Capítulo 5 Y además machista
La salida no formaba parte del plan original de Alessandro Moretti, pero yo había dejado algo muy claro, iba a ir por mis cosas por encima de quién fuera. Si iba a ser parte de su farsa de protección y contrato matrimonial, no pensaba renunciar a mi independencia ni a lo único que era verdaderamente mío en este mundo. Además de que no dejaría mis cosas atrás para depender de él. Estaba molesto porque el tal Gabriel había salido a cumplir otra tarea y le tocó a el venir conmigo.
—Que sean solo cinco minutos, Valentina. No me gusta perder el tiempo, menos cuando se trata de un capricho —masculló él, frotándose el puente de la nariz con evidente fastidio mientras el auto se detenía frente al edificio de mi apartamento.
Me bajé del vehículo a prisa, sin darle tiempo a su chófer de abrirme la puerta, con la molestia de sus palabras y el orgullo intacto a pesar de las circunstancias, no era un capricho para nada, tenía pertenencias de valor sentimental para mí que no dejaría atras. En menos de quince minutos ya estaba bajando, con una maleta que contenía lo indispensable para sobrevivir a las primeras semanas de mi vida momentánea. Pero se puso aún más molesto cuando llegamos a mi taller, la segunda parada.
Cuando el coche estacionó frente al local, Alessandro bajó el cristal para observar la fachada, claramente pensaba que aquella parte de mi cotidianidad era una basura, su rostro lo reflejaba.
—¿Que quieres recoger aquí? —preguntó extrañado. Cuando me vio abrir la puerta del local, se bajó y me siguió. Comencé a empacar con cuidado mis herramientas de trabajo.
Metí en una caja mis bisturís de precisión, mis pinceles de pelo de marta, las soluciones químicas especiales para limpiar óxido y mi microscopio de bolsillo. Entre otras cosas que me servirían en caso de apuro.
—Mis instrumentos de trabajo no se van a quedar aquí recogiendo polvo y deteriorándose—le espeté desde el interior, sosteniendo la caja con ambas manos—. No voy a estar de brazos cruzados esperando a que un maldito sicario venga a dispararme. Si voy a estar bajo tu techo, trabajaré e investigaré tanto como pueda. Así que te sugiero que te ahorres las objeciones, Alessandro, porque no pienso negociar esto.
Alessandro mantuvo la mirada sobre mí durante unos segundos que parecieron eternos. Sus ojos oscuros evaluaron mi terquedad y, por un instante, creí que perdería los estribos. En su lugar, soltó un suspiro áspero, se frotó la parte posterior del cuello y asintió con una expresión seria.
—Sube esa maldita caja al maletero —le ordenó a su chofer con autoridad, antes de volverse hacia mí con una media sonrisa peligrosa—. Pero todas esas cosas van a ser revisadas por mis hombres. No voy a permitir ningún caballo de Troya en mi casa.
El regreso transcurrió en un silencio incómodo, la actitud de él y la mía chocaban de forma evidente. No dijimos una sola palabra hasta que las imponentes puertas de hierro de la mansión Moretti se abrieron lentamente ante nosotros.
Ahora observando con más detalles pude ver cómo hombres con trajes oscuros, rostros serios y armas ocultas bajo las chaquetas vigilaban cada rincón.
—Por aquí, señora Moretti —indicó con voz inexpresiva una mujer de mediana edad, que no había visto cuando llegué con Gabriel la primera vez, se presentó como el ama de llaves principal.
Me detuve en seco al escucharla, girando el rostro con la barbilla en alto.
—Es Ferrer —corregí, con una frialdad que hizo parpadear a la mujer y detuvo el paso de inmediato—. Aún no me he casado con su jefe, y no tengo la menor intención de cambiar mi apellido.
El ama de llaves parpadeó, visiblemente sorprendida por mi respuesta, antes de recuperar su expresión seria e inclinar ligeramente la cabeza.
—Mis disculpas... señorita Ferrer. Por aquí, por favor.
Cuando abrió la puerta de la que supuestamente sería mi habitación, mi naturaleza metódica y ordenada intentó aferrarse a lo único que podía controlar en ese momento: el espacio físico. La suite era enorme, decorada en tonos caoba y gris, dominada por una cama king size. Apenas ella se retiró, coloqué mi caja de instrumentos de restauración con cuidado en un rincón del escritorio, alineé mis pocos libros que había traído y respiré hondo para recuperar el control.
Con la intención de ordenar mis cosas y poner algo de orden en ese entorno, me dirigí al gran armario empotrado de la habitación y tiré de las puertas correderas.
Me detuve, con los ojos abiertos de par en par y el aliento atrapado en la garganta. El vestidor estaba completamente lleno. No había espacio para mí. Hileras interminables de trajes a medida perfectamente planchados, camisas oscuras y claras organizadas por tonos sobrios, y estantes enteros repletos de zapatos, relojes y corbatas de seda ocupaban cada espacio disponible.
En ese preciso instante, la puerta se abrió de golpe. Alessandro entró quitándose la chaqueta y la dejó sobre el elegante sillón de terciopelo que ocupaba parte de la estancia. Su corbata cayó junto a ella y los primeros botones de su camisa quedaron abiertos.
