Capítulo 6 Capítulo 6: La Luna de Miel que Nadie Pidió

Villa privada en las Islas Maldivas, amanecer.

El océano rugía suave afuera, un contraste cruel con el caos que reinaba dentro de la habitación principal. Sábanas revueltas, una lámpara rota en el piso, y en el centro de la cama king size, Valeria Moretti-Davenport (aún le quemaba el nuevo apellido) se despertaba con el cuerpo adolorido y el corazón en guerra.

Elian estaba a su lado, desnudo del torso para arriba, los brazos cruzados detrás de la cabeza, mirando el techo como si planeara conquistar el mundo antes del desayuno. No se habían tocado esa noche. No después de lo que Amelia había murmurado en la recepción. La tregua era frágil, pero real.

—Buenos días, esposa —dijo él sin mirarla, voz ronca por el sueño.

Valeria se sentó, cubriéndose con la sábana.

—Guárdate los saludos. ¿Dónde está Amelia?

Elian giró la cabeza, una sonrisa peligrosa en los labios.

—Durmiendo en la habitación de al lado. Con niñera las veinticuatro horas. Y guardaespaldas. Nadie la toca sin que yo lo sepa.

Valeria bufó.

—Genial. Ahora mi hija vive en una fortaleza flotante porque su padre paranoico cree que el mundo entero quiere secuestrarla.

—No es paranoia —replicó él, sentándose también—. Es estrategia. Los chinos no perdonan deudas. E Isabella… ella es peor. Ayer, durante la ceremonia, recibí un mensaje de Dante: ella contrató a un detective para seguirnos aquí. Quiere fotos. Pruebas de que esto es una farsa.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Matarla?

Elian soltó una risa baja.

—No. Algo mejor. Venganza fría. Le congelé todas sus cuentas anoche. Cincuenta millones en un fideicomiso que solo se libera si firma un acuerdo de no divulgación y se va a vivir a Australia. Para siempre.

Valeria lo miró, impresionada a su pesar.

—Eres un bastardo calculador.

—Y tú una bruja manipuladora —contraatacó él, pero sin veneno real—. Por eso funcionamos.

Se quedaron en silencio un momento, el aire cargado de esa electricidad que siempre los rodeaba. Fuego. Siempre fuego entre ellos.

Entonces, la puerta se abrió de golpe. Amelia entró corriendo, con su pijama rosa de unicornios, el cabello revuelto y una sonrisa que iluminaba todo.

—¡Mami! ¡Papi! ¡Hay un pez gigante en la ventana!

Valeria abrió los brazos y la niña saltó a la cama, aterrizando entre ellos con un rebote travieso. Amelia era así: dulce como miel un segundo, y al siguiente una torbellino de energía que desarmaba cualquier tensión.

Elian la atrapó en un abrazo juguetón, haciéndole cosquillas.

—¿Un pez gigante? ¿Segura que no es un tiburón disfrazado?

Amelia rió a carcajadas, retorciéndose.

—¡No! ¡Es azul y tiene rayas! ¡Vamos a verlo!

Valeria miró a Elian por encima de la cabeza de la niña. Sus ojos se encontraron, y por un instante, el odio se disolvió en algo más suave. Protección. Amor puro hacia esa pequeña que los unía a pesar de todo.

—Vamos, princesa —dijo Elian, levantándose y poniéndose una camiseta—. Vamos a cazar peces.

Amelia aplaudió, saltando de la cama.

—¡Sí! ¡Y después helado de fresa!

Valeria sonrió, siguiéndolos.

—Solo si comes frutas primero, traviesa.

La mañana transcurrió en una ilusión de normalidad. Desayuno en la terraza: frutas tropicales, jugo fresco y Amelia contando historias inventadas sobre sirenas que vivían bajo la villa. Elian la escuchaba con atención genuina, haciendo preguntas que la hacían brillar. Valeria observaba, el corazón apretado. Odiaba admitirlo, pero él era bueno con la niña. Natural. Como si hubiera nacido para ser padre.

Pero la tregua no duró.

A mediodía, mientras Amelia jugaba en la piscina infantil con la niñera (una mujer robusta llamada Rosa, contratada por Elian y armada discretamente), Valeria y él se reunieron en el estudio privado de la villa. Pantallas, mapas, documentos esparcidos.

—Dime la verdad —exigió Valeria, cruzando los brazos—. ¿Cuánto peligro corre Amelia realmente?

Elian suspiró, abriendo un laptop.

—Más del que crees. Mira esto.

Le mostró un email cifrado. Remitente: un contacto anónimo en Shanghái.

“La deuda no se paga con bodas. Entrega la niña o el imperio cae. Tienes siete días.”

Valeria palideció.

—¿Quieren a Amelia? ¿Por qué?

—Garantía —explicó él—. Saben que es mi debilidad. Si la tienen, puedo controlar mis hoteles en Asia para blanquear su dinero. Si no… la usan para chantajearme.

Valeria sintió náuseas.

—Hijos de puta.

Elián asintió, con sus ojos duros.

—Exacto. Por eso mi estrategia: fingimos la luna de miel perfecta. Fotos felices en redes. Mostraremos unidad. Mientras, Dante mueve piezas en segundo plano. Contrató mercenarios para rastrear a los líderes chinos. Y el golpe preventivo.

Valeria lo miró con admiración mezclada con horror.

—¿Mercenarios? ¿Estás loco?

—No loco. Solo protector —replicó él—. Haría cualquier cosa por ella. Por ti.

Valeria dio un paso atrás.

—No digas eso. No finjas que te importo.

