Capítulo 9 Confesiones a Gritos

Los tres días de plazo habían transcurrido entre preparativos tensos y una convivencia forzada que había dejado los nervios de ambos completamente desgastados. Y ahora, la noche antes de presentarse ante los clanes reunidos en el Bosque de Kaelthorn, la presión finalmente encontró su punto de quiebre en el jardín trasero de la Mansión Ashgrave.

Había comenzado como una discusión sobre logística, quién hablaría primero ante los líderes reunidos, cómo debían presentarse, qué tono debían adoptar, pero se había transformado, con la velocidad de la yesca ante una chispa, en algo mucho más profundo y mucho más peligroso.

—Tus guardabosques atacaron primero —dijo Valerius, caminando de un lado a otro por el sendero de grava entre los rosales podados con precisión geométrica, su voz cargada de una frustración que llevaba días acumulando —Los informes de mi propio clan lo confirman. Cruzaron la frontera y atacaron sin previo aviso.

—Tus informes están manipulados por trescientos años de propaganda vampírica —replicó Luna, de pie junto a una fuente de piedra, con los brazos cruzados y los ojos dorados brillando con una furia que igualaba la de él —Mi gente solo se defendió de una emboscada.

—¿Una emboscada? Los lobos no conocen el concepto de estrategia, Luna. Atacan por instinto, por rabia, sin pensar en las consecuencias. Es exactamente lo que hicieron esta noche en el bosque, y es exactamente lo que han hecho durante generaciones.

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera contenerlas, y Valerius vio, con una punzada de arrepentimiento tardío, cómo el rostro de Luna se transformaba de furia a algo mucho más herido.

—¿Eso es lo que realmente piensas de nosotros? —preguntó ella, su voz peligrosamente baja — ¿Animales sin control, sin razón, sin nada más que instinto?

—No dije eso.

—Lo dijiste exactamente así —Luna dio un paso hacia él, la luz de la luna plateando su cabello suelto—Permíteme corregirte, Valerius. Mi manada perdió a cuarenta y tres personas hace dos generaciones, cuando tu propia familia decidió que nuestro territorio ancestral les convenía más a ellos. Cuarenta y tres cambiaformas, quemados en sus propias casas mientras dormían, porque tu abuelo consideró que la tierra donde vivíamos tenía mejor drenaje para sus jardines.

Valerius sintió que el estómago se le encogía. —Eso ocurrió antes de que yo naciera.

—¿Y crees que eso lo hace menos real? ¿Crees que el dolor desaparece solo porque tú no estuviste allí para causarlo directamente? —La voz de Luna temblaba ahora, no de furia sino de un dolor antiguo que llevaba toda la vida cargando —Crecí escuchando las historias de mi abuela sobre cómo corrió por el bosque cargando a su hermana menor mientras las llamas consumían todo lo que conocían, huyendo de vampiros que consideraban que nuestras vidas valían menos que la vista desde una ventana.

—Mi familia también ha sufrido a manos de los tuyos —replicó Valerius, la vieja herida familiar aflorando con una amargura que no había esperado sentir tan intensamente —Mi tío abuelo fue destrozado por una manada entera durante una disputa fronteriza, hace ciento veinte años. Lo encontraron en pedazos, Luna. Pedazos. Porque tus ancestros decidieron que la venganza colectiva era más importante que la justicia individual.

—¡Porque probablemente hizo algo para merecerlo!

—¿Así es como funciona la justicia entre los cambiaformas? ¿Culpa colectiva, castigo brutal, sin juicio ni consideración?

—¡Al menos nosotros sentimos algo cuando actuamos! —gritó Luna, su control finalmente resquebrajándose por completo —Ustedes los vampiros calculan cada movimiento como si fuera una partida de ajedrez. Sus emociones están tan enterradas bajo protocolos y etiqueta que dudo que recuerden lo que se siente estar realmente vivos. Todo en tu mundo es frío, calculado, perfecto en la superficie y completamente vacío por dentro.

—¿Vacío? —repitió Valerius, la ira y algo más doloroso mezclándose en su pecho —Te sorprendería saber lo que hay debajo de esa "perfección" que tanto desprecias.

—¿Ah sí? Ilumíname, entonces. Dime qué se siente ser un Ashgrave, criado para ser una estatua elegante en lugar de una persona.

—¡Se siente como estar completamente solo! —explotó Valerius, la voz elevándose más de lo que recordaba haber gritado en décadas —¡Se siente como pasar trescientos años rodeado de familia y aliados y nunca, ni una sola vez, poder mostrar debilidad, dudas, o dolor sin que alguien lo use en tu contra! ¡Mi propia abuela me evalúa cada día como si fuera una inversión que podría fracasar, no un nieto al que ama! ¡Cada decisión que tomo está calculada para proteger un legado que nunca elegí, y tú te atreves a llamarlo "perfecto"!

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido distante de la fuente de piedra y la respiración agitada de ambos.

—Al menos tú tienes un legado que proteger —dijo Luna, finalmente, su voz quebrándose—. Yo tengo una manada que depende de mí para no repetir los errores del pasado, para mantenernos libres cuando todo el mundo quiere encadenarnos, domesticarnos, hacernos "civilizados" según sus propios términos. —Miró a Valerius con una intensidad que dolía—. Y ahora el destino me encadena a ti, al mundo que representa exactamente todo lo que mi gente ha luchado por evitar durante generaciones.

—¿Crees que yo lo elegí? —replicó Valerius—. ¿Crees que quería esto, atarme a alguien que rompe reliquias familiares, que gruñe en las cenas formales, que representa el caos que he pasado toda mi vida tratando de controlar?

—¡Entonces déjame ir! —gritó Luna, las lágrimas de furia brillando en sus ojos dorados —¡Si tanto odias lo que soy, encuentra la manera de romper esto de una vez por todas!

—¡No puedo controlarlo, Luna! ¡Ese es exactamente el problema!

—¡Pues bienvenido al club! —Luna dio un paso más hacia él, su pecho subiendo y bajando con respiraciones agitadas —¡Odio tu mundo perfecto sin alma! ¡Odio que me hayan traído aquí para convertirme en una muñeca de porcelana con modales aprendidos! ¡Odio que cada vez que te miro sienta cosas que no debería sentir por alguien que representa todo lo que desprecio!

Las palabras de Valerius escaparon antes de que pudiera detenerlas, arrancadas desde algún lugar profundo y descontrolado que llevaba semanas negando.

—¡Y yo odio que tú seas la única cosa que no puedo controlar!

El eco de ambas confesiones quedó suspendido entre ellos en el aire nocturno del jardín, más reveladoras y más peligrosas que cualquier grito de furia que las hubiera precedido.

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