Capítulo 5 Capitulo 5
El precio de la línea temporal
El viento rugía en mis oídos mientras corría por las calles empedradas de los suburbios en dirección a la mansión Vance. Mis pulmones ardían y el sudor frío empapaba mi frente, pero no me detuve. Cada latido de mi corazón era un recordatorio de la visión que acababa de golpear mi mente: Lily tirada en el suelo, la guardia imperial rodeando mi casa y la silueta de Noah sosteniendo una espada ensangrentada.
Corre, Aria. Corre, me repetía a mí misma, mientras el calor dorado bajo mi clavícula pulsaba con una intensidad dolorosa, casi sofocante.
Había sido una estúpida. Había subestimado a Noah. En mi vida pasada, él era un hombre calculador que prefería esperar a que sus planes maduraran lentamente antes de dar un golpe. Pero al advertirle sobre el fuerte de la Roca Gris, no solo salvé la fortaleza; destruí su tablero de juego. Al verse vulnerable y con su red de espionaje expuesta en menos de tres horas, la paranoia lo había arrastrado a actuar de inmediato. Había alterado el pasado demasiado rápido, y ahora Lily estaba pagando el precio.
Cuando finalmente doblé la esquina que conducía a la entrada de la propiedad de mi familia, me quedé helada.
El carruaje real, adornado con el lobo de Solaria, estaba estacionado frente a las grandes puertas de hierro de la mansión. A su alrededor, una docena de caballeros de la guardia imperial de élite, vestidos con armaduras pulidas y portando antorchas, mantenían el perímetro cerrado. Los sirvientes de la casa estaban agrupados en el patio delantero, de rodillas, temblando bajo el frío de la madrugada.
Me deslicé por la parte trasera, usando la arboleda de sauces por la que el enviado de Kaelen había entrado horas antes. Salté la cerca de piedra con agilidad felina y me acerqué a las ventanas del salón principal. El cristal reflejaba una luz mortecina.
Dentro, la escena era un caos de opulencia y terror.
Mi padre, el Conde Vance, estaba arrodillado con la cabeza pegada al suelo, suplicando clemencia. A su lado, la condesa lloraba sin control, mientras Elena, mi media hermana, se aferraba al brazo de su madre, con el rostro pálido pero mirando con un odio mal disimulado hacia el centro del salón.
Allí estaba Noah.
No vestía la capa oscura del pabellón de cristal. Llevaba su uniforme de gala, pero su cabello rubio estaba revuelto y sus ojos azules, usualmente serenos y falsos, destilaban una locura paranoica que nunca antes le había visto. En su mano derecha sostenía una espada desenvainada. La punta de la hoja de acero goteaba un rastro de sangre roja y espesa sobre la alfombra cara del salón.
A sus pies, encogida y sosteniéndose el costado derecho con ambas manos, estaba Lily. La tela de su uniforme de sirvienta se tiñía rápidamente de un carmesí oscuro.
—¡¿Dónde está?! —rugió Noah, pateando una mesa de centro de madera que se hizo pedazos contra la pared—. ¡Tu hija bastarda sabe demasiado, Conde! ¡Alguien filtró los planes del imperio y ella vino a decírmelo en la cara a medianoche! ¿Quién la respalda? ¿Es un espía del Norte? ¡Habla antes de que decore este salón con las cabezas de toda tu estirpe!
—¡Su Alteza, por favor! —gimió mi padre, temblando—. ¡Aria es solo una inútil! ¡Ni siquiera sabe leer un mapa militar! Debe haber un error, se lo suplico...
—¡No hay ningún error! —Noah caminó hacia Lily, apuntándole directamente al cuello con la espada ensangrentada—. Esta rata fue la última que la vio. Dime a dónde fue tu señora, o te juro que este será tu último aliento.
No pensé. No planeé. La Aria calculadora del futuro se evaporó, reemplazada por la guerrera implacable que no iba a permitir que la única persona que la había amado genuinamente volviera a morir por culpa de la corona.
Pateé las puertas dobles de cristal del balcón con una fuerza sobrehumana. Los vidrios estallaron en mil pedazos, lloviendo sobre el salón como una tormenta de diamantes rotos. Los guardias reales gritaron, desenvainando sus armas de inmediato, pero yo ya estaba en el centro de la habitación.
