Capítulo 3 Solución a tu problema

Cuando me había girado lentamente sobre mis talones y la encontré de frente, observé su presencia sin apartar ningún detalle.

Valentina no iba vestida como alguien que esperaba ser arrastrada a una pesadilla. Llevaba una blusa sencilla, de un tono neutro, y un traje sastre impecable que mostraba que era una mujer acostumbrada a mantener el control incluso en los peores momentos. Tenía el cabello oscuro sobre los hombros, perfectamente arreglado, algo que contrastaba con el caos en el que acababa de caer.

Pero lo que vi en sus ojos no fue rabia ni miedo. Fue confusión.

Al parecer no era consiente de por qué había tanta seguridad a su alrededor, por qué la habían llevado hasta allí ni qué demonios tenía que ver todo aquello con ella —una restauradora de documentos cuyo mundo giraba alrededor de papeles antiguos, encuadernaciones y herramientas de restauración— en medio de una guerra de la que jamás había escuchado hablar. Estaba buscando una explicación lógica para algo que no la tenía. Y eso me confirmó algo: era una mujer inteligente.

—No sé de qué me habla —soltó con voz firme, aunque la confusión se le notaba en el tono—. Solo restauro documentos antiguos. No tengo nada que ver con sus negocios, ni con los de nadie más.

Cualquier otra persona en su lugar estaría pidiendo explicaciones entre lágrimas, ofreciendo dinero o suplicando que la dejaran marchar. Ella, en cambio, intentaba entender lo que estaba pasando.

Esa actitud fue lo que consiguió llamar mi atención. No parecía dispuesta a dejarse llevar por el miedo.

Di un paso al frente, acortando la distancia de manera deliberada.

—Eso crees tú —dije con voz fría—. Te crees a salvo en ese taller, limpiando papeles viejos para clientes que apenas conoces. Pero el apellido Ferrer no es tan insignificante como crees. Alguien lleva años buscando un documento muy específico, un registro que tu madre guardó antes de desaparecer.

—¿Y por qué tendría que creer que ese documento existe? —preguntó sin apartar la mirada—. Hasta ayer ni siquiera sabía que alguien podía estar buscándome.

—¿Y qué crees que buscaban los hombres que entraron a tu taller, caramelos?

—Eso no demuestra que mi madre tenga algo que ver. Ni es prueba suficiente para yo creer en lo que me dices —Vi cómo apretaba la mandíbula y cómo daba un paso involuntario hacia atrás —Pero además ¿Qué sabe usted de mi madre? —exigió, dejando de lado la prudencia—. Ella murió hace años. Su vida no tiene absolutamente nada que ver con este mundo ni con ustedes.

—Tu madre no era una simple restauradora, Valentina —respondí con calma—. Y el collar con el grabado de un halcón que llevas oculto bajo la blusa tampoco es una pieza cualquiera. Es la llave que lleva hasta el archivo que mis enemigos están dispuestos a destruir con tal de recuperarlo.

Vi cómo sus dedos iban de inmediato hacia su pecho, rozando la cadena escondida bajo la tela de la blusa. Se quedó sin aliento, que yo supiera de él la había tomado por sorpresa.

—Tú... no sabes lo que dices —susurró, con los ojos muy abiertos.

—Lo sé perfectamente —avancé un paso más, acercándome lo suficiente para que sintiera mi presencia—. Sé quién era, sé por qué huyó cuando las cosas se pusieron feas y sé que esos hombres no van a detenerse. Volverán por ti cuando descubran que la copia digital que encontraron no era suficiente. Para ellos, tú representas un problema y un estorbo.

—Entonces dígame qué quieren de mí —exigió, intentando mantener la voz firme—. Porque según se expresa, debería saberlo. Algo me dice que no debo confiar en usted.

La miré durante unos segundos.

—Nunca dije que debieras confiar en mí. Solo te estoy diciendo que tú vida pende de un hilo y que el único que puede protegerte soy yo.

El silencio que siguió fue pesado. Duró apenas un segundo antes de que ella negara con la cabeza y se cruzara de brazos, intentando recuperar el control.

—A ver, déjame ver si te estoy entendiendo... —murmuró, entrecerrando los ojos—. ¿Me estás diciendo que la única forma de seguir viva es quedándome aquí... contigo?

Y entonces, de la forma más inesperada, soltó una carcajada.

Me detuve en seco. Fruncí el ceño, molesto. Nadie se reía en mi cara. Nadie ponía en duda mi palabra de esa manera.

—¿Y qué te causa tanta gracia? —le solté con un tono áspero—. ¿Te parece divertido lo que está pasando?

Valentina me sostuvo la mirada.

—¿Y pretendes que me trague ese cuento? Por favor —bufó, sacudiendo ligeramente la cabeza con una sonrisa sarcástica—. ¿Crees que soy estúpida? ¿Quién me asegura a mí que ustedes no son la verdadera amenaza y que todo esto no es más que una farsa para quitarme lo que sea que tengo guardado?

Cualquier otro la habría mandado a callar a gritos o le habría enseñado el precio de faltarme al respeto. Pero yo no pude evitar sentir un destello de interés. Estaba acorralada, sola en mi despacho, y aun así tenía el valor de llamarme mentiroso en mi propia cara.

—Mira, preciosa —le dije con una voz baja y dura—, solo tienes dos formas de comprobar si te estoy mintiendo o no: o confías en lo que te digo, o sales por esa puerta y en cuanto pongas un pie afuera pueden meterte dos balas en la cabeza. Y cuando tus sesos estén exparcidos por el piso vas a entender que no estaba exagerando. Pero para entonces será demasiado tarde, porque no soy Dios para revivirte.

Valentina tragó saliva y bajó la mirada hacia el colgante antes de volver a mirarme.

—¿Y si me quedo? —preguntó finalmente—. ¿Qué quiere a cambio? Porque me imagino que no lo hace por caridad, no entiendo por qué debería aceptar nada, cuando usted solo ha hablado cosas sin sentido y vagas.

—Porque todavía no has escuchado mi propuesta.

La crudeza de mis palabras había borrado cualquier rastro de burla de su rostro. El color se le escapó de los labios y tragó saliva con dificultad.

Di media vuelta, caminé un par de pasos hacia mi escritorio de caoba y me giré para mirarla por encima del hombro.

—Tengo una solución para tu problema, Valentina.

Ella se quedó rígida en medio de la estancia, con los ojos fijos en los míos.

—¿Y cuál es? —preguntó, con la voz un poco más ronca.

Una leve sonrisa apareció en mis labios. No necesitaba levantar la voz para dejar claro quién tenía el control.

—Casarte conmigo.

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