Capítulo 4 Capitulo 4
El pacto de las sombras
La vieja abadía abandonada de los suburbios olía a piedra húmeda, hiedra podrida y algo más... algo que hacía que se me erizaran los vellos de la nuca: el aroma inconfundible de la magia de sombras pura.
Crucé el umbral de madera carcomida con paso felino. Mis botas apenas hacían ruido sobre las losas de piedra agrietadas por el tiempo. La luz de la luna se filtraba a través del techo colapsado, proyectando un patrón geométrico de luces y sombras sobre el altar derruido. El viento soplaba con fuerza, haciendo crujir las vigas de madera, pero dentro de la nave principal el aire se sentía extrañamente denso, pesado, como si el espacio mismo estuviera comprimido.
—Viniste sola. Eso es valiente... o increíblemente estúpido.
La voz no provino de ningún rincón en específico. Resonó directamente en el aire, como si las propias paredes de piedra estuvieran susurrando. Era una voz profunda, aterciopelada, pero con un filo helado que prometía la muerte a cualquiera que se cruzara en su camino.
De repente, las sombras en las esquinas de la abadía comenzaron a retorcerse. Se estiraron como tentáculos oscuros, arrastrándose por el suelo hacia el centro del salón, bloqueando instantáneamente la única salida detrás de mí. La temperatura descendió de golpe. Mi aliento comenzó a formar una pequeña nube de vapor frente a mi rostro.
—No tengo tiempo para trucos de salón, Archiduque Kaelen —dije, manteniendo mi voz firme, cargada de una fría arrogancia que ocultaba el estado de alerta en el que se encontraban mis músculos—. Me enviaste un anillo y una amenaza. Aquí estoy. Muestra tu rostro.
El manto de oscuridad frente al altar comenzó a disolverse, revelando una silueta alta e imponente.
Kaelen, el temido Emperador Oscuro del Norte, dio un paso al frente. Visto de cerca, su presencia física era abrumadora. Vestía una armadura ligera de placas negras que absorbían la luz de la luna, y una capa oscura que parecía estar tejida con la misma noche. Su cabello era negro como el azabache, cayendo de forma rebelde sobre su frente, pero lo más impactante eran sus ojos. Dos orbes de un gris tormentoso, tan afilados que daban la impresión de poder diseccionar tu alma con una sola mirada. Tenía facciones perfectas, peligrosas, la viva imagen de un depredador Alfa.
En mi vida pasada, solo lo había visto desde lejos, liderando sus tropas en el campo de batalla mientras yo defendía las murallas de Solaria. Recordaba los rumores que susurraban los soldados en las tabernas: "El Archiduque Kaelen no es humano. Nació de un pacto con el abismo. Devora a sus enemigos en la oscuridad". Solía tenerle miedo. Solía considerarlo el monstruo definitivo.
Qué ironía. El verdadero monstruo vestía de blanco y se sentaba en el trono de Solaria. El hombre frente a mí era simplemente un enemigo honesto en su brutalidad.
—Una mocosa de la familia Vance —dijo Kaelen, deteniéndose a tres metros de mí. Sus ojos recorrieron mi traje de cuero negro, deteniéndose en la postura de combate de mis piernas—. Mis espías me dijeron que el Conde Vance tenía una hija bastarda a la que trataban como a una sirvienta. No me dijeron que era una mística capaz de interceptar las comunicaciones militares de mi imperio. ¿Quién eres realmente? ¿Y quién te dio la información sobre nuestro ataque al fuerte de la Roca Gris?
—Nadie me dio la información, Archiduque. La descubrí por mí misma —respondí, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
Kaelen soltó una risa seca, desprovista de humor.
—¿Por ti misma? Ese ataque fue planificado en mi círculo más íntimo. Solo mis generales de confianza sabían la hora exacta. Y sin embargo, anoche le advertiste al Príncipe Noah. La guarnición de Solaria estaba lista, esperándonos. Perdí a cincuenta hombres de mi vanguardia por tu culpa.