—¿Me estabas buscando, Noah? —mi voz resonó en el salón, helada, pesada y cargada de una vibración mística que hizo que las llamas de las velas y las antorchas de los guardias se agitaran violentamente.
Noah dio un paso atrás, con los ojos abiertos de par en par al verme vestir el traje de combate negro, cubierta de restos de cristal y con una mirada que no pertenecía a la chica sumisa que él creía conocer.
—Aria... —susurró, recuperando un poco la postura, aunque su espada tembló ligeramente—. Te infiltraste en el palacio, me amenazaste con información confidencial del Norte y ahora regresas vestida como una asesina. ¿Quién te envía? ¡Guardias, aprehéndanla!
Cuatro caballeros imperiales se abalanzaron sobre mí con las espadas en alto. En mi vida pasada, habría tenido que esquivar, bloquear y usar toda mi destreza física para sobrevivir a cuatro soldados entrenados.
Esta vez, no me molesté en moverme.
Alcé mi mano derecha y cerré el puño. El calor en mi pecho estalló y, por primera vez en un espacio cerrado, liberé una onda expansiva de fuego dorado puro. Las llamas míticas de la Diosa de la Guerra brotaron de mi cuerpo en un anillo perfecto de energía térmica. El impacto golpeó a los cuatro guardias con la fuerza de un ariete, mandándolos a volar por los aires. Sus pesadas armaduras de hierro chocaron violentamente contra las columnas del salón, dejándolos inconscientes en el acto.
Mi padre soltó un grito de terror. Elena se tapó la boca, mirando mis manos, que ahora estaban envueltas en dos espirales de fuego dorado que no quemaban mi piel, pero hacían crujir el aire con una temperatura abrasadora.
Caminé lentamente hacia Noah, ignorando a los soldados caídos. Mis ojos estaban completamente teñidos de un oro brillante y divino.
—Te di una advertencia para salvar tu fortaleza, Noah. Te di la oportunidad de revisar tu red de espías —dije, dando un paso adelante. Noah dio un paso atrás, con el rostro desfigurado por el miedo absoluto al ver el despliegue de magia prohibida—. Y a cambio, vienes a mi casa a derramar la sangre de mi gente. Eres un cobarde patético.
—¡Eres una bruja! —gritó Elena desde el suelo, con una mezcla de pánico y envidia pura—. ¡Padre, mira su magia! ¡Es una herética! ¡La Iglesia la quemará viva!
—Cállate, Elena —le siseé, sin desviar la mirada de Noah.
El príncipe heredero tragó saliva. Miró a sus guardias inconscientes, miró el fuego dorado en mis manos y comprendió que, en un combate físico, yo podría incinerarlo antes de que su espada tocara mi ropa. La arrogancia de la realeza se derrumbó, reemplazada por la astucia del manipulador que se sabe acorralado.
—Aria... espera —dijo Noah, bajando la espada y forzando una sonrisa temblorosa, intentando recuperar ese tono dulce que solía usar para encadenarme—. Esto... esto es un malentendido. Estaba desesperado. La Roca Gris fue atacada tal como dijiste. Me salvaste el imperio. Vine aquí para protegerte, para llevarte al palacio donde estarás a salvo de los espías del Norte. Tu poder... es magnífico. Con tu fuego y mi corona, podríamos gobernar juntos.
Volvió a usar las mismas palabras. El mismo maldito discurso de mi vida pasada.
Me acerqué a Lily y me arrodillé a su lado, manteniendo una mano encendida en fuego hacia Noah para advertirle que no se moviera. Con la otra mano, toqué la herida en el costado de Lily. El fuego dorado cambió de ritmo, volviéndose una calidez suave que penetró en su piel, cauterizando el flujo de sangre y estabilizando sus signos vitales. Lily jadeó, abriendo los ojos débilmente.
—Señorita... Aria... —susurró.
—Estás a salvo, Lily. No dejaré que te hagan daño otra vez —le prometí.
Me puse de pie, apagando el fuego de mis manos pero manteniendo la marca divina latiendo con fuerza en mi pecho. Miré a Noah con un desprecio tan profundo que el príncipe se estremeció.
