Capítulo 8 Máscaras
La sangre me hirvió de inmediato ante su advertencia. El tono de mando, la actitud de dueño y su manía de dar órdenes como si yo fuera una prisionera hicieron que olvidara por un segundo con quién estaba tratando. Dejé caer el marco sobre el cajón de forma brusca, me enderecé y lo miré con desafío.
—Ay, perdón, señor, por tocar lo que no debo —le solté con ironía, cruzándome de brazos—. Deberías poner un letrero que dé aviso, porque qué crees: no soy adivina.
Alessandro entrecerró los ojos, deteniéndose a solo unos centímetros de mí.
—Intrusa —murmuró entre dientes, con desprecio.
—Ridículo —le devolví al instante, sin parpadear.
Sus fosas nasales se dilataron.
—¿Qué has dicho?
—Lo que oíste.
—Ah, ¿porque soy un ridículo?
—Entonces no estás sordo —le repliqué con una sonrisa cínica que sabía que lo estaba sacando de quicio.
En un arranque de rabia, Alessandro estiró el brazo y agarró uno de los pequeños pinceles de mi caja de herramientas, uno de pelo de marta muy costoso y delicado que utilizaba para los detalles más finos de restauración.
—¡Oye, suelta eso! —le advertí, sintiendo que el corazón se me aceleraba de mala manera—. Eso es sumamente delicado, se va a arruinar.
Una sonrisa torcida cruzó sus labios.
—Para que veas lo que se siente —dijo con burla, fingiendo examinarlo con descuido.
—¡Vuelve a dejarlo en su sitio, imbécil! —le exclamé, lanzándome hacia él para arrebatárselo de las manos.
Comenzamos un forcejeo absurdo y feroz en medio de la habitación. Yo estiraba los brazos intentando recuperar mi herramienta mientras él la alzaba para esquivarme. Como éramos prácticamente de la misma altura, no le bastaba con levantar el brazo por encima de mí; tenía que pegarme por completo a su cuerpo, con mi pecho y mi abdomen rozando el suyo de forma inevitable mientras intentaba arrebatárselo de las manos. En un mal cálculo, al dar un paso lateral para desequilibrarlo, mi tacón resbaló con la alfombra y perdí el equilibrio por completo.
Intenté aferrarme a lo primero que encontré, que fue la solapa de su camisa, pero lo único que conseguí fue arrastrarlo conmigo.
El golpe contra la cama fue al instante. Caímos sobre el colchón en un segundo caótico y, cuando el movimiento terminó, la realidad me golpeó: Alessandro estaba completamente encima de mí, atrapándome entre su cuerpo y las sábanas.
El aire pareció desaparecer de la habitación para mí.
Alessandro abrió los ojos de par en par, mirándome fijamente desde esa distancia, con el pecho agitado por el esfuerzo del forcejeo. De pronto, una chispa de cinismo volvió a aparecer en su mirada y esbozó una sonrisa lenta y descarada.
—Si lo que querías era terminar en mi cama, Valentina... —susurró con una voz ronca que me recorrió la columna vertebral—, solo tenías que pedírmelo. No hacía falta montar todo este circo.
Sentí que el calor me subía por el cuello, encendiéndome la cara de rabia y vergüenza. Forcejeé débilmente bajo su peso, intentando apartarlo.
—¡Ni muerta me acostaría yo con un engreído como tú! —siseé, apretando los dientes.
Sus ojos oscuros brillaron con una diversión peligrosa.
—Entonces, ¿por qué estás temblando? —preguntó bajito, inclinándose un poco más hacia mí, reduciendo el espacio hasta casi rozar mis labios.
—¿Quién te dijo que lo hago? No te inventes cosas en esa cabeza...
Antes de que pudiera terminar la frase, su mano se deslizó con rapidez por la parte exterior de mi muslo, levantando un poco el borde de la tela de mi vestido con una posesividad que me descolocó por completo.
—¿Y ahora? —murmuró contra mi oído, con la voz convertida en un susurro áspero—. ¿Puedes decir lo mismo?
Un escalofrío involuntario recorrió todo mi cuerpo. Mi piel se erizó de inmediato, traicionándome de la forma más humillante posible. A pesar de la furia y del orgullo, mi cuerpo reaccionó a su toque con una intensidad que me molestó; y por la forma en que su respiración se volvió más pesada y su mandíbula se tensó, supe que él también estaba sintiendo exactamente esa misma tensión.
El miedo a perder el control me hizo reaccionar.
—Suéltame... —le advertí con un hilo de voz, clavándole las uñas en los hombros—. Suéltame antes de que te rompa las pelotas de una patada.
