Capítulo 4 verdad
Narrado por Zoe
La madrugada en el Hospital Metropolitano tenía un peso distinto. El silencio no era paz, era una tregua frágil que podía romperse con el sonido de una sirena o el código rojo de un monitor. Me encontraba en la estación de enfermería, repasando los expedientes de la planta de trauma bajo la luz fluorescente que parpadeaba con un zumbido irritante.
—Vaya cara de cansancio, Harrington. —Santi Crawford se dejó caer en la silla de al lado, ofreciéndome un vaso de café humeante—. Parece que el "Jefe de Hielo" te ha tenido corriendo toda la noche.
—Gracias, Santi —dije, aceptando el café. Él siempre había sido el más relajado del grupo, el anestesista que prefería una broma a una discusión.
—Sabes, a veces te miro y me cuesta creer que estás aquí —continuó él, apoyando los pies en un escritorio vacío—. Para nosotros, eras "la chica que desapareció". Un día estabas rindiendo el examen de anatomía y al siguiente, puf, rastro borrado.
Ian, que estaba a unos metros revisando una tabla de medicación, se tensó. No se giró, pero su espalda se volvió una línea rígida de músculos bajo la bata blanca.
—"La desaparecida" —repetí en un susurro, sintiendo una risa amarga subir por mi garganta. Miré fijamente a Ian, aunque él seguía dándome la espalda—. Es curioso. He tenido tantos apodos en este círculo, ¿no? La becada, la ratona de biblioteca, la desaparecida…
Ian se giró lentamente. Sus ojos azules estaban oscuros, cargados de una tormenta que amenazaba con estallar.
—Ninguno de esos nombres importa ahora, Harrington. Eres una residente y punto —escupió él con frialdad.
—Tienes razón, Ian —dije, sosteniéndole la mirada con una valentía que no sabía que tenía—. Pero hubo un apodo que siempre me pareció el más creativo de todos. El más… valioso.
Santi me miró confundido. Ian entrecerró los ojos.
—¿Ah, sí? ¿Cuál? —preguntó Santi con curiosidad genuina.
—La chica de los cien dólares —solté, dejando que las palabras cayeran como piedras en un estanque de cristal.
El silencio que siguió fue absoluto. Santi se quedó con la boca abierta, el vaso de café a medio camino. La mandíbula de Ian se apretó tanto que creí escuchar el crujido de sus dientes.
—Zoe… —Santi bajó la voz, su tono lleno de una culpa súbita—. ¿Tú… tú lo sabías?
—Lo supe cada segundo de estos últimos cuatro años, Santi —respondí con una sonrisa triste—. Escuché cada risa en los vestidores. Vi el dinero cambiar de manos.
—Zoe, de verdad, yo… —Santi se puso de pie, luciendo genuinamente compungido—. Me siento como un idiota. Intenté decirte algo después, me sentí fatal por no haberte avisado de la estupidez que Ian y Mark estaban planeando. Ahora lo veo y me doy cuenta de lo infantiles que fuimos. Por favor, perdóname, yo no tuve nada que ver con el dinero, pero el silencio me hace cómplice.
—No pasa nada, Santi —lo interrumpí suavemente—. Eras su amigo. Las lealtades masculinas suelen ser así de ciegas. Ya no importa.
—¿Que no importa? —La voz de Ian tronó, rompiendo la calma. Dio tres pasos rápidos hasta quedar frente a mí, su sombra cubriéndome por completo—. ¡Si lo sabías, eres una cobarde!
—¿Perdón? —pregunté, incrédula.
—¡Lo que oyes! —gritó, y el odio en su voz era tan palpable que Santi retrocedió un paso—. En lugar de entrar ahí y enfrentarme, en lugar de decirme a la cara lo que habías escuchado, hiciste lo que mejor sabes hacer: huir. Te fuiste como una rata, Harrington. Me dejaste como si yo fuera el único culpable de que lo nuestro se fuera al diablo mientras tú te escondías.
—¡Me usaste por una apuesta, Ian! —le grité de vuelta, sintiendo que las lágrimas de rabia quemaban mis ojos—. ¡Le pusiste precio a mi primera vez! ¿Qué querías que hiciera? ¿Que me quedara a ver cómo te casabas con Leticia mientras te reías de mi ingenuidad con tus amigos?
—¡Debiste hablar! —rugió él, golpeando la mesa de enfermería con el puño—. ¡Cualquier persona con dignidad se habría quedado a pelear! Pero no, preferiste desaparecer y dejarnos a todos con la duda de si estabas muerta o simplemente te habías cansado de nosotros.
—¿Y qué está pasando aquí? —La voz firme de Elena cortó la pelea. Venía acompañada de Marcos; ambos se detuvieron al ver el círculo de tensión.
—Zoe, ¿estás bien? —Marcos se puso al lado de Ian, pero su mirada estaba fija en mí, llena de preocupación.
—Estamos recordando viejos tiempos, Marcos —dije, limpiándome una lágrima traicionera con el dorso de la mano—. Tiempos en los que algunos de aquí jugaban a ser dioses con la vida de los demás por unos cuantos billetes.
Ian me miró con un odio tan puro que me hizo estremecer. No era el odio de alguien que ha olvidado, era el odio de alguien que sigue sangrando por una herida que él mismo se provocó.
—Vuelve al trabajo, Harrington —dijo él, su voz volviendo a ese tono gélido y profesional—. Tu turno aún no termina. Y no creas que mencionar el pasado te va a salvar de las consecuencias de tu incompetencia hoy.
Se dio la vuelta y se alejó hacia el quirófano, dejando tras de sí un rastro de amargura. Elena puso una mano en mi hombro, apretándolo con fuerza, mientras Marcos y Santi intercambiaban una mirada cargada de pesadez. El círculo de nuestra vieja amistad estaba roto, y los fragmentos cortaban más ahora que hace cuatro años.
