Capítulo 3 Capitulo 3

El desayuno de las hienas

Regresé a mi habitación en la mansión Vance justo cuando los primeros rayos del sol teñían el cielo de un tono violáceo. Me desvestí en silencio, guardando el traje de cuero negro en el fondo del doble fondo de mi armario. Al ponerme el camisón de dormir, mis dedos rozaron la piel lisa de mi hombro izquierdo.

Sonreí con frialdad. En mi vida pasada, a esta misma hora, yo estaba tirada en el suelo del desfiladero de las Sombras, desangrándome.

Recordé el dolor abrasador de la daga envenenada que un asesino me había clavado en ese hombro. Recordé cómo me arrastré por el barro, ignorando el dolor, solo para comprobar que el carruaje del príncipe Noah estuviera a salvo. Cuando él llegó minutos después, flanqueado por su guardia real —completamente limpio y a salvo—, fingió horror. Se arrodilló a mi lado, me sostuvo en sus brazos y me susurró: "Eres mi salvadora, Aria. Nunca olvidaré lo que hiciste por mí". Qué estúpida fui. Aquella cicatriz, que cargué durante cinco años como una medalla de honor, no había sido más que la marca de mi propia ingenuidad. Noah había planeado mi dolor para encadenar mi lealtad.

Esta vez, mi hombro estaba intacto. Y Noah debía estar sufriendo un ataque de pánico en su palacio mientras esperaba las noticias del fuerte de la Roca Gris.

—Señorita Aria, es hora de despertar —la voz de Lily me sacó de mis pensamientos. Entró a la habitación con una palangana de agua tibia—. El Conde ha solicitado su presencia en el comedor principal para el desayuno. Dijo que... que toda la familia debe estar unida hoy.

—Entendido, Lily. Ayúdame a vestirme.

Media hora después, bajaba las amplias escaleras de mármol hacia el comedor. Cada paso que daba me traía un eco del pasado. La mansión Vance era un palacio de opulencia para mi media hermana Elena, pero para mí siempre había sido una jaula psicológica.

Al cruzar la puerta del comedor, la escena era exactamente como la recordaba. Mi padre, el Conde Vance, leía los reportes comerciales en la cabecera de la mesa. A su derecha, su esposa, la condesa, tomaba té con elegancia. Y al lado de ella estaba Elena, vistiendo un fastuoso vestido de seda azul que hacía juego con sus ojos. Parecía un ángel perfecto, la encarnación de la nobleza pura.

Cuando entré, el silencio cayó sobre la mesa. Ninguno de los tres se molestó en saludarme. Para ellos, yo era la mancha en el apellido familiar, la hija bastarda nacida de una romance del Conde con una mujer común de la frontera.

—Llegas tarde, Aria —dijo mi padre sin siquiera levantar la vista de sus papeles—. Tu falta de etiqueta es una vergüenza constante. Deberías aprender de tu hermana Elena, que lleva despierta desde el amanecer practicando su caligrafía para la corte.

En mi primera vida, esas palabras me habrían hecho agachar la cabeza. Habría pedido disculpas de inmediato, con la voz temblorosa, ansiosa por conseguir aunque fuera una migaja de la aprobación de mi padre. Habría soportado el nudo en la garganta mientras me sentaba en la esquina más alejada de la mesa.

Pero hoy no.

Caminé con paso firme, saqué la pesada silla de madera tallada frente a Elena y me senté con elegancia, mirándolos directamente.

—Buenos días, padre. Buenos días, condesa —dije, manteniendo una sonrisa educada pero completamente vacía.

Elena dejó su taza de té sobre la porcelana con un tintineo nítido. Me miró con esa fingida lástima que solía usar para humillarme frente a los sirvientes.

—Aria, querida... ¿otra vez estuviste entrenando con la espada ayer por la tarde? —preguntó Elena, arrugando su perfecta nariz—. Hueles a sudor y a tierra. Es realmente impropio de una dama. No entiendo por qué insistes en comportarte como un soldado de alcantarilla. Madre dice que los hombres de la alta sociedad huyen de las mujeres que tienen las manos llenas de callos.

Mis ojos se entrecerraron ligeramente. Soldado de alcantarilla.

La última vez que escuché a Elena hablarme con ese tono fue en el banquete de la victoria imperial, tres años en el futuro. Yo acababa de regresar de la campaña del norte, cubierta de cicatrices reales, habiendo liderado el ejército que salvó la frontera. Elena, vistiendo las joyas que Noah le había comprado con el tesoro del reino, se acercó a mí en medio del salón de baile. Frente a todos los duques y marqueses, derramó intencionalmente una copa de vino tinto sobre mi uniforme militar y dijo: "Oh, lo siento, Aria. Pensé que eras uno de los guardias de la entrada. Como estás tan acostumbrada al barro, pensé que no te importaría".

