Capítulo 2 No volverás a tu vida

Durante la noche no pude dormir nada. Me quedé frente a la pantalla de la computadora, viendo parpadear el nombre de Moretti Holdings como si se tratara de una advertencia en plena oscuridad.

No había escándalos sobre Alessandro Moretti en la prensa. Solo una biografía empresarial impecable, fría y tan perfectamente cuidada que resultaba extraña. Un hombre intocable, dueño de una fortuna enorme y de un imperio construido sobre reglas que nadie parecía atreverse a cuestionar.

A primera hora de la mañana, la ansiedad pudo más que mi orgullo y llamé a Sofía. Su voz cambió apenas le solté el apellido.

—Valentina, dime que estás bromeando —dijo Sofía, con verdadera preocupación—. ¿Dijiste Moretti?

—Lo vi con mis propios ojos en la carta que estaba restaurando —le respondí, sosteniendo el teléfono con fuerza—. Y anoche recibí llamadas y mensajes diciendo que mi familia dejó una deuda pendiente. Sofía, alguien me está siguiendo. Un coche negro...

—Escúchame bien —me interrumpió mi amiga, y por primera vez le noté verdadero miedo en la voz—. Los Moretti manejan medio país de forma legal, pero en los juzgados y en los despachos corporativos circulan otras historias. A cualquiera que intente investigar demasiado sus negocios o su pasado le pasa algo. Si te han relacionado con ellos, guarda la carta y aléjate de todo esto.

Pero ya era tarde para huir.

Al empujar la puerta del taller, poco antes de las diez, sentí que algo no estaba bien.

Nadie había forzado la cerradura. No había cristales rotos. Todo estaba en su sitio... o al menos eso intentaba decirme mi cerebro para calmar el miedo que empezó a recorrerme la espalda. Pero yo conocía cada rincón de ese taller. Sabía cómo se sentía el silencio cuando estaba segura.

Alguien había estado allí.

La caja donde guardaba la serie de documentos antiguos no estaba exactamente alineada. El rastro borroso sobre la fina capa de polvo de la tapa me indicó que alguien la había abierto con cuidado.

Fui hacia la bandeja interior con el pulso acelerado. La tarjeta de memoria y la copia digital de prueba con la fotografía de la carta... ya no estaban.

Sin embargo, la carta original seguía allí, reposando intacta en su soporte. Y junto a ella, sobre la madera de la mesa, había algo más.

Un sobre doblado con mi nombre escrito.

Lo abrí con los dedos temblorosos. Dentro había un trozo de papel arrancado con una frase escrita a mano:

«Dedícate a tus papeles y no te metas donde no debes. La próxima vez no vendremos solo a llevarnos una copia.»

Se me heló la sangre. Ya no eran solo llamadas anónimas o mensajes de texto. Habían entrado a mi refugio, se habían llevado la prueba digital y me habían dejado una advertencia en mi propio espacio de trabajo. Si se hubieran llevado la carta física, habría acudido a la policía para denunciar el robo de una pieza histórica. Pero robar el archivo digital y dejar una nota así era otra cosa: querían que la información desapareciera en silencio y estaban intentando asustarme lo suficiente para que me callara.

El teléfono vibró en mi bolsillo. Contesté con los dedos rígidos.

—¿Quién es? —exigí, apretando el móvil con fuerza.

—Por lo que veo no tienes el hábito de escuchar las advertencias, Valentina —la voz al otro lado era grave y fría—. Mi nombre es Gabriel Agüero. Y supongo que ya encontraste el recado que te dejaron.

Me quedé sin aliento, con el corazón en la garganta.

—¿Cómo sabes lo de la nota? —estallé, sintiendo una rabia ciega mezclándose con el miedo—. ¿Han sido ustedes los que han entrado a amenazarme?

—No hemos sido nosotros —respondió Gabriel con calma—. Mis hombres vigilan tu taller y vieron salir a quienes lo hicieron hace apenas diez minutos. Quien escribió eso no pertenece a nuestra gente. Llevan años buscando lo que tu madre escondió y acaban de descubrir que estás relacionada con ello. Si hubieras llegado unos minutos antes, te habrías cruzado con ellos... y ahora mismo podrías estar muerta.

El silencio que quedó entre los dos pesaba.

