Capítulo 1 Capítulo 1: El eco de una traición

El aire acondicionado del Hospital Metropolitano golpeaba mi rostro, pero no lograba enfriar el ardor de mis nervios. Cuatro años. Habían pasado exactamente cuatro años desde la última vez que pisé una facultad de medicina, desde la última vez que permití que alguien viera mi vulnerabilidad.

—Dra. Harrington, ¿está conmigo o sigue en el taxi? —Thiago Sterling, mi compañero de residencia, me dio un pequeño empujón con el hombro. Él rebosaba la energía típica de quien no ha dormido, pero está cumpliendo un sueño—. Vamos, Zoe, hoy dejamos de ser estudiantes para ser dioses con bata.

—Solo intenta no matar a nadie en tu primer día, Thiago —respondí con una sonrisa forzada, apretando la correa de mi bolso.

El vestíbulo era un caos de camillas y uniformes azules. De repente, el tiempo se detuvo. Al fondo del pasillo, rodeado de enfermeras que anotaban cada una de sus palabras, estaba él. La misma espalda ancha, el porte arrogante y esa forma de caminar que gritaba autoridad. Mi corazón se saltó un latido. No. Él no puede estar aquí.

—Ese es el Dr. Blackwood —susurró Thiago con admiración—. El Jefe de Residentes más joven en la historia de este hospital. Dicen que es un genio, pero que tiene un bloque de hielo donde debería estar el corazón.

Ian se giró. Sus ojos azules, antes cálidos como el mar en verano, ahora eran dos témpanos gélidos. Me recorrió de arriba abajo con una lentitud insultante. No hubo sorpresa en su rostro, solo un desprecio profundo que me revolvió el estómago.

—Llegan tarde —su voz, ahora más grave y autoritaria, cortó el aire—. Sterling, al área de urgencias. Ahora.

Thiago asintió y salió corriendo. Me quedé sola frente a él. Ian dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, obligándome a retroceder hasta chocar con la pared.

—Harrington… —su aliento rozó mi oído, pero no había rastro de la ternura que una vez creí encontrar en él—. Me preguntaba cuánto tardarías en volver a arrastrarte por aquí. ¿Te quedaste sin dinero o simplemente te cansaste de huir con cualquiera?

—Vine a terminar mi carrera, Dr. Blackwood —dije, tratando de que mi voz no temblara.

—Aquí no vienes a terminar nada. Vienes a servirme. Y créeme, voy a hacer que cada minuto de tu residencia sea un infierno.

Se alejó sin esperar respuesta, dejándome con el sabor amargo de la humillación. Al verlo caminar con esa suficiencia, el presente se desvaneció y me vi transportada a aquella tarde lluviosa, cuatro años atrás…

Flashback: 4 años atrás…

Estaba a punto de entrar al vestidor de la facultad para darle una sorpresa a Ian. Habíamos pasado nuestra primera noche juntos hacía apenas una semana y yo sentía que tocaba el cielo. Traía su café favorito, pero me detuve en seco al escuchar las risas desde el otro lado de la puerta.

—¡Paga, Mark! Te dije que la "ratoncita de biblioteca" caería antes de los exámenes —la voz de Ian era clara, triunfante.

Asomé la mirada por la rendija. Vi a Mark extendiendo un fajo de billetes e Ian guardándolos en el bolsillo de su bata con una sonrisa de suficiencia.

—Cien dólares por la virtud de la santa Zoe Harrington. Barato te salió, Ian —se burló otro de sus amigos—. ¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir con el teatro?

—Por supuesto que no —respondió Ian, guardando su estetoscopio—. Mi madre tiene razón, Zoe es solo una distracción. Leticia es la mujer que mi familia espera, ella tiene el estatus que necesito. Zoe fue solo… un reto entretenido. Un trámite que ya completé.

El café cayó de mis manos, empapando mis zapatos. Mi mundo se hizo pedazos mientras los escuchaba reírse de mi entrega, de mi amor, de mi primera vez. En ese momento entendí que para él yo no era una mujer, era una apuesta ganada.

—¡Harrington! ¿Se quedó dormida de pie? —el grito de Ian desde la puerta de su oficina me trajo de vuelta.

Él estaba allí, de pie, esperándome con una carpeta en la mano y esa mirada de odio que no lograba comprender del todo. Si él era quien me había usado, ¿por qué me miraba como si yo fuera la traidora?

Entré en su oficina, sintiendo que el peso de mis secretos me aplastaba. Tenía que sobrevivir a él. Tenía que terminar esta residencia. Por mí, y por la razón que me esperaba cada tarde en casa y de la que él nunca debía enterarse.

—Cierre la puerta —ordenó Ian, sentándose tras su escritorio—. Tenemos mucho de qué hablar sobre su nuevo... contrato de trabajo.

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