Capítulo 6 El bautizo de fuego.
El calor de sus dedos alrededor de mis muñecas se sintió como una marca de hierro caliente. La cercanía entre ambos era tan abrumadora que podía percibir el ritmo de su respiración y el leve pero agradable aroma que lo envolvía.
—No vuelvas a tocarme —le advertí con los dientes apretados, tirando de mis manos para liberarme de su agarre con un movimiento violento.
Alessandro no se inmutó. En lugar de retroceder o cambiar el gesto, una chispa de diversión oscura cruzó por sus ojos mientras me soltaba despacio, dándome el espacio que exigía, pero manteniendo el control de la situación.
—Vas a tener que acostumbrarte a mi presencia dentro de tu espacio personal, Valentina, te guste o no —respondió con esa voz ronca que parecía ponerme aún más nerviosa—. Pero puedes relajarte por esta noche. Dormiré en otra habitación. Mi familia regresa muy tarde de un evento y no tiene sentido que finjamos si nadie nos va a ver. Mañana te presentaré ante ellos, sabían que traería hoy a mi prometida pero no quien era la afortunada.
Lo miré con recelo, intentando descubrir si aquello era una muestra de consideración o simplemente una tregua.
—¿Bajarás a cenar? —preguntó él antes de girarse hacia la puerta con total naturalidad.
—No tengo apetito —le respondí, cruzándome de brazos a la defensiva, negándome a mostrarle cualquier señal de debilidad.
—Perfecto. Le diré a Marcia que te traiga algo ligero a la habitación —sentenció con una fría neutralidad—. No tengo intención de obligarte a compartir la mesa hoy si prefieres quedarte aquí. Buenas noches entonces.
La puerta se cerró, dejándome sola en medio de aquella inmensidad de cuarto. Me quedé con el corazón acelerado, respirando con fuerza, maldiciendo en voz baja su arrogancia y la extraña forma que tenía de alterarme con cualquier cosa que me dijera ¿Qué coño me estaba pasando?
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La madrugada transcurrió entre desvelos y vueltas en la cama. Al despertar, el silencio de la mansión me recordó con claridad en qué clase de jaula dorada me encontraba. Había pasado las horas intentando ordenar un montón de preguntas sin respuesta.
Al levantarme, habituada a la libertad de vivir sola en mi apartamento, donde mi única preocupación era mantener en orden mis cosas, opté por la comodidad sin pensarlo demasiado. Llevaba una prenda ligera que me había puesto a media noche para estar más comoda: un camisero corto de seda suave que apenas llegaba a la parte alta de mis muslos y dejaba mis piernas al descubierto, con el cabello suelto cayendo sobre mis hombros.
Guiada por el aroma a café recién hecho que se colaba por debajo de la puerta, salí de la habitación con el único objetivo de encontrar algo que me ayudara a despejarme.
Al llegar al comedor y la cocina integrada, el ambiente cambió por completo.
Sentados alrededor de la mesa se encontraban una mujer de mediana edad, impecable en su traje sastre gris con el cabello recogido en un moño, y a su lado, un hombre joven de rasgos marcados, que giraba una taza de porcelana con una sonrisa burlona en los labios. Yo no tenía idea de quiénes eran, pero la forma en que me miraron dejó claro que formaban parte de la familia.
En cuanto la mujer alzó la vista y me reconoció, sus ojos oscuros se clavaron en mí. Su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo y se detuvo en mis piernas descubiertas y en la ligereza de la prenda.
—Pero mira nada más... —exclamó la mujer, dejando la taza sobre el plato de golpe —. Pero qué atrevida eres, chiquita. ¿Crees que esto es una pocilga o un burdel para andar paseándote de esta manera por la casa? La decencia y el decoro claramente no forman parte de tu vestidor.
La sangre me hirvió de inmediato. Había estado a punto de disculparme, pero el tono clasista, humillante y despectivo de aquella desconocida activó todas mis alarmas. Nadie me pisoteaba, ni mucho menos iba a permitir que me trataran como a una cualquiera.
Enderecé la postura con orgullo, eché los hombros hacia atrás y levanté la barbilla con una frialdad que rivalizaba con la suya.
—Disculpe, señora —repliqué con voz firme—, pero le sugiero que mida como me habla. Vengo de vivir sola, donde la comodidad es lo primordial, no de un convento. Si mi ropa le ofende, le recomiendo que mire hacia otro lado.
El silencio que siguió a mis palabras fue absoluto. La mujer abrió los ojos de par en par, completamente escandalizada de que una recién llegada le respondiera de esa manera en su propia casa.
El joven que estaba a su lado, en cambio, soltó una carcajada, apoyándose hacia adelante en la mesa con una expresión divertida.
—Vaya, vaya... parece que mi hermano ha metido a una loba de verdad en el gallinero —dijo el muchacho con sorna, disfrutando del espectáculo—. Aunque conociendo el historial de Alessandro y su fama de casanova, dudo mucho que este matrimonio logre frenarle las mañas... a menos que tú decidas ponerle correa a la fuerza, cuñada.
¿Su hermano? ¿Alessandro? Así que ellos eran la famosa familia.
—Cierra la boca, Matteo —cortó una voz fuerte desde la entrada del pasillo.
Alessandro apareció de la nada. Su presencia llenó la estancia al instante. Llevaba la camisa oscura impecable, aunque con los primeros botones desabrochados, y una expresión en el rostro que dejaba claro que no estaba de buen humor.
La mujer —su madre— giró el rostro hacia su hijo mayor, buscando apoyo en su indignación.
—Alessandro, mira a tu mujercita. Baja a la planta baja vestida como una cualquiera y encima le falta el respeto a tu madre de la peor manera. ¡Es una insolente sin la más mínima educación!
