Capítulo 1 Capitulo 1
El frío de la guillotina
El metal siempre es frío, pero nunca tanto como cuando se posa directamente sobre la nuca.
Me encontraba de rodillas en el centro de la plaza principal del Imperio de Solaria. Mis manos, aquellas que alguna vez empuñaron la espada sagrada para ganar tres guerras en nombre de la corona, estaban encadenadas a mi espalda con grilletes de hierro anti-magia. Las astillas de la vieja plataforma de madera se enterraban en mis rodillas desnudas, pero ese dolor no era nada comparado con la humillación que ardía en mi pecho. El viento de la mañana arrastraba el olor a sangre vieja y el murmullo hostil de una multitud que, apenas un mes atrás, me vitoreaba como a una heroína.
—Aria Vance —la voz del gran sacerdote resonó por encima de los murmullos, fría y desprovista de toda la falsa amabilidad que solía mostrarme cuando necesitaba mis donaciones—. Por los crímenes de alta traición, conspiración contra el linaje real y el uso de magia prohibida, este tribunal te condena a la muerte por decapitación. ¿Tienes algo que decir antes de que se ejecute la sentencia?
No respondí. No valía la pena. Alcé la cabeza, desafiando el peso del verdugo que me empujaba hacia abajo, y busqué con la mirada el balcón real.
Allí estaba él.
El Príncipe Heredero Noah de Solaria. Vestía su impecable uniforme blanco con bordados de oro, el mismo que yo misma había limpiado de sangre tras la batalla de la Frontera Norte. Sus ojos azules, que alguna vez me miraron con una ternura que creí real, ahora me observaban con una indiferencia absoluta. A su lado, con una mano entrelazada de forma posesiva con la de él, se encontraba Elena. Mi media hermana. Llevaba un vestido de seda blanca y la diadema de la futura emperatriz sobre sus perfectos rizos rubios. Ella me sonrió, una sonrisa diminuta y cruel que solo yo podía ver.
Acepté todo el odio del reino para que él pudiera ascender al trono. Me convertí en su monstruo, en su espada en las sombras, en la amante silenciosa que aceptaba esconderse en habitaciones oscuras porque él decía que "el imperio aún no estaba listo para aceptar a una guerrera de origen humilde como emperatriz".
Todo había sido una maldita mentira. Una elaborada trampa para usar mi fuerza, estabilizar su reino y luego deshacerse de mí, entregándome al pueblo como el chivo expiatorio de todos los pecados de la corona.
Noah dio un paso al frente y alzó la mano. La multitud guardó silencio de inmediato.
—Que la justicia de Solaria se cumpla —declaró su voz, firme y melodiosa. La misma voz que me había susurrado promesas de amor eterno al oído.
El verdugo liberó la cuerda. El crujido de la pesada hoja de hierro deslizándose por la estructura de madera fue el sonido más fuerte que jamás escuché. Cerré los ojos, no por miedo, sino para memorizar la frialdad de su traición. Mientras el dolor agudo y abrasador me cortaba el cuello, una oleada de calor insoportable estalló desde lo más profundo de mi alma. No era el fuego de la muerte, era algo antiguo, furioso y dorado. Un rugido silencioso que exigía retribución.
Si hay otra vida... pensé, mientras mi visión se oscurecía por completo, los quemaré a todos hasta hacerlos cenizas.
Un Golpe. Un dolor sordo en el pecho. Un jadeo violento.
Abrí los ojos de golpe, sentándome en la cama con el corazón golpeándome contra las costillas como un animal enjaulado. Llevé mis manos frenéticamente a mi cuello. Estaba húmedo, pero no de sangre, sino de un sudor frío que empapaba mi piel. Respiré agitada, tragando bocanadas de aire que se sentían reales, demasiado reales para el cuerpo incorpóreo de un fantasma.
—¿Aria? ¿Se encuentra bien, señorita?
La voz era suave, asustada. Miré hacia un lado. Al pie de la cama, sosteniendo una bandeja con una jarra de agua y una toalla, estaba Lily. Tenía el rostro joven, libre de las cicatrices de la guerra que recordaba que la habían matado tres años antes de mi propia ejecución.
Me quedé helada. Miré a mi alrededor. Esta no era la celda de la prisión imperial. Era mi antigua habitación en la mansión de la familia Vance. Las paredes empapeladas de un tono verde pálido, las cortinas de encaje desgastadas y la modesta cama de madera. Era el lugar donde vivía antes de que Noah me llevara al palacio.
—Lily... —mi voz sonó ronca, temblorosa—. ¿Qué día es hoy? ¿Qué año?
La sirvienta parpadeó, visiblemente desconcertada por mi estado alterado. Dejó la bandeja sobre la mesa de noche y se acercó con cuidado.
—Es... es el catorce de mayo del año setecientos veinticuatro del calendario imperial, señorita. ¿Tuvo otra pesadilla con la fiebre?
Catorce de mayo del setecientos veinticuatro.