En un parpadeo, la velocidad de Kaelen desafió las leyes de la física. Se movió tan rápido que mis ojos apenas registraron un borrón negro. Antes de que pudiera sacar la daga de mi bota, él ya estaba frente a mí. Su mano enguantada de metal se cerró con fuerza alrededor de mi cuello, empujándome hacia atrás con una fuerza brutal hasta que mi espalda impactó fuertemente contra una de las columnas de piedra de la abadía.
El dolor recorrió mi columna, pero no permití que el pánico se apoderara de mí. Las sombras de Kaelen se enroscaron alrededor de mis muñecas, inmovilizándome contra la piedra como grilletes vivientes. Su rostro estaba a centímetros del mío. Podía sentir el frío de su armadura y la intensidad abrasadora de su mirada gris.
—Dime la verdad antes de que ordene a mis sombras que te arranquen la lengua —susurró Kaelen, y el metal de su guantelete presionó sutilmente mi garganta, cortándome ligeramente el flujo de aire—. ¿Para quién trabajas? ¿Eres la perra faldera de Noah?
¿La perra faldera de Noah?
Esa maldita frase disparó un detonante en mi mente. La humillación de mi vida pasada regresó como una ola de lava hirviente. Recordé el frío de la guillotina. Recordé la risa de mi hermana Elena. Recordé a Noah mirándome desde el balcón con desprecio absoluto mientras el verdugo soltaba la cuerda. Había muerto por el egoísmo de ese hombre, ¡y ahora este maldito norteño me acusaba de ser su sirvienta!
—No... vuelvas... a asociarme... con él —siseé entre dientes.
En ese instante, la furia acumulada en mi alma rompió las barreras de mi control. El calor dorado en mi pecho estalló. No fue un destello sutil; fue una explosión de fuego místico, puro y deslumbrante.
Las llamas doradas de la Diosa de la Guerra envolvieron mi cuerpo por completo. El fuego era tan intenso que las sombras que Kaelen usaba para aprisionar mis muñecas se evaporaron instantáneamente con un chillido sordo. El calor expansivo golpeó la armadura del Archiduque, obligándolo a sueltarme el cuello y a dar tres pasos hacia atrás para no quemarse vivo.
Me deslicé por la columna, cayendo de pie. Mis ojos, ahora completamente teñidos de un oro brillante y divino, se fijaron en él. Mis manos estaban rodeadas por dos espirales de fuego dorado que hacían crujir el aire de la abadía.
Kaelen se estabilizó, mirando sus guanteletes de hierro negro, que ahora goteaban vapor debido al calor residual. En lugar de mostrar miedo o rabia, una expresión de absoluto asombro y fascinación cruzó sus facciones. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta y peligrosa.
—Magia divina... El fuego sagrado de la Diosa de la Guerra —susurró Kaelen, enderezando su postura. Sus ojos grises brillaban con una intensidad renovada—. La iglesia de Solaria juró que había extinguido ese linaje hace dos siglos. Quién diría que el arma más poderosa del continente estaba escondida en el patio trasero de un conde de pacotilla.
—Salvé el fuerte de la Roca Gris porque necesitaba llamar tu atención, Kaelen —dije, controlando el fuego a mi alrededor pero manteniendo mis manos listas para matar—. No trabajo para Noah. De hecho, mi único objetivo en esta vida es ver su cabeza rodar por el suelo de la plaza imperial. Y sé que tú quieres exactamente lo mismo.
Kaelen entrecerró los ojos, sopesando mis palabras. El aura de sombras a su alrededor comenzó a calmarse, aunque seguía flotando como un manto protector.
—Quieres destruir al Príncipe Heredero... ¿Por qué una noble de Solaria querría derrocar a su propio futuro emperador?
—Tengo mis razones. Razones que involucran una deuda de sangre que él aún no sabe que tiene conmigo —respondí, dejando que el fuego dorado regresara lentamente al interior de mi cuerpo, ocultando la marca bajo mi ropa—. Conozco todos los movimientos militares que Noah planea hacer durante los próximos tres años. Conozco las debilidades de sus generales, las rutas de contrabando de sus suministros y los secretos corruptos de los ministros que lo apoyan. Puedo darte este imperio en bandeja de plata, Archiduque.
