Capítulo 4 Capítulo 4: La Noche Antes de la Boda
Hotel Palazzo Davenport, suite nupcial. 23:47 h.
Las luces de la ciudad entraban por los ventanales como cuchillas. El vestido de novia colgaba en la esquina, blanco, impecable, comprado por estilistas que Valeria ni siquiera había visto.
Ella estaba de pie frente al espejo, solo en bata de seda negra, una copa de champagne intacta en la mano. Elian entró sin tocar, con el traje negro desabrochado, la corbata floja y los ojos inyectados en sangre.
—Cierra la puerta —dijo ella sin girarse.
Él obedeció. El clic del cerrojo sonó como si se tratara de una sentencia. Y lo era.
—¿Vienes a consumar antes de tiempo o solo a recordarme que mañana seré tu trofeo? —preguntó Valeria, voz cortante.
Elian se acercó hasta quedar detrás de ella. Sus reflejos se tocaron en el espejo.
—Vine a decirte que todavía puedes echarte atrás —respondió bajo—. Di la palabra y paro todo. Te doy el dinero, cancelo la deuda y desapareces con Amelia antes del amanecer. Nadie te encontrará. Ni yo.
Valeria giró lentamente. Sus ojos estaban rojos, pero secos.
—¿Y dejar que los chinos vengan por ti? ¿Dejar que Isabella gane? ¿Dejar que Amelia crezca sin padre porque su madre fue demasiado orgullosa? No. Me caso contigo, Elian. Pero que te quede claro: te odio con cada célula de mi cuerpo.
Él sonrió sin humor.
—Perfecto. El odio mantiene las cosas interesantes.
Dio un paso más. Ahora estaban a centímetros.
—¿Sabes lo que más me duele? —susurró ella—. Que mañana voy a caminar hacia ti delante de quinientas personas y voy a sonreír mientras pienso que el hombre que me espera es el mismo que pagó para que me drogaran en Dubai.
Elian se quedó helado.
—¿Qué acabas de decir?
Valeria soltó una risa amarga.
—Te creías muy listo, ¿verdad? Encontré los emails esta tarde. El contacto en Dubái era tuyo. El camarero que sirvió mi copa trabajaba para Dante. Pagaste para que perdiera la memoria esa noche. Querías una Moretti borracha y fácil para sacarme información sobre la fusión asiática. Solo que no contabas con que me quedaría embarazada.
El rostro de Elian perdió todo color.
—No… eso no es…
—¡No me mientas más! —gritó ella, empujándolo con ambas manos—. ¡Lo tengo todo! ¡Transferencias, mensajes, la confesión grabada del camarero que Dante amenazó para que callara! ¡Me violaste la mente esa noche, Elian!
Él retrocedió como si lo hubiera quemado.
—Escúchame —dijo, voz temblorosa—. Sí ordené que te sirvieran una copa fuerte. Sí quería información. Pero nunca pedí drogas. Nunca. Cuando Dante me dijo que habías perdido el conocimiento, lo molí a golpes. Pregúntale si todavía tiene la cicatriz. Lo que pasó después entre nosotros… fue real. Los dos estábamos fuera de control, pero fue con consentimiento. Te lo juro por mi vida.
Valeria lo miró, respirando agitada.
—¿Y esperas que te crea?
—No —respondió él—. Pero mañana te vas a casar conmigo igual.
Se acercó de nuevo; esta vez la agarró por las muñecas.
—Porque si no lo haces, los chinos no solo vendrán por mí. Vendrán por Amelia. Y esta vez no será un secuestro limpio. Será un mensaje. En pedazos.
Valeria intentó soltarse; aun así, él la retuvo.
—Suéltame.
—No hasta que entiendas una cosa —dijo él, bajando la voz—. Mañana serás mi esposa delante del mundo entero. No obstante, esta noche… esta noche eres la mujer que me tuvo una vez y nunca volvió a mirar atrás. Y todavía me quema.
La besó. Duro. Sin permiso. Con rabia.
Valeria lo empujó, lo abofeteó y luego lo besó ella. Más fuerte. Los dientes chocaron, la sangre apareció en el labio de él. Cayeron sobre la cama sin dejar de pelearse, arrancándose la ropa como si quisieran hacerse daño.
—No te atrevas a parar —jadeó ella contra su boca.
—No pienso parar hasta que los dos sangremos —respondió él.
Y no pararon.
Horas después, la suite era un campo de batalla: sábanas rotas, lámparas en el suelo, marcas de uñas en la espalda de Elian, mordidas en el cuello de Valeria. Ambos desnudos, sudorosos, respirando como si acabaran de sobrevivir a un naufragio.
Valeria se sentó en la cama y se cubrió con la sábana.
—Mañana te diré “sí, quiero” delante de todos —dijo sin mirarlo—. Pero esta noche acabamos de firmar otro contrato: te entrego mi cuerpo cuando quiera venganza, y tú me entregas tu alma cada vez que la pida. ¿Trato?
Elian, tumbado boca arriba, con una cicatriz nueva brillando en el pecho, sonrió por primera vez en semanas.
—Trato.
Se quedaron en silencio hasta que el sol empezó a salir.
En el pasillo, Dante escuchaba contra la puerta, con el cigarro apagado entre los labios. Cuando los gemidos cesaron, marcó un número.
—Jefe, ya está. Se odian tanto que se van a devorar vivos —dijo en voz baja—. La boda sigue en pie.
Del otro lado, la voz de Liam:
—Perfecto. Que empiece el espectáculo.