Elian se levantó, acercándose.

—No finjo. Te odio, Valeria. Te odio por hacerme débil. Por hacerme sentir algo después de años de hielo. Pero también te necesito. Como el aire.

Ella retrocedió hasta chocar con la pared.

—Mientes.

Él la acorraló, con su manos a ambos lados de su cabeza.

—Pruébalo.

La mujer que los acompañaba salió sutilmente.

La besó. No suave. No tierno. Un beso de fuego, de rabia contenida, de deseo que quemaba. Valeria respondió igual, clavándole las uñas en la espalda, tirando de su cabello. Cayeron sobre el sofá, la ropa salió volando, sus cuerpos chocando como olas en tormenta.

—Te odio —jadeó ella contra su cuello.

—Y yo a ti —gruñó él, mordiéndole el hombro.

Pero cuando terminaron, exhaustos y temblorosos, él la abrazó. Fuerte. Como si temiera que desapareciera.

—No dejaré que le pase nada —susurró—. Lo juro.

Valeria enterró el rostro en su pecho.

—Ni yo.

Horas después, la paz se rompió de nuevo.

Amelia entró al estudio, sus ojos grandes y curiosos.

—Mami, ¿por qué hay un hombre malo en la playa?

Valeria y Elian se levantaron de golpe.

—¿Qué hombre, mi amor? —preguntó Elian, arrodillándose a su altura.

Amelia señaló la ventana.

—Ese. Con gafas oscuras. Me miró raro.

Elian miró afuera. Un hombre en traje negro, binoculares en mano, observándolos desde una lancha lejana.

—Isabella —masculló Elian—. Mandó a su sabueso.

Valeria tomó a Amelia en brazos.

—Vamos adentro, princesa. Vamos a dibujar castillos.

Mientras Rosa llevaba a la niña a su habitación, Elian marcó un número.

—Dante. Tenemos compañía. Elimínalo.

Valeria lo detuvo.

—No. Nada de violencia delante de ella.

Elian colgó, frustrado.

—Entonces, ¿qué propones, genio?

Valeria pensó rápido. Estrategia. Venganza.

—Usémoslo. Fingimos una pelea pública. Yo salgo llorando a la playa. Él se acerca a “consolarme”. Le saco información sobre Isabella. Luego, lo mandamos de vuelta con un mensaje: dile que si toca a mi hija, la entierro viva.

Elian sonrió, impresionado.

—Eres perversa.

—Y tú mi socio perfecto —replicó ella.

El plan se ejecutó esa tarde. Valeria salió a la playa, fingiendo sollozos, gritando hacia la villa: “¡Eres un monstruo, Elian! ¡No soporto más!”

El detective mordió el anzuelo. Se acercó, fingiendo ser turista.

—¿Señora? ¿Necesita ayuda?

Valeria lo miró con ojos rojos (lágrimas falsas, cortesía de las gotas).

—Mi esposo… es un tirano. ¿Sabe? Isabella tenía razón. Debería haberlo dejado.

El hombre sonrió, sacando un móvil.

—Isabella me envía. Dígame todo. Fotos, detalles. Le pago bien.

Valeria fingió dudar, luego soltó una bomba.

—Dígale que Amelia no es de Elian. Es de otro. La prueba de ADN era falsa. Quiero el divorcio y la mitad de todo.

El detective grabó, emocionado.

—Perfecto. Isabella estará encantada.

Cuando se fue, Elian salió de las sombras, aplaudiendo.

—Brillante. Ahora Isabella creerá que hay grietas. Vendrá ella misma. Y cuando lo haga…

Valeria terminó la frase.

—… la atrapamos. Venganza servida en bandeja de plata.

Se miraron, su complicidad ardiendo.

Pero la noche trajo más fuego.

La cena en la terraza: velas, mariscos, vino. Amelia entre ellos, contando chistes tontos que los hacía reír.

—Papi, ¿por qué el pez no puede jugar al fútbol? —preguntó Amelia, con sus ojitos brillantes.

Elian fingió pensar.

—¿Por qué?

—Porque tiene miedo de la red —rió ella, aplaudiendo sola.

Valeria no pudo evitar sonreír. Dulce, tierna, traviesa. Su niña era perfecta.

Después, la acostaron juntos. Elian le leyó un cuento, con una voz suave. Valeria cantó una nana. Amelia se durmió con una sonrisa, ajena al peligro.

En la habitación, solos de nuevo, Elian tomó la mano de Valeria.

—Gracias —dijo simplemente.

—¿Por qué?

—Por dejarme ser parte de esto. De ella.

Valeria suspiró.

—No lo hago por ti. Lo hago por Amelia. Merece un padre. Aunque sea uno que odio.

Elian la atrajo hacia sí.

—Ódiame todo lo que quieras. Pero bésame como si me amaras.

Y lo hizo. Con fuego. Con pasión que borraba el odio temporalmente.

Pero en la oscuridad, mientras él dormía, Valeria sacó su móvil secreto. Un mensaje para su madre: “Mantén los ojos abiertos. Los chinos vienen. Protégela si fallamos.”

Venganza, estrategias, amor. Todo por Amelia.

La luna de miel continuaba. Pero la tormenta apenas empezaba.

Y en algún lugar de Italia, Isabella Valenti recibía el video del detective, sonriendo como una depredadora.

—Pobre Valeria. Crees que puedes jugar conmigo. Pero yo tengo el as bajo la manga: el verdadero padre de Amelia no es Elian. Y cuando lo revele… todo se derrumba.

La venganza tenía un nuevo jugador.

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