Salí del vestidor sosteniendo una percha con mi ropa entre las manos, fulminándolo con la mirada.
—Oye, discúlpame un segundo —le solté, cruzándome de brazos con el ceño fruncido—. ¿Qué diablos hace tu ropa en este armario? Prácticamente no hay espacio ni para un pañuelo mío.
Alessandro se giró lentamente hacia mí, apoyando una mano en el borde de madera del escritorio con una calma que chocaba con mi furia.
—Se me pasó mencionarte que compartiremos habitación.
Me quedé parpadeando, sintiendo que el aire se me quedaba atrapado en los pulmones.
—¿Espérate, espérate...? Me parece que escuché mal o mi cerebro acaba de sufrir un cortocircuito —mascullé, entrecerrando los ojos con incredulidad—. ¿Qué has dicho?
—Escuchaste perfectamente —replicó él con total naturalidad, cruzándose de brazos y adoptando una postura dominante—. Nadie puede sospechar de que nuestro compromiso y matrimonio no es real. Estaremos bajo la mirada constante de mi madre, de mi familia en general y de los espías que los De Luca insisten en meter por todas partes. ¿Qué crees que pensarán si nos ven durmiendo en habitaciones separadas? La farsa se vendría abajo en menos de un pestañazo.
Me quedé inmóvil en medio de la elegante habitación. Mi mente procesó la lógica fría de su argumento: tenía razón por cuestiones de estrategia y seguridad. Pero la realidad me golpeó con fuerza. Jamás en mi vida había compartido la misma habitación con un hombre, y mucho menos bajo el mismo techo que un mafioso, obligada a fingir que era su esposa para poder sobrevivir. La incomodidad y el miedo me recorrieron la espalda, aunque me negué a darle el gusto de ver el temblor en mis manos.
—De acuerdo —repliqué tragando saliva con orgullo, enderezando la postura y obligando a mi voz a sonar firme—. Si no hay de otra y estamos atrapados en esta convivencia, estableceremos reglas para respetar nuestro espacio. Primero: el orden es sagrado para mí. Así que empieza por coger esa chaqueta que tiraste como un salvaje y colócala en el perchero de la entrada.
Alessandro soltó una carcajada que me pareció un insulto, mientras me miraba como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.
—Estás demente si crees que voy a seguir reglas domésticas, querida —dijo, dando un paso al frente con una arrogancia que dejaba claro el peligro que había detrás de él—. En todo caso, recógela tú, que para eso se supone que serás mi esposa.
Lo miré con los ojos entrecerrados, sintiendo que la sangre me hervía.
—Prepotente, autosuficiente, controlador y además machista. Perfecto, definitivamente era todo lo que buscaba en un hombre —le solté con sarcasmo.
Alessandro ladeó la cabeza lentamente, una sonrisa peligrosa curvando la comisura de sus labios mientras acortaba la distancia que nos separaba.
—¿Así que buscabas un hombre de verdad, eh? Pensé que eras una simple mojigata dedicada a limpiar antigüedades polvorientas.
—Eh, bájale dos tonos que no te he dado tanta confianza, no te permito que me ofendas —le espeté, dando un paso al frente y apuntándole directamente con el dedo índice al pecho, furiosa por su actitud de porquería—. Y por si tu cerebro atrofiado por el poder no se percató, lo que acabo de decir era... pura ironía, idiota.
La cercanía entre ambos se volvió de pronto pesada e incómoda. Sus ojos oscuros recorrieron mis facciones con intensidad, evaluando mi postura y el enojo que empezaba a apoderarse de mí.
Sin apartar su mirada de la mía, Alessandro comenzó a desabrocharse los botones de la camisa con una lentitud deliberada. Mis ojos bajaron involuntariamente y el aire se me quedó atrapado en la garganta.
Ante mis ojos atónitos, la camisa se abrió por completo, revelando un pecho ancho y un abdomen marcado. Pero lo que más llamó mi atención fue el tatuaje oscuro de una serpiente que comenzaba en su hombro derecho y bajaba por su brazo hasta perderse bajo la manga.
La visión de su cuerpo semidesnudo me tomó por sorpresa. El rubor me subió por el cuello y me quemó las mejillas. Incapaz de sostenerle la mirada, solté un grito ahogado, me llevé las manos a los ojos y retrocedí un par de pasos, tropezando con la alfombra.
—¡O-oye! ¿Qué crees que haces? ¡Ponte algo encima inmediatamente, estás loco! —balbuceé con la voz temblorosa, sintiendo el rostro ardiendo de vergüenza mientras intentaba mirar hacia la pared de enfrente entre los dedos.
Escuché su risa burlona.
—Acostúmbrate —murmuró su voz, mucho más cerca de lo que esperaba, sintiendo el calor de su cuerpo a apenas unos centímetros de mi piel—. Porque a partir de ahora, vas a tener que verme todos los días en estas condiciones, y te aseguro que esto apenas es el principio.
Y antes de que pudiera apartarme, sentí la calidez de sus dedos rozando ligeramente mis muñecas para intentar bajar mis manos de los ojos, atrapándome en una situación de la que sabía perfectamente que me costaría mucho salir.