Toda la corte se había reído de mí ese día. Noah, que estaba en el trono, ni siquiera pestañeó. Permitió que me humillaran para recordarme cuál era mi "verdadero lugar": abajo, en la oscuridad, sirviendo de alfombra para su hermosa prometida legítima.

Miré a Elena fijamente a los ojos. El brillo dorado de la Diosa de la Guerra latió sutilmente bajo mi piel, oculto por las mangas de mi vestido.

—Los hombres de la alta sociedad buscan mujeres que complementen sus títulos, Elena —respondí, usando un tono suave pero impregnado de un veneno helado—. Pero los hombres que realmente gobiernan este imperio buscan espadas que los protejan. Tal vez los callos en mis manos sean la razón por la cual la corona se ha interesado en mí últimamente. ¿No lo crees?

Elena se tensó. Sus ojos azules brillaron con una mezcla de sorpresa y rabia. No estaba acostumbrada a que la Aria sumisa respondiera.

—¿La corona? No digas ridiculeces, Aria —intervino la condesa, fulminándome con la mirada—. El Príncipe Noah jamás pondría sus ojos en alguien como tú. Él y nuestra Elena están destinados a unirse. No intentes llamar la atención con mentiras patéticas.

—Suficiente —interrumpió el Conde, golpeando la mesa con el puño—. Aria, no toleraré tus delirios de grandeza. Mañana se celebrará el banquete de primavera en el palacio real. Elena asistirá como la invitada de honor del Primer Ministro. Tú... tú te quedarás aquí. No quiero que avergüences a la familia con tus modales rústicos frente a la realeza.

En la vida pasada, obedecí. Me quedé encerrada en mi habitación, llorando, mientras escuchaba el carruaje de mi familia alejarse hacia la fiesta del palacio. Fue esa misma noche cuando Noah me envió a mi segunda misión secreta, usándome mientras mi hermana bailaba en el gran salón.

—Como desees, padre —dije, poniéndome de pie y dejando la servilleta intacta sobre la mesa—. De todos modos, tengo asuntos más importantes que atender que un baile de máscaras.

Me di la vuelta y salí del comedor antes de que mi padre pudiera gritarme por mi falta de respeto. Mientras caminaba por el pasillo, el calor en mi pecho se intensificó. La marca de la Diosa exigía acción. Ya no me importaban sus insultos; pronto, esta mansión entera se arrodillaría ante mí o ardería bajo mis pies.

Justo cuando entré a mi habitación, la puerta se abrió de golpe unos minutos después. Era Lily, pero esta vez su rostro estaba completamente pálido y sus manos temblaban visiblemente.

—¿Señorita Aria...? —susurró, cerrando la puerta detrás de ella con llave.

—¿Qué pasa, Lily?

—Hay... hay un hombre en el jardín trasero. En la arboleda de los sauces. Logró burlar a los guardias de la entrada sin hacer un solo ruido. Me interceptó cuando iba a la lavandería y me dio esto... dijo que si no se lo entregaba a usted de inmediato, mi familia entera desaparecería antes del anochecer.

Lily extendió la mano. En su palma no había una carta. Había un pequeño anillo de oro negro, grabado con la figura de un lobo de sombras devorando una luna.

Mi corazón dio un vuelco. Conocía ese escudo perfectamente. No era de Solaria. Era el emblema personal de las fuerzas de élite del Imperio del Norte.

El emblema del Archiduque Kaelen.

—¿Qué te dijo exactamente ese hombre, Lily? —pregunté, tomando el anillo. Al tocar el metal negro, una extraña corriente de energía fría recorrió mis dedos, chocando directamente con el calor dorado de mi pecho. Fuego contra sombras.

—Dijo... dijo que su señor exige saber quién arruinó el banquete de la Roca Gris esta madrugada —tragó saliva Lily, al borde de las lágrimas—. Dijo que "el dueño del fuego" tiene una hora para presentarse en la vieja abadía abandonada de los suburbios... o las sombras consumirán esta ciudad.

Una sonrisa lenta, letal y genuina se dibujó en mis labios.

Había funcionado. Mi advertencia a Noah había alertado a la guarnición de la Roca Gris. El ataque sorpresa de Kaelen había fracasado por primera vez en la historia. Y el temido Emperador Oscuro, furioso por la derrota, había rastreado la filtración mística directamente hasta la mansión de la familia Vance. Pensaba que venía a cazar a un traidor o a un espía de la corona. No tenía idea de que se encontraría con la Diosa de la Guerra.

Caminé hacia el armario y saqué nuevamente mi traje de combate negro.

—Prepara un baño para cuando regrese, Lily —dije, ajustando la daga de plata en mi bota—. Hoy voy a conocer a mi nuevo socio.

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