—Te estoy esperando en un coche negro, a tres calles de tu taller —continuó Gabriel con autoridad—. Ven sola.

Apreté los dientes, sintiendo cómo la rabia se alzaba por encima del miedo.

—No voy a subir a un coche contigo solo porque aparezcas de la nada y decidas darme órdenes. Ni siquiera sé quién eres.

Gabriel suspiró al otro lado, con una paciencia que parecía estar llegando a su límite.

—No te pido que confíes en mí, Valentina. Tienes dos opciones: te quedas ahí esperando a que los enemigos de tu familia te encuentren, o vienes conmigo. Entiende de una vez por todas que somos los únicos que pueden protegerte de lo que se te viene encima. Allá afuera, nadie más va a levantar un dedo por ti. Tú eliges. Pero el tiempo se está acabando.

Colgó sin darme oportunidad de replicar.

Miré las estanterías de mi refugio, y el papel con la amenaza sobre la mesa. Con las manos temblando, salí a la calle y caminé rápido hasta llegar a la esquina indicada.

Un sedán negro de vidrios polarizados aguardaba junto a la acera. De pie junto a la puerta trasera, con los brazos cruzados y una expresión seria, un hombre me observaba fijamente. A su lado, un chófer sostenía la manija de la puerta abierta.

Cuando me detuve a un par de pasos, con el pecho agitado por la caminata, el hombre habló con la misma voz grave que había escuchado minutos antes por teléfono:

—Puntual, señorita. Soy Gabriel.

Lo miré de arriba abajo, reconociendo al instante que se trataba del mismo hombre autoritario.

—Así que eras tú la voz mandona al otro lado del teléfono —le solté, con un hilo de desafío que apenas disimulaba el temblor en mis labios—. ¿Por qué demonios debería creerte?

Gabriel exhaló lentamente, perdiendo el poco rastro de paciencia que le quedaba. Dio un paso hacia mí, acercándose lo suficiente para hacerme sentir su presencia.

—Tengo órdenes estrictas de no dar explicaciones, y mucho menos a media cuadra de donde sus enemigos pueden estar observándola. Sus preguntas se las guardará para el jefe. Ahora, por favor, entre al vehículo. Mi paciencia se está acabando.

—¿Y si me niego? —le reté, apretando los dientes.

—Entonces tendré que cargarla y meterla por la fuerza, y le aseguro que eso no será agradable para ninguno de los dos —respondió con una calma que me puso los nervios de punta—. Elija usted misma cómo quiere que sea.

La rabia me quemaba en el pecho, pero la amenaza en sus ojos me recordó la nota que acababa de leer en mi taller. Apreté los puños con impotencia, di media vuelta con brusquedad y me subí al asiento trasero del sedán. Gabriel cerró la puerta detrás de mí.

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El trayecto fue un viaje hacia lo desconocido en completo silencio. Cuando el coche se detuvo frente a una mansión imponente a las afueras de la ciudad, Gabriel abrió mi puerta con gesto serio y me tendió una mano para ayudarme a bajar, la cual ignoré por completo. Me guió por unos pasillos hasta detenernos frente a una puerta doble de madera.

—Adelante —murmuró.

Empujé la puerta y entré.

La oficina era enorme, dominada por ventanales grises donde comenzaba a desaparecer la luz del atardecer. De espaldas a mí, mirando hacia la ventana con una postura imponente, un hombre de hombros anchos y traje oscuro permanecía inmóvil. Su sola presencia imponía respeto y peligro.

Gabriel cerró tras de mí.

—Señor Moretti, le presento a Valentina Ferrer.

El hombre giró despacio.

Sus ojos oscuros se clavaron en mí. No dijo nada durante unos segundos. Solo me observó con una calma que consiguió ponerme más nerviosa que cualquier amenaza.

Entonces dio un paso hacia mí y una leve sonrisa apareció en sus labios.

—Más problemas de los que imaginaba... —murmuró, como si hablara consigo mismo.

Fruncí el ceño, sin entender a qué se refería.

Alessandro sostuvo mi mirada y, con aquella tranquilidad que empezaba a inquietarme, añadió:

—Lo lamento, pequeña, pero a partir de este momento tu vida no volverá a ser la misma.

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