Capítulo 1 La caída del ídolo de barro
La sirena de la policía no avisó cuando la patrulla dobló la esquina de la calle principal del distrito cívico. El sonido agudo cortó el murmullo de la lluvia fina que caía sobre el capó del vehículo, tiñendo el asfalto mojado con un resplandor azul y rojo que parpadeaba sin descanso.
Chiara permaneció inmóvil en el asiento del copiloto, con las manos apretadas en el regazo. La tela de su vestido azul claro, pulcra y sin una sola arruga, contrastaba con el desorden que acababa de desatarse al otro lado del cristal. Sus dedos, delgados y temblorosos, se enganchaban a la tira de cuero de su bolso de mano. Le habían enseñado desde niña a mantener la postura, a no elevar la voz, a esperar con paciencia hasta que los hombres de la familia resolvieran cualquier inconveniente. Pero lo que veía a través de la ventana no era un simple malentendido vial ni una discusión de tránsito.
Tres agentes armados rodeaban el lado del conductor. Uno de ellos, con el rostro endurecido por el frío de la noche, golpeaba el cristal de la ventanilla con el mango de una linterna metálica de gran tamaño.
—¡Abra la puerta! ¡Apague el motor y ponga las manos donde pueda verlas, Matteo Moretti!
Chiara se giró hacia su novio. Matteo tenía los nudillos blancos sobre el volante de cuero. El perfil de su rostro, por lo general arrogante y seguro, se mostraba tenso, desfigurado por un rastro de pánico que nunca antes le había visto. Tenía apenas veintidós años, una sonrisa fácil que solía convencer a cualquiera y una manera de hablar que le había permitido ganarse la simpatía de los padres de Chiara durante meses. Sin embargo, en ese instante, no quedaba nada de esa compostura elegante.
—Matteo... ¿qué está pasando? —preguntó ella con un hilo de voz, apenas perceptible sobre el ruido del motor que aún rugía bajo el capó—. Dijiste que solo íbamos a cenar. Dijiste que tenías todo bajo control.
—¡Cállate, Chiara! —gruñó él sin mirarla, pasando la palanca de cambios a punto muerto con brusquedad—. No digas una sola palabra. Si preguntan algo, tú no sabes nada. No has visto nada. ¿Entendiste?
La rudeza en su tono hizo que Chiara retrocediera unos centímetros contra el respaldo del asiento. Jamás la había leudado la voz de esa manera. Para ella, Matteo era el joven prometedor que trabajaba en el sector financiero, el muchacho respetable que asistía a las reuniones dominicales y que pedía permiso a su padre antes de llevarla a caminar por el parque del centro.
Antes de que pudiera responder, la puerta del conductor fue abierta de un tirón desde el exterior.
—¡Fuera del vehículo! —ordenó el agente al mando, sujetando a Matteo por la solapa de su chaqueta de diseñador y tirando de él hacia el asfalto mojado.
Matteo intentó zafarse con un movimiento torpe, pero un segundo oficial lo sujetó del brazo, doblándoselo hacia la espalda con rapidez profesional. El chasquido metálico de las esposas al cerrarse sobre sus muñecas resonó con claridad en el silencio de la calle.
—¡Esto es un error! —gritó Matteo, con la mejilla presionada contra la pintura fría del techo del auto—. ¡No saben con quién se están metiendo! ¡Llamen a mi abogado! ¡Chiara, dile que estábamos juntos desde las seis! ¡Diles que no estuve en el puerto!
Chiara bajó del vehículo impulsada por un pánico instintivo, ignorando el agua que de inmediato comenzó a empapar su cabello castaño y las solapas de su abrigo. Los zapatos de tacón bajo resonaron sobre la acera.
—Señor oficial, por favor —dijo ella, alzando las manos en un gesto de súplica dócil, con la mirada desorbitada por la confusión—. Tiene que haber una equivocación. Matteo trabaja en una firma de consultoría. Él no hace nada malo...
El agente al mando se volvió hacia ella, examinándola de arriba abajo con una mirada fría que no mostraba compasión alguna. La luz de las patrullas iluminaba las gotas de lluvia que corrían por la placa metálica en su pecho.
—Señorita, le sugiero que regrese a su casa y no intervenga en un procedimiento federal —dijo el hombre con tono monótono, sacando una libreta del bolsillo de su uniforme—. El señor Moretti no está detenido por una falta menor. Hay una orden de aprehensión firme emitida por la fiscalía central. Se le acusa de tráfico de mercancía no declarada, falsificación de documentos oficiales y conspiración delictiva.
Las palabras cayeron sobre Chiara como un bloque de hielo.
—¿Qué...? No, eso no es posible...
—¡Cierra la boca, oficial! —chilló Matteo mientras lo empujaban hacia la parte trasera de la patrulla—. ¡Ella no tiene nada que ver! ¡Chiara, llama a mi casa! ¡Busca a mi hermano! ¡Busca a Vincenzo! ¡Dile que me atraparon!
Nombre a nombre, la estructura que sostendría el futuro de Chiara comenzaba a desmoronarse. Vincenzo. El hermano mayor. El hombre al que Matteo mencionaba muy rara vez y siempre con un tinte de desprecio o resentimiento en la voz. El pariente que no asistía a las cenas familiares, el que vivía al margen de la vida respetable que Matteo fingía llevar ante los demás.
Chiara dio un paso hacia la patrulla mientras la puerta trasera se cerraba de un golpe seco. Matteo quedó tras el cristal oscurecido; lo vio golpear el vidrio con la cabeza, gritando frases que la lluvia sofocaba por completo.
—Señorita —dijo el agente, entregándole las llaves del vehículo—. Este automóvil queda incautado como evidencia de la investigación. Tendrá que volver a su domicilio por sus propios medios. Si la fiscalía requiere su declaración, la llamaremos.
El coche policial arrancó de inmediato, haciendo girar sus neumáticos sobre el agua acumulada antes de alejarse a toda velocidad por la avenida, dejando tras de sí solo el eco lejano de la sirena que se apagaba en la distancia.
Chiara se quedó sola en la acera. El viento de la noche le helaba la piel de los brazos. Miró el asfalto vacío, luego sus manos temblorosas y, finalmente, la bolsa que llevaba colgada del hombro. Dentro, guardado en un sobre blanco que no se había atrevido a abrir durante todo el día, descansaba el informe médico de la clínica privada que había visitado esa misma mañana por la sospecha de unos mareos recurrentes.
Un mareo súbito la hizo tambalearse. Se apoyó contra el poste de la luz, sintiendo cómo el estómago se le contraía dolorosamente. En su mente se repetía la imagen de Matteo siendo arrastrado por la policía, el rostro desfigurado por el miedo y la culpa evidente que no había podido ocultar. Todo lo que creía saber sobre su vida, sobre el hombre con el que pensaba casarse y sobre la seguridad que su familia tanto apreciaba, se acababa de disolver en cuestión de minutos bajo la lluvia constante de la ciudad.
Apretó el abrigo contra su pecho, intentando sofocar el llanto que amenazaba con salir de su garganta. No sabía cómo llegar a casa, ni qué le diría a su padre cuando cruzara la puerta sin Matteo. Lo único que tenía claro en ese instante era que el mundo seguro que conocía había dejado de existir para siempre.