—No voy a ir al palacio contigo, Noah. Y no voy a ser tu herramienta —declaré con voz firme—. Mañana, el Consejo Imperial exigirá respuestas sobre cómo supiste del ataque a la Roca Gris. Les dirás que tu red de espías funcionó a la perfección. No mencionarás mi nombre, ni mi fuego, ni esta noche. Si respiras una sola palabra sobre mí a la Iglesia o a tu padre, la próxima vez que nos veamos no usaré mi fuego para ahuyentar a tus guardias. Lo usaré para derretir tu corona directamente en tu cabeza. Ahora, lárgate de mi casa.
Noah apretó los dientes, humillado y temblando de rabia, pero sabía que no tenía otra opción. Hizo una señal a los guardias que quedaban en pie para que cargaran a los heridos y, sin decir una palabra, se dio la vuelta y salió del salón a paso apresurado, escoltado por el miedo.
Mi padre y la condesa se levantaron lentamente, mirándome como si fuera un monstruo del abismo. Elena se puso de pie, temblando de ira contenida, apretando los puños al ver que la bastarda de la casa acababa de someter al mismísimo Príncipe Heredero.
Ignore sus miradas. Cargué a Lily en mis brazos con la fuerza sobrehumana que la Diosa me otorgaba y la llevé de regreso a mi habitación para que descansara.
Una vez que la dejé en la cama y me aseguré de que el fuego divino había cerrado la herida por completo, caminé hacia el balcón de mi habitación. La adrenalina de la batalla comenzó a descender, y con ella, un dolor agudo y punzante golpeó mi pecho. Caí de rodillas sobre la madera del balcón, aferrándome al corazón.
Maldición... pensé, mientras una bocanada de sangre tibia subía por mi garganta y manchaba mis labios.
Alterar la línea del tiempo tenía un precio físico devastador. Al salvar el fuerte y cambiar el destino de Lily en menos de veinticuatro horas, el flujo del tiempo estaba cobrando su tributo directamente de mi fuerza vital. Mi cuerpo humano aún no era lo suficientemente fuerte como para soportar la distorsión temporal y el uso masivo del fuego divino al mismo tiempo. Si continuaba así, me marchitaría antes de poder completar mi venganza.
De repente, una ráfaga de viento helado sopló en el balcón. Las sombras de la arboleda trasera se estiraron hacia arriba, escalando la pared de la mansión como enredaderas negras hasta materializarse justo frente a mí.
El Archiduque Kaelen saltó sobre la barandilla del balcón.
Su mirada gris tormentosa escaneó mi rostro pálido y la sangre en mis labios. En un movimiento rápido, se arrodilló a mi lado y me tomó por los hombros. Al tocarlo, el frío de su magia de sombras chocó con mi calor interno, aliviando instantáneamente el dolor punzante de mi pecho.
—Te lo advertí, Aria —dijo Kaelen, con una voz profunda que mezclaba la molestia con una extraña y oscura preocupación—. Jugar con el tiempo es como beber veneno en copas de oro. Tu alma se está rompiendo.
—Puedo... puedo soportarlo —siseé, intentando apartarlo, pero él apretó el agarre, obligándome a mirarlo.
—No, no puedes. No sola —Kaelen se acercó más, tanto que podía sentir el aroma a tormenta e invierno que desprendía su armadura. Sus ojos grises brillaron con una intensidad posesiva que me cortó la respiración—. El pacto de sangre que sellamos en la abadía no era solo para compartir información, Aria. Era para compartir nuestras vidas. Para detener el colapso de tu cuerpo, necesito hacer algo que unirá nuestras almas de forma permanente. Si lo hago, estarás ligada a mis sombras para siempre. No habrá vuelta atrás. No podrás esconderte de mí, ni yo de ti.
El dolor en mi pecho volvió a dar un latido violento, haciéndome jadear. Kaelen deslizó una de sus manos enguantadas hacia mi nuca, sosteniéndome con firmeza mientras su rostro se acercaba peligrosamente al mío.
—Elige ahora, Diosa de la Guerra —susurró contra mis labios, mientras las sombras de su capa nos envolvían a ambos, ocultándonos del resto del mundo—. ¿Te dejas consumir por el tiempo... o aceptas ser mía por el resto de la eternidad?