Al notar que la situación se le estaba yendo de las manos y que mi alteración era real, Alessandro parpadeó, como si saliera de un trance. Su expresión se endureció de golpe. Se apartó de mí con un movimiento ágil y se puso de pie de un salto, alisándose la camisa con rigidez.
Sin decir una sola palabra más, dio media vuelta y caminó hacia el baño. Antes de cerrar la puerta, su voz resonó firme:
—Vístete rápido y arréglate con la ropa que está en esas bolsas. No me gusta llegar tarde.
La puerta del baño se cerró con un estruendo. Me quedé tendida en la cama unos segundos, respirando hondo, tocándome la piel donde sus dedos me habían quemado.
—Estúpido... bipolar... imbécil —mascullaba mientras me levantaba furiosa para abrir las bolsas de alta costura que había dejado sobre el sillón.
Dentro había un vestido de noche impresionante: de corte impecable, seda negra ajustada que estilizaba mi silueta con elegancia y una abertura lateral sutil. No tuve más remedio que ponérmelo. Me maquillé con rapidez, resaltando mis labios y dejando sueltas mis ondas en un peinado natural.
Cuando salí de la suite y bajé las escaleras, Alessandro ya estaba esperando en el vestíbulo. Llevaba un traje oscuro a medida. Estaba de espaldas revisando algo en su teléfono, con evidente impaciencia, pero al escuchar el roce de mis tacones, levantó la mirada.
Se quedó callado, observándome de pies a cabeza con una mirada fija que me descontroló por un instante. Por primera vez vi que se quedaba sin palabras, sorprendido por cómo me quedaba el vestido supongo.
—Ya... ya vamos tarde —logró decir con voz un poco más ronca de lo habitual, carraspeando levemente antes de ofrecer el brazo con formalidad.
No dije nada. Tomé su antebrazo y salimos de la mansión hacia el coche que esperaba en la entrada.
El trayecto transcurrió en silencio. Al llegar al recinto donde se celebraba la cena —un palacete antiguo rodeado de seguridad—, las puertas se abrieron para dejar paso al círculo exclusivo de la alta sociedad y la mafia.
Gabriel, fue el primero en recibirnos en la escalinata exterior.
—Todo está listo, señor —informó Gabriel con voz firme, echándonos un vistazo rápido a ambos—. Los círculos de poder ya están dentro. Esta entrada va a dejar a todos impresionados.
Alessandro asintió con seriedad y me miró de soslayo.
—¿Lista? —me preguntó en un susurro bajo.
Inhalé hondo, levanté la barbilla y asentí.
—Lista.
Al cruzar las puertas dobles del salón principal, el murmullo de los invitados pareció apagarse. Las miradas de hombres trajeados y mujeres cargadas de joyas se posaron inmediatamente en nosotros.
Caminábamos al unísono, proyectando una presencia imponente, hasta que el maestro de ceremonias, situado en una tarima elevada con un micrófono en la mano, alzó la voz para acallar a la sala.
—Damas y caballeros, es un honor presentar en sociedad al heredero de los círculos del norte, Alessandro Moretti, hijo del conde de Milán y de la ilustre dinastía... —comenzó a anunciar el presentador con un tono pomposo.
No pude evitarlo. El absurdo de escuchar semejante teatro aristocrático me sacó una sonrisa incrédula.
Alessandro giró la cabeza hacia mí con los ojos echando chispas, apretando los dientes.
—¿Qué te causa tanta gracia? —siseó entre labios, sonriendo falsamente para los invitados—. Compórtate.
—Es que parecemos sacados de una obra teatral —susurré de vuelta.
Pero el presentador continuó, soltando las palabras que destruyeron por completo mi compostura:
—...y a la distinguida joven prometida, la señora...
—¿Señora? —mascullé entre dientes, sintiendo una rabia súbita—. ¿Pero será imbécil este idiota?
A mi lado, Alessandro me miró de inmediato, completamente descolocado por mi enojo ante ese título. Frunció el ceño, mirándome con incredulidad, como si no entendiera por qué eso me alteraba tanto.
—¿Señorita? —murmuró él, desconcertado por mi reacción, sin creérselo del todo.
Pero antes de que pudiera responderle, el presentador terminó la frase con algo que me heló la sangre:
—...hija legítima de la gran Duquesa de...
Mis pasos se detuvieron de inmediato. Me quedé inmóvil a mitad de la sala, con los ojos abiertos como platos, mirando al frente sin poder mover un solo músculo.
Alessandro notó mi reacción. Al ver mi rostro descompuesto, se giró hacia mí, notando que esta vez mi sorpresa era real y profunda.
—Después hablamos de esto. Camina —me ordenó en un susurro tenso, apretándome con más firmeza del brazo para obligarme a avanzar—, que nos están mirando todos.