Alessandro no apartó los ojos de mí. Me recorrió de pies a cabeza con una mirada intensa, deteniéndose un segundo más de la cuenta en mis piernas desnudas antes de volver la mirada hacia su madre con una frialdad que hizo que el ambiente cambiara.
—Nadie le falta el respeto a Valentina, madre —sentenció Alessandro, con un tono de voz bajo que obligó a todos a guardar silencio—. Y en lugar de estar criticando tanto, si tanto te importa el decoro, lo que tienes que hacer es enseñarle tú misma cómo funcionan las cosas por aquí a tu futura nuera, en lugar de perder el tiempo juzgando. A partir de este momento, sugiero que midan cada palabra que utilicen para hablarle a mi prometida.
El peso de la advertencia cayó sobre la mesa. Isabella abrió la boca para replicar, pero al levantar la vista y cruzarse con la mirada de su hijo, se quedó callada. A su lado, Matteo también cerró la boca y desvió la vista hacia su taza de café. En ese momento lo entendí con claridad: allí el dueño de todo, el que mandaba sin discusión y ante quien todos guardaban silencio, era él. Ninguno se atrevía a desafiarlo.
Isabella apretó los labios, furiosa al comprobar que su hijo mayor estaba defendiendo a una intrusa por encima de la autoridad de su propia familia.
—Váyanse —ordenó Alessandro sin apartar sus oscuros ojos de mí—. Esta mañana Valentina y yo desayunaremos solos.
Con la dignidad herida y molesta, Isabella se puso de pie con rigidez, le hizo un gesto a Matteo y ambos se retiraron, dejando el comedor en silencio.
Me quedé de pie, con las manos ligeramente cerradas en puños a los costados de mi cuerpo. La adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a una mezcla extraña de orgullo por no haberme achicado ante la matriarca y la desconcertante certeza de que Alessandro me había defendido de una manera demasiado real.
Alessandro dio un paso al frente, acortando la distancia entre nosotros con calma.
—Te advertí que los verías hoy —murmuró él con voz ronca, deteniéndose a escasos centímetros de mí, invadiendo mi espacio—, pero pensé que me esperarías para bajar, ya provocaste el primer terremoto familiar. Mi madre tiene razón en algo, esa ropa no es adecuada y no quiero que te andes mostrando por ahí.
Retrocedí un paso, negándome a ceder ante su cercanía, y lo fulminé con la mirada.
—No sabía quiénes eran, y no me digas cómo vestirme, Alessandro. Guárdate tus rescates heroicos, porque podía manejar a tu madre perfectamente sola sin necesidad de tus discursos de patrón.
—Eso ya lo comprobé de sobra —respondió él con una media sonrisa peligrosa, cruzándose de brazos y evaluándome con interés—. Tienes una lengua demasiado afilada, Valentina.
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Horas más tarde, cuando el movimiento de la mansión se calmó y la tarde comenzó a caer, me encontraba dentro de la habitación, sabía que Alessandro había tenido que salir y Marcia me había llevado los alimentos, no estaba de ánimos para tener que toparme nuevamente con mi suegra. Había intentado mantenerme ocupada organizando mis cosas y mis instrumentos de trabajo sobre el escritorio, buscando refugio en el orden para alejar los malos pensamientos.
La puerta de la habitación se abrió de repente, Alessandro entró quitándose la chaqueta y la dejó sobre el respaldo del sillón. Caminó hacia el interior, quitándose los puños de la camisa y desabrochando los botones superiores.
Al verme allí, de pie junto al escritorio, sus ojos recorrieron de nuevo mi figura de arriba abajo. Por pura casualidad me había cambiado a otra prenda ligera para estar cómoda: un vestido corto de algodón suave y tirantes finos que se ajustaba a mi cuerpo.
Alessandro detuvo su andar de golpe, apoyando una mano en el borde de madera del escritorio, inclinándose ligeramente hacia mí con una expresión burlona que me puso los nervios de punta.
—¿Es que no tienes otro tipo de ropa? —me preguntó con una ceja alzada, recorriendo mi piel expuesta con una mirada intensa—. Algo... no sé, que tape más.
Bajé la vista, me miré a mí misma con fastidio y me crucé de brazos a la defensiva.
—No. Nunca me he preocupado por eso porque llevo años viviendo sola y me pongo lo que me da la gana.
Alessandro esbozó una sonrisa lenta y dio un paso más hacia mí, acortando el espacio entre los dos.
—Pues eso es algo que hay que arreglar. No es buena idea que, si vamos a dormir juntos bajo el mismo techo, lo hagas vestida de esa manera.
Fruncí el ceño, sintiendo que la sangre me subía de nuevo a las mejillas por la indignación.
—¿Pero y esta qué tiene? Yo la veo normal y es muy cómoda.
Alessandro soltó una carcajada baja y ronca. Se detuvo a escasos centímetros de mí, clavando sus ojos en los míos antes de bajar la mirada por un segundo.
—Soy hombre, Valentina... ¿Sabes lo que eso significa, no? —murmuró con tanta lentitud que me paralizó.
Sin apartar los ojos de los míos, hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza hacia la zona baja de su cuerpo, señalando su entrepierna. El bulto evidente en su pantalón demostraba que no estaba jugando ni exagerando.
A mí se me quisieron salir los ojos de las órbitas y me puse al instante como un tomate, sintiendo un calor que me recorrió de los pies a la cabeza.
—Pero serás imbécil... —le espeté, dando un tropezón hacia atrás mientras el corazón me latía a mil por hora—. Eres un completo irrespetuoso.
Alessandro soltó una risa triunfante, disfrutando del momento mientras se alejaba con total tranquilidad.
