Capítulo 7 Fuego bajo la tormenta
El alcohol era un velo cálido y espeso que me protegía del dolor del mundo, pero resultó completamente insuficiente para protegerme de él. De un segundo a otro, sentí una mano de hierro cerrarse con una fuerza incuestionable sobre mi muñeca izquierda, arrancándome de golpe del ritmo de la música y del abrazo protector del abogado.
—¡Oye! ¿Qué demonios te pasa? —protestó el hombre con el que bailaba, dando un paso al frente para encarar al intruso, pero sus palabras se congelaron en su garganta en cuanto vio la expresión letal de Ian.
Ian ni siquiera se dignó a mirarlo. No dijo una sola palabra. Me arrastró fuera de la pista de baile con una determinación implacable, ignorando las miradas estupefactas de Sofía y Thiago, atravesando la multitud del Skyline como un auténtico rompehielos en un mar de neón. Sus dedos quemaban mi piel a través de la tela. Me sacó a empujones por la puerta trasera de emergencia del local, hacia el callejón oscuro donde la lluvia de la ciudad empezaba a caer con una fuerza torrencial y repentina.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo allí dentro, Zoe? —rugió en cuanto estuvimos a solas, su voz compitiendo salvajemente con el estruendo del agua golpeando contra los contenedores de metal.
—¡Bailar! ¡Estaba bailando! —le grité de vuelta, intentando con todas mis fuerzas zafarme de su doloroso agarre. El frío del agua chocando contra mi piel hirviente por el baile me hizo temblar de pies a cabeza—. ¡Suéltame de una vez, Ian! ¡Me estás lastimando!
—Parecías una cualquiera ahí dentro —escupió con un odio tan visceral que sentí como si me atravesara el pecho con un bisturí—. Restregándote sin pudor contra un completo desconocido, dejando que te tocara de esa manera frente a medio personal del hospital. ¿Esa es la dignidad que tanto pretendes defender? ¿Así de bajo has caído en estos cinco años de exilio?
Me zafé de su mano con un tirón violento y me planté firmemente frente a él. Estaba empapada, con el agua corriendo por mi rostro, el maquillaje seguramente deshecho y el corazón galopando como un animal acorralado.
—Fuera del hospital, tú no tienes el más mínimo derecho a mandar en mi vida —le siseé, apuntándolo con el dedo directamente al pecho—. No eres mi jefe aquí, Ian. No eres mi dueño. No eres absolutamente nada mío. Si decido acostarme con ese abogado o con cualquier otro hombre que se me cruce por delante, no tienes ninguna maldita autoridad para reclamarme nada.
Él soltó una risa amarga, un sonido seco que me recordó al crujido de cristales rotos. Se acercó tanto que su imponente silueta bloqueó la poca luz del callejón; pude oler el whisky de su aliento mezclado con la pureza de la lluvia.
—Tienes toda la razón. No soy nada tuyo —admitió, sus ojos encendiéndose en la penumbra—. Pero me enferma ver cómo te vendes tan fácil al mejor postor.
—¿Venderme? —reí con ironía herida, sintiendo que el alcohol me otorgaba una lengua de fuego—. ¿Y qué fue lo que apostaron esta vez, Ian? Vamos, dímelo en la cara. ¿Apostaron veinte dólares en esta ocasión? ¿O como para ti ya estoy "usada", la tarifa bajó a un simple café de máquina? ¿Eso es lo único que valgo ahora para tus distinguidos amigos del club?
El rostro de Ian se transformó por completo bajo la luz de la farola. La furia ciega se convirtió en algo mucho más oscuro, espeso y peligroso. Sus ojos bajaron de golpe a mis labios mojados y luego volvieron a clavarse en los míos con una fijeza hipnótica.
—Cállate —susurró, su voz descendiendo a una octava peligrosa.
—¿Te duele escuchar la verdad? ¿Te desestabiliza saber que soy plenamente consciente del precio que me pusiste en ese vestidor? —seguí provocándolo, incapaz de contenerme, arrastrada por el resentimiento acumulado—. Ya no soy la ingenua ratona de biblioteca, Ian. Ya no puedes romperme con tus humillaciones profesionales.
—He dicho que te calles —repitió, y antes de que pudiera articular una sola palabra más, su boca se estrelló contra la mía con una violencia desesperada.
No fue un beso de amor ni de reconciliación. Fue un choque brutal de odio, de reclamos mudos y de un resentimiento acumulado durante más de mil ochocientas noches de dolorosa ausencia. Sabía a lluvia helada, a whisky caro y a una desesperación animal que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir en voz alta. Mis manos, que lógicamente deberían haberlo empujado lejos, se enredaron con fuerza en el cuello de su camisa empapada, tirando de él hacia mí con la misma intensidad salvaje con la que sus dedos se aferraban a mi nuca para impedir que escapara.
No hubo espacio para las palabras. Solo el eco de nuestras respiraciones agitadas y el incansable golpeteo del agua contra el pavimento del callejón. Era una lucha de poder pura disfrazada de un deseo incontenible. Él me besaba como si quisiera borrar de manera obsesiva el rastro de cualquier otro hombre de mi piel, y yo le devolvía el impacto con el hambre acumulada de quien ha estado en un ayuno emocional durante años.
Sin romper en ningún momento el contacto de nuestros labios, Ian me guio a ciegas hacia el final del callejón, donde su auto negro brillaba bajo la parpadeante luz de la calle. Sacó las llaves con un movimiento torpe, abrió la puerta trasera de un tirón y me empujó dentro, metiéndose inmediatamente detrás de mí.
El silencio del interior del vehículo, roto únicamente por el rítmico e incesante tamborileo de la tormenta sobre el techo metálico, fue ensordecedor. No nos miramos a los ojos. No dijimos "te extraño", ni mucho menos un "te odio". No había el más mínimo espacio para la lógica o el arrepentimiento; solo importaba la adrenalina pura que corría por nuestras venas y el fuego que nos consumía por dentro.
Me arrastró hacia su cuerpo en la estrechez del asiento trasero, sus manos buscando desesperadamente la calidez de mi piel bajo el vestido húmedo. Yo no hice nada por detenerlo. En ese preciso instante de debilidad absoluta, no importaba el estúpido contrato, no importaba la sombra de Leticia, ni la maldita apuesta del pasado. Solo importaba el calor sofocante de su cuerpo contra el mío en medio de la tormenta. Nos dejamos arrastrar por la marea, permitiendo que el instinto tomara por completo el mando de un barco que sabíamos que se hundía, sin pronunciar una sola palabra sobre lo que este error significaría cuando saliera el sol.
