Capítulo 4 Plasmando mi firma
—¿Casarme contigo? —repetí, convencida de que había escuchado mal.
Alessandro Moretti no se inmutó. No mostró una sonrisa burlona ni apartó la mirada de la mía.
—Exactamente.
—¿Y esa es tu solución? —pregunté, sintiendo que la indignación comenzaba a ganarle terreno al miedo—. Te acabo de conocer hace diez minutos, apenas sé tu nombre y pretendes solucionar un problema de mafia casándome contigo como si estuviéramos hablando de comprar un local comercial.
—No te estoy pidiendo que te enamores de mí, Valentina —respondió con una frialdad que no dejaba espacio para dudas, cruzando los brazos sobre su pecho—. Los matrimonios por conveniencia en este mundo no se basan en sentimientos. Son solo contratos. Mis rivales se están moviendo en mi territorio buscando algo que tu madre dejó escondido. Si ellos lo encuentran antes que yo, mi posición y mis intereses estarán en peligro. Así de simple.
Me quedé mirándolo, sintiendo que la incredulidad y la furia competían dentro de mí.
—Pues qué gran oferta —bufé con ironía, cruzándome de brazos a la vez para marcar distancia—. Discúlpame si no salto de alegría ni aplaudo ante la idea de convertirme en la esposa trofeo de un desconocido que pretende arrancarme de mi vida a la fuerza.
Alessandro no se molestó por la pulla; al contrario, una chispa de diversión fría apareció en sus ojos oscuros.
—No serías una esposa trofeo —me corrigió con voz seca—. Eres la pieza que me falta en el tablero. Mato dos pájaros de un tiro: mantengo la información bajo mi control y te mantengo cerca para evitar que mis rivales se adelanten, al mismo tiempo que les dejo claro que tengo una vida estable y que no pudieron impedirlo. Tu apellido y tu situación actual encajan a la perfección en mis planes.
La frialdad con la que calculaba cada movimiento me revolvió el estómago. Para él, yo no era más que una pieza que podía usar para proteger sus intereses.
Aun así, mi cerebro, acostumbrado a analizar hasta los detalles más pequeños de los documentos antiguos, entendió la situación en segundos. Afuera había hombres dispuestos a matar por un colgante que ni siquiera entendía para qué servía. Volver a mi taller era casi una sentencia de muerte. Si iba a aceptar aquella locura, no iba a entrar en su juego con la cabeza agachada.
—Bien —dije, enderezando la espalda y mirándolo fijamente a los ojos—. Si pretendes usarme para arruinarle los planes a tus enemigos y proteger tus intereses, habrá condiciones. Condiciones que voy a plantear yo, por supuesto.
Alessandro levantó una ceja, claramente poco acostumbrado a que alguien le pusiera reglas.
—Te escucho.
—Primero: no vas a obligarme a acostarme contigo. Esto es un acuerdo de negocios, no una subasta de personas —le solté sin vacilar—. Segundo: no vas a decidir sobre mi trabajo ni a cerrar mi taller, en cuanto estoy se acabe pienso retomar mi vida tal cual. Tercero: tengo derecho a comunicarme con Sofía, mi abogada y amiga, sin que la vigiles como si fuera una criminal. Cuarto: no vas a encerrarme en esta mansión ni a tratarme como a una prisionera. Y quinto: el matrimonio tiene una fecha de caducidad.
Él guardó silencio unos segundos, pensando en cada una de mis condiciones.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó con tono neutro.
—Seis meses. Al terminar ese tiempo, nos divorciamos, me dejas en paz y cada quien sigue su camino. No te debo nada, no me debes nada.
Una sombra de diversión apareció en sus ojos oscuros, aunque su expresión seguía siendo la de un hombre que rara vez aceptaba un desafío sin pensar primero en su siguiente movimiento.
—Acepto la duración, el divorcio y los límites respecto a tu insignificante taller —respondió con lentitud, apoyando los dedos sobre la caoba—. Pero añadiremos una condición indispensable: si en esos seis meses no logramos descubrir exactamente qué buscan esos hombres y acabar con la amenaza, el contrato se extenderá el tiempo que sea necesario. No voy a permitir que te vayas a correr riesgos que pongan en peligro la información que necesito.
Sentí que el aire se me congelaba en los pulmones.
—¿Qué? ¿O sea que pretendes que quede atada a ti indefinidamente si tu investigación se alarga? —protesté, sintiendo que el suelo parecía moverse bajo mis pies.
—No es una investigación personal, Valentina, es supervivencia comercial y estratégica —replicó él con una calma absoluta—. Si descubrimos qué ocultó tu madre antes del plazo, nos separamos y fin del problema. Si no, el acuerdo se mantiene hasta que yo tenga las respuestas que quiero. Es eso, o te aseguro que afuera te usarán como blanco de práctica en cuanto pongas un pie en la calle. No necesitas quererme para sobrevivir a esto, solo cumplir tu parte del trato.
