Capítulo 6 Luces de neón y miradas de fuego

La música en el Skyline era un pulso vibrante, un bajo espeso que golpeaba directamente en mis sienes, pero de una forma que me resultaba extrañamente liberadora. El lugar estaba saturado de luces de neón azules y púrpuras que cortaban la penumbra, logrando que las batas blancas, las urgencias médicas y el olor a antiséptico del hospital parecieran un vago recuerdo de otra vida.

—¡Otra ronda de tequilas por aquí! —gritó Sofía sobre el ensordecedor estruendo de los parlantes, levantando su vaso con entusiasmo.

—Sofía, frena un poco el acelerador, que mañana tenemos guardia en el retén de cirugía —advirtió Thiago, aunque él ya llevaba dos cervezas encima y una sonrisa boba en el rostro.

—¡Mañana es mañana, Sterling! Hoy, la Dra. Harrington va a aprender lo que es vivir de verdad —Sofía me deslizó una copa con un líquido ámbar por la mesa de madera.

Miré el vaso con cierta duda. Antes, en mis épocas de la facultad de medicina, dos copas de vino eran más que suficientes para que me diera un sueño pesado. Sin embargo, estos cinco años de maternidad en solitario, estudios nocturnos y batallas silenciosas contra la adversidad me habían endurecido de formas que no esperaba. Bebí el trago de un solo golpe. El ardor crudo en la garganta fue bienvenido; quemaba de golpe las palabras de impotencia que no le había dicho a Ian durante la tormentosa guardia de la mañana.

—¡Eso es! —celebró Thiago, aplaudiendo—. Mírala, Elena, ¡nuestra residente estrella tiene aguante!

Me giré abruptamente al escuchar el nombre de mi amiga y me di cuenta de que el grupo de los "veteranos" acababa de ingresar al local. Elena, Mark, Santi e Ian. Me sorprendió gratamente no ver la perfecta cabellera rubia de Leticia pegada al brazo de Ian por primera vez en todo el día. Santi Crawford, siempre el alma de cualquier fiesta, se percató de nuestra presencia y se acercó a nuestra mesa con una sonrisa de oreja a oreja.

—Pero bueno, ¿qué hace la nueva generación de R1 mezclada con el alcohol de contrabando? —bromeó Santi, apoyándose en el respaldo de mi silla—. Únanse a nuestra zona, el Dr. Montgomery paga la primera ronda de los jefes de servicio.

Sofía soltó una carcajada estrepitosa y miró a Santi con un descaro divertido.

—Ay, Dr. Crawford, mil gracias por la tentadora oferta, pero estamos perfectamente en este rincón —dijo ella, guiñándome un ojo con picardía—. No necesitamos pasar nuestra única noche libre con los "dinosaurios" del hospital. Aquí la energía es completamente otra.

Me reí con ganas, aunque luego le di un pequeño y amistoso golpe en el brazo a mi compañera.

—Oye, que yo soy casi de la misma edad de ellos —me quejé, sintiendo ya el mareo juguetón y cálido del alcohol relajando mis músculos.

—Tú eres diferente, Zoe —intervino Thiago, pasando un brazo protector por mis hombros—. Tú tienes alma de R1, ellos ya tienen alma de jubilados amargados.

Elena se acercó a nosotros en ese momento, luciendo un vestido negro ajustado que la hacía ver espectacular. Se fijó detalladamente en mi copa vacía y luego en mis mejillas sonrojadas por el tequila. Me dedicó una sonrisa cómplice, casi orgullosa.

—Vaya, Harrington… parece que ahora toleras mucho mejor el trago que en los viejos tiempos de la universidad —comentó Elena, ignorando olímpicamente la mirada de piedra que Ian nos lanzaba desde la barra—. Definitivamente te sentó bien el retiro.

—He tenido que aprender demasiadas cosas estos cinco años, Elena —respondí, devolviéndole la sonrisa con una confianza que solo el whisky y el tequila te otorgan—. Aprendí a aguantar el sueño, a soportar el dolor y, por lo visto, a procesar el alcohol.

—¡Zoe! ¡Mira a ese tipo de allá! —Sofía me tomó de la barbilla y me señaló a un grupo de hombres en la mesa de al lado—. El del reloj de plata me dijo en la entrada que es abogado. Ha estado devorándote con la mirada desde que entramos. ¡Vamos a la pista a bailar!

—Sofía, no creo que sea una buena... —intenté protestar, pero ella ya me estaba arrastrando con fuerza hacia la abarrotada pista de baile.

El abogado —un tipo alto, de hombros anchos y con una sonrisa sumamente amable— se acercó de inmediato al vernos llegar.

—¿Te debo una pieza, doctora? —preguntó él, inclinándose hacia mi oído para que pudiera escucharlo sobre los bajos.

—Solo si prometes no hablar de leyes en toda la noche —respondí, riendo por el atrevimiento.

Sofía me dio un empujón juguetón hacia él y terminamos en medio del tumulto. La música cambió a un ritmo urbano, lento, pesado y sensual. El abogado colocó con delicadeza sus manos en mi cintura y yo, por primera vez en cinco largos años, no me alejé del contacto masculino. Empecé a moverme al ritmo de la música, cerrando los ojos por momentos y dejando que la intensa vibración del Skyline me envolviera por completo.

Quería olvidarlo todo. Quería olvidar el maldito contrato de trabajo que Ian me obligaba a cumplir, quería olvidar el frío helado de su oficina y el calor abrasador de sus ojos cuando me demostraba su odio. Quería olvidar que en casa había un niño hermoso que era su vivo retrato.

—Bailas increíble para ser doctora —me elogió el abogado, pegándose un poco más a mi cuerpo, siguiendo el compás.

—Y tú no pareces tan aburrido para ser un abogado —le contesté, echando la cabeza hacia atrás, riendo con total libertad.

A través de las ráfagas de las luces estroboscópicas, abrí los ojos un segundo y divisé a Ian. Estaba apoyado contra la barra de madera, con un vaso de whisky corto en la mano, absolutamente solo en medio de la multitud. No estaba interactuando con Mark ni con Santi. Me miraba fijamente, con una intensidad destructiva que casi podía sentir quemándome la piel a través de la distancia. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía que los huesos iban a romperse.

Le sostuve la mirada sin pestañear, desafiante, mientras continuaba bailando estrechamente con el desconocido. "Mírame bien, Ian", pensé con la temeraria valentía de la embriaguez. "Mira fijamente a la chica que rompiste en pedazos por cien dólares. Ya no es tuya. Ya no te pertenece, ni le importas".

Giré elegantemente sobre mi propio eje, dejando que mi cabello castaño rozara levemente el rostro del abogado, y me perdí de nuevo en el ritmo de la discoteca, riendo a carcajadas mientras el hostil mundo exterior desaparecía por completo. Por una sola noche, Zoe Harrington no era una madre con un secreto enorme ni una residente humillada por su jefe. Era simplemente una mujer libre, brillando bajo las luces de un sábado que me pertenecía única y exclusivamente a mí.

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