Capítulo 7 Fantasmas

La risa triunfante de Alessandro todavía resonaba en las paredes de la suite cuando la puerta se cerró a sus espaldas, dejándome sola con las mejillas ardiendo y el corazón latiendo a un ritmo completamente indecente.

—Imbécil... arrogante... de lo peor —murmuraba por lo bajo, caminando de un lado a otro de la habitación con los puños cerrados, intentando sacudirme de encima la imagen de su descaro y la vergüenza absurda que me había provocado. El eco de sus palabras, recordándome la reacción física que había provocado en él, hacía que la sangre me hirbiera.

Pero el enojo inicial no tardó en convertirse en una presión fría y dolorosa en el pecho. La realidad había caído sobre mí con todo su peso. No solo estaba atrapada bajo el mismo techo que un hombre al que apenas conocía y que parecía disfrutar volviéndome loca, sino que esa misma noche tenía que enfrentarme a su mundo. Un grupo de personas de su círculo íntimo, tiburones de la mafia y la alta sociedad, a los que tendría que sonreírles y fingir ser la prometida perfecta de un monstruo elegante.

El pánico, sutil al principio, comenzó a subirme por la garganta hasta convertirse en una urgencia desesperada. Necesitaba un ancla, y esa ancla era escuchar la voz de mi mejor amiga antes de que este infierno dorado terminara de devorarme por completo.

Busqué el teléfono entre mis cosas, entré apresurada al enorme y lujoso baño y eché el cerrojo con un movimiento tembloroso. Apenas di al botón de llamada, la línea se abrió.

—¡Valentina, dónde demonios estás! Fui a tu casa y al taller y no apareciste, ¡estoy muy preocupada! —la voz de Sofía sonó alterada, su preocupación era evidente, me conocía a la perfección como para saber que yo no era de las que se desaparecían sin una causa justificable.

—Sofía, cálmate y escúchame por favor, que no tengo mucho tiempo—le corté de inmediato, hablando en un susurro tenso mientras apretaba el teléfono contra mi oreja—. No vuelvas a acercarte por ahora ni al taller ni a mi casa ¿Entiendes?

—¿De qué hablas? Dime dónde estás que voy a verte ya mismo... —exigió Sofía, con el tono cortante y desesperado que solo adoptaba cuando temía lo peor.

—Estoy en la mansión de los Moretti... Me voy a casar con Alessandro, Sofía —solté de golpe, dejando caer la verdad con un hilo de voz que apenas lograba sostenerse—. En estos días será la boda y hoy mismo será mi presentación oficial ante toda su familia.

Al otro lado del teléfono se hizo silencio, por un segundo creí que se había cortado la llamada, hasta que la respiración de Sofía se volvió fuerte y alterada.

—¿Pero qué clase de locura es esa, Valentina? —la voz de mi amiga se disparó, rozando la histeria—. ¿Desde cuándo es esa relación si hasta ayer ni sabías quiénes eran esa familia? ¡Te advertí que te alejaras de ellos y vas y te metes tú solita en la boca del lobo! ¿Tienes idea de la clase de monstruos que manejan ese imperio?

—¡No tuve opción, amiga! —le devolví con un nudo en la garganta, sintiendo que los ojos se me llenaban de lágrimas de impotencia—. Hay personas que quieren verme muerta buscando algo que mi madre dejó escondido y de lo que supuestamente yo tengo la llave. Hay cosas que no te puedo contar por aquí... Cuando nos veamos te explicaré todo, pero por ahora aléjate y mantente a salvo, por favor.

—¡Vale, espera, no cuelgues, dime si te están haciendo daño... —comenzó a decir Sofía, pero corté la llamada de inmediato, sin darle oportunidad de seguir discutiendo. No podía arrastrarla más a este abismo en el que estaba metida ya hasta el cuello.

Dejé escapar un suspiro tembloroso, sintiendo que el pecho se me quemaba por dentro. Salí del baño con el rostro lavado y la determinación a medias, dispuesta a seguir organizando mis cosas para no colapsar por completo en medio de tanta presión.

En el buró el espacio era reducido y las herramientas no cabían todas, así que decidí abrir la gaveta del mueble para acomodarlas allí dentro y despejar la zona.

Tiré de la madera y el cajón se deslizó con suavidad. Al fondo, medio oculto bajo una carpeta de documentos, pude observar la punta de un objeto.

Fruncí el ceño intrigada, y metí los dedos para apartar los papeles y sacarlo. Era un portarretratos de plata, muy bonito por cierto.

El cristal protector estaba completamente partido, con una red de grietas en forma de tela de araña que atravesaba justo el centro de la imagen. A través de los trozos rotos, la fotografía mostraba una escena capturada en un atardecer junto al mar. En ella aparecía Alessandro, mucho más joven, con una sonrisa genuina —una expresión suave, cálida y abierta que hasta el momento no le había visto en persona—, abrazando por la cintura a una hermosa joven de cabellos oscuros y ojos luminosos. Ella lo miraba con lo que parecía devoción y amor.

Me quedé inmóvil sosteniendo el marco entre las manos, sintiendo que el aire se congelaba a mi alrededor. Recordé que Alessandro me había mencionado de pasada a una prometida que había desaparecido, sería ella el fantasma que lo había convertido en el hombre de hielo que era hoy.

Sería esta la mujer que Alessandro había amado. ¿Por qué estaba rota la foto? ¿Por qué la guardaba escondida en el buró de la habitación que ahora compartía conmigo, en lugar de destruirla por completo si se suponía que ya no formaba parte de su vida? ¿Era un recordatorio de lo que había perdido o una herida que se negaba a cerrar?

—¿Qué crees que estás haciendo con eso en las manos?

La voz profunda y evidentemente molesta de Alessandro rompió el silencio de la habitación, haciéndome dar un salto del susto. El marco casi se me resbala de los dedos.

Giré el rostro de golpe hacia la entrada. Estaba de pie junto a la puerta abierta, sosteniendo varias bolsas en una mano. Su expresión había cambiado por completo: la calma calculadora y la ligera diversión con la que se había marchado hacía un rato habían desaparecido por completo, reemplazadas por la furia, oscura y absoluta que hizo que la temperatura en la habitación pareciera bajar de golpe. Sus ojos oscuros se clavaron en el portarretratos roto con una intensidad que daba miedo.

—Yo... solo buscaba espacio en el cajón para mis herramientas y... —empecé a balbucear, sintiendo el peso de su mirada encima, aunque me negué a acobardarme por completo.

Alessandro dio un paso al frente con una lentitud amenazante, cerrando la distancia entre ambos mientras la mandíbula se le tensaba hasta marcarse con dureza.

—Nadie... —masculló Alessandro, con un tono de voz tan bajo que sonó como una amenaza de muerte en mis oídos—... toca eso. Déjalo exactamente donde estaba ahora mismo, Valentina. No te lo volveré a repetir.

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