Mi mente trabajó a una velocidad vertiginosa. Hace cinco años. Este era exactamente el día en que el Príncipe Noah me enviaría aquella fatídica carta. El día en que me invitaría a reunirnos en secreto por primera vez para pedirme que usara mis "habilidades especiales" para protegerlo de un supuesto atentado. Ese fue el anzuelo que mordí con ingenuidad, el inicio de mi caída.
Había regresado. La vida me había dado una segunda oportunidad. No, no era la vida.
Justo en ese instante, un calor abrasador comenzó a latir justo debajo de mi clavícula. Me desabroché el cuello de la camisa de dormir ante la mirada de asombro de Lily y me miré en el gran espejo de cuerpo entero que estaba frente a mí. En mi pecho, justo sobre el corazón, unas líneas doradas y brillantes se dibujaban bajo mi piel. Formaban el emblema de un fénix con las alas extendidas entrelazado con una espada. El brillo era intenso, místico, y desprendía una calidez que calmaba mi corazón acelerado.
El emblema de la Diosa de la Guerra Olvidada.
En mi vida pasada, esta marca solo había aparecido minutos antes de mi ejecución, cuando ya era demasiado tarde. Siempre pensé que mi inmensa fuerza física y mi extraña afinidad con el fuego eran solo una mutación mágica inusual. Ahora lo entendía todo. Yo era el receptáculo de una deidad antigua, un poder que la Iglesia de Solaria había intentado borrar de la historia. Y en esta vida, el poder ya estaba despierto.
—Señorita Aria... ¿qué es eso en su pecho? —susurró Lily, con los ojos abiertos de par en par, asustada por el brillo dorado.
—Nada de lo que debas preocuparte, Lily —dije, y mi voz ya no temblaba. La debilidad de la Aria del pasado se había evaporado. Una fría y calculadora calma se apoderó de mí—. De hecho, es una bendición. A partir de hoy, las cosas van a cambiar en esta casa.
Me levanté de la cama. Mis piernas se sentían ligeras, llenas de una energía vital que no había experimentado en años. Caminé hacia la ventana y aparté las cortinas. Afuera, el sol de la mañana iluminaba los jardines de la mansión Vance. A lo lejos, podía ver el carruaje de mi padre, el Conde Vance, preparándose para llevar a Elena a sus lecciones de etiqueta en el palacio. Elena, la hija perfecta y legítima. Yo, la bastarda que obligaban a entrenar en el patio trasero para no avergonzar el apellido.
—Señorita —interrumpió Lily, rompiendo mi línea de pensamiento—. Hace unos minutos llegó un mensajero de la corte. Dejó esto para usted. Dijo que era de suma importancia y que nadie más debía verlo.
Lily me extendió un sobre de papel grueso, sellado con cera azul y el escudo del lobo de la familia real.
El sello de Noah.
Tomé la carta entre mis dedos. En mi vida anterior, cuando recibí este sobre, mis manos temblaban de la emoción. Me sentí honrada de que el mismísimo Príncipe Heredero se fijara en una paria como yo. Corrí a mi armario, busqué mi mejor vestido y pasé horas arreglándome para la cita, lista para entregarle mi lealtad y mi corazón.
Esta vez, rompí el sello con total indiferencia. Saqué el pergamino y leí las líneas escritas con esa caligrafía elegante y ensayada que conocía de memoria:
"Aria, he oído hablar de tus excepcionales talentos y necesito tu ayuda en un asunto que concierne a la seguridad del imperio. Reúnete conmigo esta noche, a la medianoche, en el pabellón de cristal de los jardines reales. Ve sola. No confíes en nadie."
Una risa amarga y seca escapó de mis labios. No confíes en nadie. Qué gran consejo, Noah. Lástima que tú fueras el primero del que debí cuidarme.
—¿Señorita? ¿Ocurre algo malo con la carta? —preguntó Lily, notando la extraña expresión de mi rostro.
—Al contrario, Lily. Todo está saliendo a la perfección —respondí, doblando el pergamino con cuidado y guardándolo en mi bolsillo—. Trae mi ropa. Pero no el vestido rosa que suelo usar. Trae el traje de montar de cuero negro. El de entrenamiento.
—¿El de entrenamiento? Pero señorita, si va a salir...
—Haz lo que te digo, por favor.
Lily asintió y corrió hacia el armario. Me quedé sola frente al espejo, mirando fijamente la marca dorada en mi pecho, que poco a poco se desvanecía bajo la piel, volviendo a quedar oculta pero latente, lista para ser invocada.
Noah pensaba que esta noche iniciaría su juego de manipulación. Pensaba que encontraría a una chica asustada y maleable a la que podría endulzar el oído con falsas promesas de justicia y gloria. No tenía idea de que la mujer que asistiría a esa cita ya había estado en la guillotina por su culpa.
"Disfruta de tu tranquilidad mientras puedas, mi querido príncipe", pensé, mientras una sonrisa fría se dibujaba en mi rostro. "Porque esta noche, la Diosa de la Guerra va a cambiar las reglas del juego. Y tu corona va a empezar a sangrar."