Le sostuve la mirada, negándome a parpadear ante su intensidad.
—Créeme, lo último que me preocupa en esta vida es llegar a quererte, algo que sé que es imposible.
Una sonrisa casi imperceptible apareció en la comisura de sus labios ante mi respuesta. Pero antes de que pudiera decir algo, Alessandro abrió un cajón de su escritorio, sacó un sobre manila y lo dejó sobre la caoba pulida.
—Si todavía crees que estoy exagerando el peligro para manipularte, abre eso —dijo con voz baja.
Dudé un instante, pero la curiosidad y la inquietud pudieron más. Me acerqué despacio al escritorio y saqué el contenido del sobre. Eran fotografías impresas con una calidad impecable.
En la primera aparecía la fachada de mi taller tomada desde un coche en movimiento. En la segunda, estaban los dos hombres que habían entrado en mi espacio de trabajo esa misma mañana, captados mientras salían del lugar armados y escondían algo bajo las chaquetas. La tercera mostraba con claridad la entrada de mi edificio: yo aparecía cerrando la puerta para salir a la calle y, a una distancia prudente, otro hombre armado me vigilaba desde una esquina.
Sentí que el aire se me quedaba atrapado en la garganta. El frío me recorrió las manos.
—Llevan semanas siguiéndote paso a paso, Valentina, y ni siquiera te habías dado cuenta —dijo Alessandro, destruyendo cualquier sensación de seguridad que me quedara—. La única razón por la que no te han llevado a la fuerza o intentado asesinar, es porque mis hombres han estado protegiéndote. Si sales por esa puerta sola, no duras veinticuatro horas con vida.
Aparté la vista de las fotografías, con el pecho agitándose más rápido de lo que me gustaría admitir. La realidad me golpeó de lleno: no tenía a dónde huir. No había un lugar seguro al que pudiera llamar hogar.
Aun así, algo en mi mente comenzó a unir las piezas. Levanté la barbilla y lo miré fijamente a los ojos.
—Dime una cosa... —lo miré con curiosidad— ¿Cuál es el apellido de esa familia que me persigue? Con tantos hombres trabajando para ellos deben ser adinerados.
Alessandro detuvo el leve movimiento que iba a hacer y se quedó quieto. Sus ojos oscuros se estrecharon, mirándome de una manera completamente distinta. En ese momento se dio cuenta de que no tenía delante a una mujer asustada que aceptaría cualquier explicación, sino a alguien con una mente muy despierta.
—Eres bastante perceptiva —inquirió, con una mezcla de sorpresa y cautela en la voz.
Le sostuve la mirada sin apartarme.
—Soy restauradora. Analizar con precisión, encontrar patrones escondidos bajo capas de polvo y descubrir lo que otros no ven es parte de mi oficio, y soy muy buena en eso —respondí con calma, sin bajar la mirada—. Además... dudo mucho que tu repentina oferta de protegerme sea pura caridad. Si mis enemigos no fueran los tuyos, no tendrías ningún motivo para casarte conmigo.
Un destello de respeto apareció en la mirada de Alessandro, rompiendo por un segundo su expresión fría.
—Los De Luca —respondió con voz grave, pronunciando el apellido como una sentencia—. Rafael De Luca y su gente son los que están haciendo todo lo posible para encontrar lo que tu madre dejó escondido. Y ahora, sus intereses y los míos chocan justo encima de tu cabeza.
Asimilé el apellido en silencio. El peso de aquella verdad comenzaba a cerrarse sobre mí.
Sin decir una palabra más, Alessandro abrió otro cajón, sacó un documento con membretes legales y lo deslizó sobre la mesa junto a un bolígrafo.
—El contrato de matrimonio civil y las condiciones del acuerdo —indicó con voz firme—. Léelo bien. Añadiremos seis meses de base por el momento.
Me acerqué al papel y bajé la vista. Las líneas impresas detallaban los términos de una farsa legal que cambiaría mi destino para siempre. Arriba de todo, con letras claras, ya figuraban dos nombres.
Valentina Ferrer.
Alessandro Moretti.
Dos desconocidos. Un matrimonio de conveniencia. Seis meses para sobrevivir y enfrentarse a todo lo que se escondía detrás de aquellas amenazas.
Extendí los dedos y tomé el bolígrafo. Se sintió extrañamente pesado entre mis dedos, como si cada gramo de metal llevara consigo el peso de la vida que estaba a punto de dejar en pausa. Apunté con la punta hacia el papel y, sin permitir que mis manos temblaran, comencé a escribir mi firma.
