi dirección y sabían cosas sobre mi familia que yo misma ignoraba, entonces probablemente sabían mucho más de lo que estaban diciendo.

Apagué la pantalla del teléfono. Todavía no sabía quién estaba detrás de las llamadas. No sabía qué deuda querían cobrarme.

Tampoco sabía qué relación tenía aquel apellido con mi familia.

Pero estaba a punto de descubrir que algunos secretos no permanecen enterrados porque hayan desaparecido.

Permanecen enterrados porque alguien está dispuesto a matar para que nadie los encuentre.

Y yo acababa de poner las manos sobre uno de ellos.

Todavía no lo sabía, pero aquella noche no había comenzado una amenaza.

Había comenzado mi entrada en el mundo de los Moretti.

Y, en algún lugar de aquella ciudad, el hombre que gobernaba ese mundo ya sabía que yo existía.

Alessandro Moretti.

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