Capítulo 2 Capítulo 2: El precio de la Verdad
La puerta del despacho de Valeria se abrió de golpe a las siete de la mañana siguiente. Ella ni siquiera levantó la vista del portátil; sabía exactamente quién era.
—¿No entiendes el concepto de “cita previa”? —dijo sin apartar los ojos de la pantalla.
Elian entró como si el edificio fuera suyo (y en parte lo era, porque había comprado el 49 % de las acciones de la torre la noche anterior sin que ella lo supiera). Cerró la puerta con llave. El clic resonó como un disparo.
—Tenemos cinco minutos antes de que lleguen tus abogados —anunció, tirando un sobre grueso encima del escritorio—. Ábrelo.
Valeria lo miró por fin. Ojeras profundas, camisa arrugada, barba de dos días. Parecía que no había dormido.
—¿Qué es esto? ¿Más pruebas de ADN? ¿Fotos robadas de mi hija?
—Peor —respondió él, con la voz helada—. Es la orden de embargo que presentaré dentro de una hora si no firmas el acuerdo de custodia compartida que está dentro.
Ella abrió el sobre con dedos temblorosos. Leyó la primera línea y soltó una risa seca.
—¿Custodia compartida? ¿Tú? ¿El hombre que necesita agenda para respirar?
—Lee la cláusula siete —dijo él sin inmutarse.
Valeria pasó las páginas. Su rostro perdió todo el color.
—Residencia principal en Mónaco… cambio de apellido a Davenport-Moretti… colegio privado en Suiza… ¿Te volviste loco?
—Loco sería dejar que sigas criándola sola mientras tus acreedores asiáticos te comen viva —replicó él, apoyando ambas manos en el escritorio y acercándose tanto que ella sintió su aliento—. Tu empresa debe doscientos ochenta millones al Banco de Shanghái. Vencen en diecisiete días. Si no pagas, embargan todo. Incluida la casa donde duerme Amelia.
Valeria se levantó de golpe, la silla rodando hacia atrás.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque fui yo quien les prestó el dinero a ellos para que te prestaran a ti —confesó, y la sonrisa que le dedicó fue puro veneno—. Bienvenida a mi red, Valeria. Llevas cuatro años bailando dentro de ella sin darte cuenta.
Ella lo abofeteó. El sonido fue tan fuerte que retumbó en las paredes de cristal.
Elian ni siquiera parpadeó. Solo se tocó la mejilla.
—Pégame otra vez si quieres. No cambia los hechos.
—¿Por qué? —susurró ella, la voz rota—. ¿Por qué hacer todo esto?
—Porque cuando descubrí que Amelia era mía, juré que nunca más estaría fuera de mi alcance —respondió él, y por primera vez la máscara se agrietó—. Y porque tú, Valeria Moretti, eres la única persona en este mundo que puede destruirme… y yo no permito amenazas.
Ella retrocedió hasta chocar con la ventana.
—¿Me estás chantajeando con mi propia hija?
—No —dijo él, abriendo el maletín y sacando otro documento—. Te estoy ofreciendo una salida. Firma la custodia compartida y te doy trescientos millones hoy mismo. Liquidarás la deuda, salvarás tu empresa, y Amelia nunca sabrá lo cerca que estuvo de perderlo todo.
—¿Y si no firmo?
—Entonces mañana a las nueve el banco ejecuta la hipoteca —respondió sin pestañear—. Amelia se queda sin colegio, sin casa y sin madre, porque tú estarás en bancarrota y yo pediré la custodia exclusiva por “incapacidad económica y emocional de la progenitora”. Tengo informes psiquiátricos falsificados listos. Y ganaré.
Valeria sintió que las piernas le fallaban. Se dejó caer en el sofá.
—Tú… eres un monstruo.
—Aprendí de los mejores —respondió él, y por un segundo pareció que iba a añadir algo más, pero se contuvo—. Tienes hasta las ocho y cincuenta y nueve.
Se giró para irse. Ella habló antes de que llegara a la puerta.
—¿Sabes qué es lo peor, Elian?
Él se detuvo, con la mano en el pomo.
—Que durante un segundo ayer creí que te importaba —dijo ella con voz temblorosa—. Que debajo de todo ese hielo había un hombre que quería conocer a su hija. Pero solo eres un depredador con traje caro.
Elian se giró lentamente. Los ojos le brillaban con algo peligroso.
—¿Quieres saber lo que de verdad me importa? —preguntó, voz baja y letal—. Que mi hija nunca duerma con miedo a que la despierten embargos. Que nunca le falte nada. Que nunca tenga que elegir entre su madre y su padre. Y si para eso tengo que convertirte en mi enemiga pública número uno… lo haré.
Valeria se levantó, caminó hasta él y le habló casi en la cara.
—Escúchame bien, Davenport. Puedes comprarme la empresa. Puedes comprarte jueces. Puedes comprarte hasta el aire que respiro. Pero nunca, jamás, comprarás a mi hija. Antes de que firmes Una sola orden contra mí, la subiré a un avión y desapareceremos. Y cuando me encuentres (porque sé que lo harás), Amelia ya tendrá otro apellido, otro país y otro padre que no seas tú.
Elian la miró fijamente. Por primera vez, pareció que había recibido el golpe.
—¿Eso es una amenaza?
—No —respondió ella, abriendo la puerta ella misma—. Es una promesa.
Él salió sin decir más. El pasillo estaba vacío.
Valeria cerró la puerta, se apoyó contra ella y dejó que las lágrimas cayeran en silencio.
En el ascensor, Elian marcó un número.
—Cancela el embargo —ordenó.
—¿Señor?
—Hazlo —repitió, y colgó.
Apoyó la frente contra el espejo frío del ascensor.
Porque por primera vez en su vida, Elian Davenport acababa de perder una batalla.
Y la guerra ni siquiera había empezado.
