Capítulo 8 Baile de Máscaras
Un silencio gélido cayó sobre la sala entera, y Valerius sintió, a través del hilo dorado, que el corazón de Luna se aceleraba con el mismo terror creciente que atenazaba el suyo propio.
—Y si el Lazo es la fuente del problema —concluyó Kaelen, con una frialdad absoluta que no dejaba espacio para negociación alguna —el Concilio tiene la autoridad y la obligación de eliminarlo. Por completo. Y con él, lamentablemente, a quienes lo portan.
—¿Nos está amenazando de muerte? —preguntó Valerius, incapaz de mantener la compostura por más tiempo.
—Les estoy dando una oportunidad —corrigió Kaelen, sin la menor traza de disculpa en su voz — Tres días para demostrar que el destino no se equivocó al unirlos. Si no lo logran, si el conflicto en el Bosque de Kaelthorn se convierte en guerra abierta, nosotros mismos eliminaremos el Lazo... eliminándolos a ustedes.
Faltaban dos días para el plazo del Concilio, y Ysolde había decidido que la mejor manera de comenzar la farsa pública era presentarlos ante toda la aristocracia vampírica reunida, el Baile de las Máscaras, una tradición centenaria que se celebraba cada otoño en el Salón de Cristal de la Casa Ashgrave, y a la que asistían las familias más poderosas del clan.
—No sé bailar esto —había protestado Luna esa misma tarde, mirando con desconfianza el vestido de seda color esmeralda que las doncellas habían preparado para ella —Yo bailo alrededor de fogatas, no... lo que sea que ustedes hagan con música de violines.
—Por eso practicaremos —había respondido Valerius, con una paciencia que a él mismo le sorprendió —Una hora. Nada más.
La hora se había convertido en tres, y para cuando llegó la noche del baile, Luna sabía, técnicamente, los pasos del vals aristocrático. Técnicamente.
El Salón de Cristal vivía a la altura de su nombre, paredes enteras de vidrio tallado reflejaban la luz de mil velas suspendidas, multiplicando el resplandor dorado hasta que el ambiente entero parecía sumergido en ámbar líquido. Máscaras de plata y porcelana cubrían los rostros de los invitados, una tradición que permitía, según decían, "la sinceridad detrás del anonimato", aunque Valerius sospechaba que solo servía para que los nobles pudieran chismorrear sin ser identificados con facilidad.
—Recuerda —le susurró Valerius a Luna mientras se acercaban al centro del salón, donde las parejas ya comenzaban a formarse para el primer vals —la mano derecha en mi hombro, la izquierda en la mía. Sigues mi guía, no intentas liderar.
—¿Por qué siempre asumes que yo querría liderar? —preguntó Luna, ajustándose la máscara plateada que cubría la mitad superior de su rostro.
—Porque te conozco —respondió él, con el asomo de una sonrisa que rara vez mostraba en público — Ahora, concéntrate.
La música comenzó, un vals lento, elegante, tejido por un cuarteto de cuerdas situado en un balcón elevado. Valerius colocó una mano firme en la cintura de Luna y sostuvo la otra en alto, esperando.
—Uno, dos, tres —contó él, en voz baja, mientras la guiaba en el primer paso —Uno, dos, tres.
Ella tropezó en el segundo compás, pisándole el pie con una fuerza que, en cualquier otra circunstancia, le habría arrancado una mueca de dolor.
—Lo siento —murmuró Luna, sin sonar demasiado arrepentida.
—Sigue mi guía —repitió Valerius, sin perder el ritmo—No pienses en los pasos. Solo síguelos.
Para su sorpresa, funcionó, a medida que la música ganaba fluidez, Luna dejó de contar mentalmente y comenzó a moverse con la misma gracia instintiva que empleaba en el bosque, adaptando el vals a algo más natural, más suyo. Valerius sintió, a través del hilo dorado, cómo la tensión de ella se transformaba en algo parecido al disfrute.
—Esto no está tan mal —admitió ella, girando bajo el brazo de él con una fluidez sorprendente.
—Lo dices como si te hubiera arrastrado a una tortura.
—Me arrastraste a una lección de tres horas sobre cómo sostener un tenedor. Perdona si mis expectativas eran bajas.
A su alrededor, las demás parejas giraban con la elegancia calculada de siempre, pero Valerius notó, con una mezcla de irritación e inevitable orgullo, que varias máscaras se giraban discretamente hacia ellos, observando al heredero Ashgrave bailar con la Alfa Fairwind con una naturalidad que nadie esperaba.
La música se aceleró levemente, entrando en la segunda parte de la pieza, y Valerius aumentó el ritmo de sus pasos en consecuencia. Fue entonces cuando notó que Luna se acercaba más de lo estrictamente necesario, su mano deslizándose ligeramente más arriba en el hombro de él, su cuerpo inclinándose hacia el suyo en cada giro con una cercanía que el vals formal no exigía en absoluto.
—Estás demasiado cerca —murmuró Valerius, sin poder evitar que su voz sonara más ronca de lo que pretendía.
—¿Ah, sí? —respondió Luna, sin retroceder ni un centímetro —No me había dado cuenta.
Pero Valerius, a través del hilo, sintió la mentira, ella sí se había dado cuenta, y una parte de ella, una parte que probablemente no quería admitir ni a sí misma, disfrutaba exactamente de aquella cercanía.
El vals continuó, y con cada giro, cada paso, la distancia entre ambos parecía reducirse un poco más, hasta que Valerius podía sentir el calor del cuerpo de Luna contra el suyo, el roce de la seda esmeralda contra su chaqueta negra, el aroma a bosque y tormenta que ella siempre llevaba consigo, incluso en medio de aquel salón cargado de perfumes aristocráticos.
—Luna —dijo él, en tono de advertencia, mientras la guiaba en un giro final.
—¿Qué? —preguntó ella, alzando la vista hacia él, sus ojos dorados brillando detrás de la máscara plateada con un desafío travieso que no hacía nada por ayudar al control que Valerius intentaba mantener.
—Sabes exactamente qué.
La música llegó a su clímax final, y Valerius, siguiendo la coreografía tradicional del vals, atrajo a Luna hacia sí en el último giro con más fuerza de la estrictamente necesaria, sus cuerpos quedando completamente juntos durante el instante final de la pieza, sus rostros a centímetros de distancia bajo la luz dorada de las velas suspendidas.
La música se detuvo. Las demás parejas se separaron con reverencias educadas, aplausos discretos llenando el salón.
Valerius y Luna permanecieron inmóviles, todavía entrelazados, el corazón de ambos latiendo con una intensidad que el hilo dorado transmitía sin piedad entre ellos.
—No te muevas así —susurró Valerius contra el oído de ella, su voz baja, tensa, cargada de una advertencia que no lograba sonar tan firme como pretendía —O no respondo por lo que haga.
