Capítulo 5 Capítulo 5: El Sí que Nadie Creyó
Catedral de San Lorenzo, mediodía.
El sol entraba por los vitrales y pintaba de sangre el suelo de mármol. Quinientas personas llenaban los bancos: la prensa internacional, los magnates asiáticos, la vieja aristocracia europea y un puñado de enemigos disfrazados de amigos. Todos contenían el aliento cuando las puertas se abrieron.
Valeria apareció del brazo de su madre.
Con el vestido blanco sin velo, la espalda descubierta,los diamantes en el cuello que valían más que un país pequeño. Su rostro como el hielo. Sus ojos que prometían un asesinato.
En el altar, Elian la esperaba.
Con un traje negro hecho a la medida, sus manos quietas, la mirada fija. Nadie habría dicho que hacía siete horas había tenido la boca de ella en su garganta y las uñas clavadas en su piel.
El órgano atacó la marcha nupcial. Cada paso de Valeria resonaba como un tambor de guerra.
Cuando llegó al altar, su madre le besó la mejilla y susurró tan bajo que solo ella oyó:
—Si quieres huir, todavía hay un coche en la puerta trasera.
Valeria apretó su mano una sola vez.
—No. Hoy termina esto.
El sacerdote empezó. Las palabras rituales sonaron huecas.
—¿Elian Alexandre Davenport, aceptas a Valeria Valentina Moretti como tu esposa legítima, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
Elian miró a Valeria directo a los ojos.
—Sí, acepto.
El sacerdote giró hacia ella.
—¿Valeria Valentina Moretti, aceptas a Elian Alexandre Davenport como tu esposo legítimo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
Silencio absoluto.
Valeria sonrió. Una sonrisa tan afilada que cortó el aire.
—Hasta que la muerte nos separe —repitió despacio—. Sí, acepto.
Los anillos.
Elian deslizó el suyo en el dedo de ella con una lentitud deliberada. El anillo era platino y diamante negro; dentro, grabadas dos palabras que nadie vio: «Tuyo siempre».
Valeria puso el de él. Oro negro. Dentro: «Mía para destruir».
—Puede besar a la novia —dijo el sacerdote.
Elian la tomó por la nuca y la besó como si quisiera devorarla delante de Dios y del mundo. Sin suavidad. Sin fingir. Un beso que era como una declaración de guerra y rendición al mismo tiempo.
Cuando se separaron, los dos tenían sangre en los labios.
Aplausos. Flashes. Gritos de felicitación.
En la primera fila, Isabella Valenti se levantó de golpe, pálida, los ojos llenos de lágrimas y odio puro. Dio media vuelta y salió corriendo, empujando a quien se pusiera en medio.
Dante la siguió sin prisa.
En el banco de los Moretti, la madre de Valeria se santiguó y susurró:
—Dios nos ampare.
En el banco de los Davenport, el padre de Elian (postrado en silla de ruedas, con un respirador portátil) sonrió por primera vez en meses y murmuró a Liam:
—Ese chico acaba de firmar su sentencia de muerte… o su salvación.
La recepción fue en el palacio Davenport. Afuera los jardines, las fuentes eran de champagne, la orquesta tocaba en vivo. Amelia corría entre las mesas con su vestido de princesa, ajena a todo, riendo cada vez que Elian la alzaba en brazos y le hacía girar.
Valeria observaba desde lejos, con un copa en su mano, cuando una mano conocida se posó en su hombro.
—Felicidades, cuñada —dijo Liam con sorna—. Bienvenida al infierno con vistas al mar.
Ella no se giró.
—¿Cuánto tiempo crees que durará antes de que uno mate al otro?
—Depende —respondió él—. ¿Quién tiene el cuchillo más afilado?
Valeria giró entonces, lo miró fijo.
—Dile a tu hermano que esta noche duerme en el sofá. Primera y última advertencia.
Liam soltó una carcajada.
—Se lo diré. Pero los dos sabemos que terminará en la misma cama. Como siempre terminaran.
Se alejó. Valeria sintió que alguien la observaba. Elian, desde el otro lado del jardín, con Amelia dormida en sus brazos. Sus ojos decían una sola cosa: «Ven».
Ella caminó hacia él. Lentamente. Cada paso era una bala cargada.
Cuando llegó, él le pasó a la niña con cuidado.
—Tu hija está agotada —dijo en voz baja.
—Nuestra hija —corrigió ella.
Elian sonrió. Una sonrisa peligrosa.
—Nuestra hija —repitió—. Y ahora, nuestra noche.
Valeria lo miró fijo.
—Una cosa antes de que esto siga, esposo mío.
—Dime, esposa mía.
—Si alguna vez vuelves a mentirme, a tocar a Isabella, o a poner en riesgo a Amelia… te mato. Lentamente. Y haré que parezca un accidente.
Elian se acercó hasta que sus labios casi se rozaron.
—Y si tú alguna vez intentas quitármela o huir con ella… te encontraré. En el fin del mundo si es necesario. Y te traeré de vuelta encadenada si hace falta.
Se quedaron así, frente a frente, respirando el mismo aire venenoso.
Amelia se removió en brazos de Valeria y murmuró dormida:
—Mami… papi… no peleen…
Los dos se quedaron helados.
Valeria tragó saliva. Elian cerró los ojos un segundo.
—Nunca delante de ella —dijo él finalmente.
—Nunca —aceptó ella.
Y por primera vez en meses, sus manos se encontraron sin odio. Solo con una promesa muda: proteger a la niña aunque tuvieran que destruirse entre ellos.
La luna brillaba alta sobre el palacio.
La guerra había empezado.
Pero esa noche, por Amelia, declararon una tregua armada.
