Capítulo 3 Capítulo 3: La Mesa de los Traidores

Restaurante La Perla, 21:17 h.

El salón privado del último piso estaba cerrado al público. Las luces bajas, el humo de los puros y el tintineo de copas de cristal creaban una atmósfera que olía a vino añejo y perfumes caros y más de los más viejos todavía.

En la cabecera, Elian Davenport, con la camisa negra abierta hasta el tercer botón, el rostro tallado en piedra. A su derecha, Liam, su hermano menor, abogado y único Davenport que aún se atrevía a mirarlo a los ojos cuando mentía. A su izquierda, Dante Rinaldi, su mejor amigo desde la universidad y actual jefe de seguridad del grupo Davenport. Frente a él, Isabella Valenti, su exprometida oficial, con un vestido rojo sangre y una sonrisa que cortaba como navaja.

En la otra punta de la mesa, como si la hubieran invitado por error, Valeria Moretti.

Sola.

Sin abogados. Sin madre. Sin nadie que la protegiera.

Elian levantó su copa.

—Por las familias —brindó con ironía—. Las que se eligen… y las que se imponen.

Todos bebieron, excepto Valeria.

Isabella rompió el silencio primero, voz dulce y veneno puro.

—Querida Valeria, qué valiente venir sin escolta. ¿O es que ya confías en que Elian no te comerá viva delante de todos nosotros?

Valeria ni la miró.

—Prefiero enfrentarme a lobos conocidos que a hienas disfrazadas de amigas.

Dante soltó una carcajada grave.

—Joder, me cae bien.

Liam le dio un codazo disimulado.

Elian dejó la copa con calma.

—Vamos al grano. Esta noche no hay grabaciones, no hay móviles en la mesa y la puerta está cerrada con llave. Aquí se decide el futuro de Amelia… y de todos nosotros.

Isabella se inclinó hacia delante, los diamantes brillando en su cuello.

—Yo propongo algo sencillo: Valeria desaparece con una indemnización generosa y Amelia se queda con su padre legítimo. Todos contentos.

Valeria alzó la vista, por fin. Sus ojos eran puro fuego.

—Intenta tocarla y te corto las manos, Isabella. Con o sin manicura francesa.

Liam soltó un silbido bajo.

—Vale, esto se pone divertido.

Elian levantó una mano para callarlo.

—Valeria, escúchalos. Todos tienen algo que decir.

Dante fue el siguiente. Su voz grave, sin rodeos.

—Jefe, con todo mi respeto: estás jodido. Los chinos ya saben que tienes una hija ilegítima. Ayer ofrecieron cien millones más por tu cabeza si entregas a la niña como garantía de lealtad. Si no pagas en diez días, vendrán a cobrar… y no serán educados.

Valeria se giró hacia Elian, pálida.

—¿Eso es cierto?

Él no respondió. Fue suficiente.

Isabella sonrió de oreja a oreja.

—¿Ves, querida? Hasta tus propios amigos te venden.

—No son mis amigos —respondió Elian con voz helada—. Son mi familia. Y hacen lo que hay que hacer.

Valeria se levantó lentamente.

—¿Entonces esto es una emboscada? ¿Me trajiste aquí para que todos me dijeran que soy el problema?

—No —dijo Elian, también poniéndose de pie—. Te traje para que vieras la verdad. Todos en esta mesa tienen una pistola apuntándote a la cabeza. Incluido yo. Y la única forma de que Amelia salga viva de esto es que tú y yo nos sentemos, firmemos la paz y presentemos un frente unido. Custodia compartida, matrimonio de conveniencia si hace falta, lo que sea. Pero juntos.

Valeria soltó una risa amarga que resonó en todo el salón.

—¿Matrimonio? ¿Tú y yo? ¿Después de todo lo que has hecho?

Isabella se levantó también, furiosa.

—¡Ni loca voy a permitir que esta arribista se convierta en señora Davenport!

—Isabella, siéntate —ordenó Elian sin mirarla.

—¡No! ¡Tres años prometidos! ¡Tres años planeando una boda que ahora tiras por la borda por una noche de borrachera en Dubai!

Dante se levantó, agarró a Isabella por el brazo con suavidad pero firmeza.

—Basta. Sal un momento.

—¡Suéltame!

La sacó casi a rastras. La puerta se cerró tras ellos.

Silencio.

Liam fue el primero en hablar.

—Elian, hermano… estás perdiendo el control. Isabella está fuera de sí. Los chinos están furiosos. Y esta mujer —señaló a Valeria— te tiene cogido por los huevos y lo sabe.

Valeria lo miró con desprecio.

—Tu hermano no tiene huevos, Liam. Tiene una calculadora.

Elian dio un paso hacia ella.

—¿Crees que esto es un juego? ¿Crees que disfruto teniendo que elegir entre mi hija y mi imperio?

—¡Tú elegiste hace cinco años cuando te fuiste sin dejar ni una nota! —gritó ella—. ¡Tú elegiste cuando compraste mis deudas! ¡Tú elegiste cada paso de esta pesadilla!

—Y tú elegiste ocultarme a mi hija —respondió él, voz baja y letal—. Así que estamos empatados.

Se quedaron frente a frente, respirando agitados, a centímetros.

Liam carraspeó.

—Vale, voy a ser el adulto aquí. Una propuesta real: ustedes dos se casan en dos semanas. Una boda por lo civil, y discreta. Luego anunciamos que fue un romance secreto de años. Amelia pasa a ser legítima. Los chinos se calman porque ven estabilidad. Isabella recibe cincuenta millones y un yate para que cierre la boca. Todos nos salvamos el culo. ¿Sí o no?

Valeria miró a Elian.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Una boda comprada?

—No —respondió él, sin apartar los ojos—. Quiero a mi hija segura. El resto me da igual.

Valeria tragó saliva. Las lágrimas amenazaban, pero no iba a darles el gusto.

—¿Y yo qué gano?

—Tu empresa. Tu libertad condicional. Y que nadie vuelva a amenazar con quitarte a Amelia nunca más —dijo él—. A cambio, que te cases conmigo y vivas bajo mi techo hasta que esto se calme. Un año. Después, si quieres el divorcio, te lo doy con la mitad de mi fortuna.

Liam soltó un silbido.

—Joder, Elian. Eso es medio billón.

—Cállate, Liam —dijeron los dos al unísono.

Valeria respiró hondo.

—Una condición —dijo—. Isabella desaparece de nuestras vidas. Para siempre. O no hay trato.

Elián asintió sin dudar.

—Hecho.

Extendió la mano.

Valeria la miró como si fuera una serpiente.

Luego, lentamente, la tomó.

El apretón fue breve, frío, cargado de odio y algo más que ninguno de los dos quería nombrar.

Liam sonrió de medio lado.

—Bienvenidos al matrimonio del año, tortolitos.

En la terraza, Dante mantenía a Isabella sujeta contra la barandilla.

—Déjalos, Bella. Ya perdiste.

Ella lloraba en silencio, con el rímel corrido.

—Nunca la va a querer como me quiso a mí.

Dante le encendió un cigarrillo.

—Quizás no. Pero a la niña sí. Y eso, cariño, es más peligroso que cualquier amor.

Dentro, Elian y Valeria seguían con las manos entrelazadas, sin soltarse.

Y en ese salón lleno de traidores, nació la alianza más peligrosa que el mundo hotelero había visto jamás.

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