Kaelen caminó lentamente hacia mí, deteniéndose a una distancia segura pero lo suficientemente cerca como para que pudiera sentir el magnetismo de su presencia.
—Un trato muy tentador, Aria Vance. Me ofreces la victoria en la guerra a cambio de... ¿qué? ¿Qué busca una diosa renacida de un hombre de las sombras?
—Quiero tu protección —dije firmemente—. Mañana, Noah descubrirá que mi advertencia sobre la Roca Gris fue real. Se obsesionará conmigo. Intentará arrastrarme al palacio para convertirme en su herramienta. Necesito que tu red de espías me cubra las espaldas, necesito tus recursos del norte para construir mi propia fuerza y, cuando llegue el momento, necesito que tu ejército marche sobre la capital para ayudarme a ejecutar mi venganza.
Kaelen me observó en silencio durante lo que parecieron siglos. El viento soplaba con fuerza fuera de la abadía, pero entre nosotros dos el silencio era absoluto. Finalmente, el Archiduque se quitó el guantelete de hierro de la mano derecha, revelando una mano pálida, fuerte y cruzada por un par de cicatrices de batalla.
Las sombras se concentraron en su palma, formando un pequeño vórtice oscuro.
—Un pacto de sangre y sombras, Aria —dijo Kaelen, extendiendo su mano hacia mí—. Si me estás mintiendo, si descubro que esto es una trampa de Noah, mis sombras consumirán tu alma desde adentro, sin importar cuánta magia divina poseas. ¿Aceptas los términos?
Caminé hacia él sin dudarlo. Extendí mi mano derecha. Al acercarla a la suya, el fuego dorado volvió a brotar sutilmente de mis dedos. Cuando nuestras palmas se unieron, la energía dorada de la Diosa y la magia oscura de sus sombras chocaron, creando una onda de choque invisible que hizo temblar los cristales rotos del suelo.
Una corriente eléctrica, una mezcla de calor abrasador y frío ártico, recorrió todo mi cuerpo, sellando el vínculo directamente en nuestras almas. Kaelen apretó mi mano, y por un milisegundo, la frialdad de sus ojos grises pareció derretirse, reemplazada por una chispa de posesividad que me hizo dar un vuelco al corazón.
—El pacto está sellado —dijo Kaelen, su voz vibrando en la intimidad de la abadía—. A partir de hoy, eres mía en esta guerra, Aria. Nadie te tocará sin mi permiso.
Sonreí, a punto de responder, cuando de repente el calor en mi pecho se volvió insoportable, pero esta vez no era por mi propia voluntad. La marca del fénix comenzó a parpadear frenéticamente bajo mi piel, enviando una punzada de dolor agudo a mi cerebro.
Una visión del futuro inmediato golpeó mi mente con la fuerza de un rayo.
Vi el carruaje de mi familia. Vi la mansión Vance rodeada por la guardia imperial de élite. Y en el centro de la escena, vi al príncipe Noah, con el rostro desfigurado por la furia, sosteniendo una espada ensangrentada sobre el cuerpo caído de... ¡Lily!
Mis ojos se abrieron de golpe, perdiendo el brillo dorado y volviendo a su color natural. El pánico, un pánico real que no había sentido desde mi reencarnación, se apoderó de mí. El pacto con Kaelen acababa de alterar la línea temporal de una forma que no preví. Noah no había esperado a mañana para verificar la información. Había descubierto mi traición esta misma noche.
—¿Aria? ¿Qué ocurre? —preguntó Kaelen, notando cómo mi mano se volvía repentinamente fría y cómo mi rostro perdía el color.
Solté su mano de golpe y di un paso atrás, mirando hacia la dirección de la ciudad.
—Él ya lo sabe... —susurró mi voz, ahogándose en la garganta—. Noah está en mi casa ahora mismo. Si no llego en diez minutos, va a masacrar a todos.
