Capítulo 5 5

La mancha dejó de ser pequeña antes de que Jade alcanzara el coche.

Seguía apoyada contra la columna del estacionamiento, con el teléfono apretado en una mano. El dolor regresó, esta vez más bajo y más fuerte. Jade cerró los ojos.

—No. Quédate conmigo.

Respiró una vez. Después otra.

Tenía que pedir ayuda.

Desbloqueó el teléfono, pero las letras parecían moverse. Intentó encontrar el número de emergencias y perdió el equilibrio.

—Señorita, ¿está bien?

Una voz llegó desde algún punto detrás de ella.

Jade quiso responder.

La sangre volvió a correr.

Dio un paso.

Las rodillas cedieron.

Escuchó un chirrido de llantas, varias voces y a alguien gritando su nombre.

Después no escuchó nada.

Cuando volvió en sí, lo primero que hizo fue llevarse una mano al vientre.

—¿El bebé?

—Todavía no ha entrado la doctora.

Jade giró la cabeza.

Draco estaba sentado junto a la ventana.

Seguía usando el mismo traje. La corbata estaba floja y había dejado la chaqueta sobre otra silla. Tenía un vaso de café intacto junto al teléfono.

—¿Cómo supiste que estaba aquí?

—Eso no importa.

—Claro que importa.

—Luego.

—No quiero un luego contigo.

Draco bajó la vista.

Jade se fijó entonces en sus manos. Tenía los nudillos blancos de tanto mantenerlas cerradas.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Casi tres horas.

—¿Y sabes algo?

—Solo que el sangrado se detuvo.

Jade tragó saliva.

—Hace tres horas querías que terminara el embarazo.

Draco la miró.

—Lo sé.

—Entonces no pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de alguien que está esperando que le digan que el bebé sigue vivo.

Por primera vez, Draco no tuvo una respuesta.

La puerta se abrió.

Una doctora entró con una carpeta.

—Qué bueno que despertó, señorita Morel.

Jade no esperó.

—¿El bebé está bien?

La doctora se acercó a la cama.

—Sí. El embarazo continúa y, por ahora, los estudios son tranquilizadores.

Jade soltó el aire de golpe.

Cerró los ojos apenas un segundo.

Seguía ahí.

—Ha tenido una amenaza de aborto —continuó la doctora—. Necesitará reposo estricto, evitar esfuerzos y reducir al máximo el estrés. Si vuelve a sangrar, regresa inmediatamente.

—¿Puedo irme a casa?

—Cuando terminemos de observarla. Le hemos administrado medicación para apoyar el embarazo y deberá continuarla en casa a la misma hora todos los días. Quiero verla de nuevo en una semana, antes si aparece dolor fuerte o vuelve el sangrado.

Jade asintió.

—¿Y puedo trabajar?

—Ahora mismo, no. Reposo. Y hay otra condición: no puede quedarse sola.

La doctora miró a Draco.

—¿Usted es el padre?

—Sí.

No hubo vacilación.

Jade volvió la cabeza hacia él.

—Qué rápido.

Draco no respondió.

La doctora pasó una hoja.

—¿Tiene familiares cercanos que puedan acompañarla?

—No.

—¿Alguna amiga?

Jade pensó unos segundos.

—Puedo organizarlo.

—Necesito una persona concreta.

—Yo me encargo —dijo Draco.

Jade lo miró.

—No.

La doctora levantó la vista de la carpeta.

—Pueden decidir quién será. Lo importante es que no pase la noche sola y que tenga ayuda si vuelve el dolor o el sangrado.

Dejó las indicaciones sobre la mesa.

—Regreso en un rato.

La puerta se cerró.

Jade esperó dos segundos.

—No necesito que me cuides.

—Eso no lo decides sola.

—Claro que sí.

—No cuando también estás decidiendo por mi hijo.

Jade apretó la sábana.

—No vuelvas a llamarlo así.

—¿Cómo?

—“Mi hijo”.

—Lo es.

—Hace unas horas era una responsabilidad que no querías asumir.

Draco recibió la frase sin moverse.

—Y ahora casi lo pierdo.

—Yo casi lo pierdo.

Él bajó la mirada.

Jade siguió:

—Yo sangré. Yo caí en un estacionamiento. Yo desperté sin saber si seguía embarazada. No uses lo que me pasó para apropiarte del miedo.

—No estoy intentando apropiarme de nada.

—Acabas de decir “mi hijo”.

Draco se levantó.

—La prueba dice cinco semanas. Hace cinco semanas estabas en mi cama. Ese bebé es mío.

—Biología no te convierte en padre.

—Entonces tendré que aprender el resto.

Jade soltó una risa seca.

—¿Ahora?

—Sí.

—Qué conveniente.

—No he dicho que lo que te propuse estuviera bien.

—Hace unas horas estabas convencido.

—Hace unas horas no te había visto inconsciente en el suelo.

—Eso explica tu miedo. No corrige tu decisión.

Draco pasó una mano por su nuca.

—Lo sé.

Jade lo observó. Odiaba que aquella respuesta sonara más sincera que cualquier defensa que pudiera haber preparado.

—Tampoco has pedido perdón.

Draco tardó un momento.

—Porque decirlo ahora sonaría como si esperara que dejaras de odiarme.

—Por fin entiendes algo.

El silencio duró poco.

—Voy a renunciar —dijo Jade.

Draco levantó la mirada.

—¿Qué?

—Al trabajo. Y me voy a ir.

—No.

—No te estoy consultando.

—Jade.

—No quiero que formes parte de mi vida. Ni de la del bebé.

Algo se tensó en el rostro de Draco.

—Inténtalo.

Ella frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Intenta mantenerme lejos de mi hijo.

—Acabas de demostrar exactamente por qué debería hacerlo.

Jade apartó la sábana e intentó incorporarse. El tirón en el abdomen la obligó a detenerse.

Draco avanzó.

—No me toques.

Se quedó quieto.

—No voy a vivir contigo.

—La doctora dijo que no puedes quedarte sola.

—Eso no significa que tenga que quedarme contigo.

—Entonces vendrás a mi departamento.

Jade lo miró, incrédula.

—No.

—Sí.

—Empieza a preguntarme antes de decidir dónde voy a vivir.

Draco acercó la silla, pero no la tocó.

—No es una invitación.

Jade sintió la rabia subirle al pecho.

—Cuidado.

—Es una decisión. Hasta que el médico diga que estás fuera de riesgo, vas a vivir conmigo.

—¿Y si me niego?

—Encontraré otra forma de convencerte.

—Tienes miedo y ya estás convirtiéndolo en una orden.

Draco no negó nada.

—No voy a dejar que vuelvas a caer sola en un estacionamiento.

—Eso no te da derecho a controlarme.

—Tal vez no.

—Ni a decidir por mi cuerpo.

—Lo sé.

—Entonces compórtate como si lo supieras.

Draco dio un paso más. Quedó frente a la cama, demasiado cerca, con el cansancio todavía marcado bajo los ojos.

—Puedo equivocarme en todo lo demás.

Jade sostuvo su mirada.

—Ya empezaste bien.

Él no reaccionó a la provocación.

—Pero no voy a desaparecer.

—Yo no te pedí que te quedaras.

—No.

—Entonces deja de actuar como si esto te perteneciera.

Draco bajó la voz.

—Tal vez tú no.

Hizo una pausa.

—Pero desde hoy… eres mía.

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