Capítulo 2 La sentencia de la sangre
La sala de espera de la fiscalía olía a café rancio, papel húmedo y desinfectante barato. El murmullo constante de los mecanógrafos y el crujido de las carpetas de manila llenaban el aire pesado de la tarde. Chiara permanecía sentada en una banca de madera gastada, con la espalda recta y las manos entrelazadas con firmeza sobre las rodillas. Llevaba el mismo vestido de la noche anterior, ahora arrugado, y la falta de sueño le pesaba en las pálidas sombras bajo sus ojos.
A pocos metros, su padre, un hombre de hombros rígidos y cabello canoso peinado con impecable raya al lado, caminaba de un extremo a otro del pasillo. Cada uno de sus pasos sobre el suelo de granito resonaba como un golpe seco.
—Es una deshonra —murmuró el hombre por tercera vez en la hora, sin mirar a su hija—. Una burla para esta familia. Todos los vecinos vieron cómo te dejaban en la puerta de la casa dos agentes de policía. ¿Tienes idea de lo que dirán en la parroquia? ¿En el club?
—Papá, por favor —susurró Chiara, alzando la mirada con voz dócil y temblorosa—. Matteo me dijo que era un error. Debe haber una explicación...
El hombre se detuvo en seco frente a ella, apuntándola con un dedo rígido.
—¡No hay ningún error, Chiara! El abogado del distrito me lo acaba de confirmar. Ese muchachos no trabajaba en ninguna firma de consultoría. Era el recadero de una red de contrabando en los muelles. Usaba el dinero sucio para pagar los restaurantes finos a los que te llevaba y pretender que era un caballero respetable. Nos engañó a todos, pero tú fuiste la ciega que se dejó deslumbrar.
Chiara bajó la cabeza, sintiendo cómo un nudo apretado le quemaba la garganta. La voz de su padre no mostraba rastro de consuelo ni de preocupación por el susto que ella había pasado la noche anterior; solo había rabia por la mancha que el apellido Moretti acababa de arrojar sobre su reputación.
Las puertas dobles al final del pasillo se abrieron y el abogado asignado al caso de Matteo salió con un maletín de cuero gastado bajo el brazo. Su rostro cansado presagiaba malas noticias.
—Señor Rossi —dijo el abogado dirigiéndose al padre de Chiara—. Acabo de salir de la audiencia preliminar de acusación.
—¿Qué sucedió? —interrumpió el señor Rossi, con tono cortante—. ¿El juez le concedió la fianza para esperar el juicio en libertad?
El abogado negó con la cabeza lentamente.
—Imposible. Las pruebas presentadas por la fiscalía federal son contundentes. Encontraron tres contenedores con mercancía no declarada firmados directamente con la identificación de Matteo. Además, el fiscal presentó registros de llamadas que lo vinculan con figuras conocidas del circuito de apuestas y cobros ilegales del puerto. El juez dictaminó riesgo de fuga e interferencia en la investigación.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Chiara, poniéndose de pie de un salto, sintiendo que el suelo bajo sus pies volvía a volverse inestable.
—La condena mínima por los cargos acumulados no bajará de seis años en el penal central —respondió el letrado sin rodeos, mirando a la joven con cierta lástima—. Si colabora y entrega a los superiores de la red, tal vez reduzcan la pena a cuatro, pero Matteo se ha negado a hablar. Dice que no es un soplón. Se mantendrá encerrado.
Seis años. Para Chiara, seis años sonaban a una eternidad, a una condena que borraba de un plumazo todo el mapa de su juventud.
—Se acabó —sentenció el señor Rossi con frialdad absoluta, volviéndose hacia su hija—. Escúchame bien, Chiara. A partir de este momento, ese muchacho deja de existir para ti. No irás a visitarlo a la prisión. No responderás a sus cartas. No mencionarás su nombre en nuestra casa. Volverás a tu vida, te comportarás como la señorita educada que siempre fuiste y limpiaremos esta vergüenza con discreción.
—Pero papá... —comenzó Chiara, sintiendo un escalofrío helado recorrerle la espina dorsal mientras recordaba el sobre blanco que aún descansaba en su bolso—. Matteo necesita ayuda. No tiene a nadie más. Su familia...
—¿Su familia? —interrumpió su padre con una risa amarga—. La madre murió hace años y el padre los abandonó de niños. Lo único que le queda a ese muchacho es un hermano mayor que se gana la vida a puñetazos en los subterráneos de la ciudad. Una ralea de delincuentes y parias. Tú no perteneces a ese mundo y no voy a permitir que nos arrastres a la ruina por un arranque de compasión. Nos vamos a casa. Ahora.
El señor Rossi la sujetó del brazo con firmeza y comenzó a guiarla hacia la salida de la fiscalía. Chiara no se ofreció a resistirse; el condicionamiento de años de obediencia la obligó a caminar a su lado, manteniendo la cabeza baja mientras cruzaban el vestíbulo lleno de periodistas y curiosos.
Sin embargo, a mitad del camino hacia la puerta de cristal, Chiara distinguió una figura parada cerca de la entrada lateral del edificio.
Era un hombre alto, de espaldas anchas que rellenaban una chaqueta de cuero desgastada por el uso. Tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado y la mandíbula marcada por una sombra de barba de varios días. A diferencia de los abogados y los familiares que vestían traje, él permanecía inmóvil, apoyado contra la pared de piedra con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Tenía los nudillos de la mano derecha ligeramente hinchados y marcados por pequeñas cicatrices rojizas.
Cuando Chiara pasó a pocos metros de él, el hombre alzó la mirada. Sus ojos, de un gris intenso y frío como el acero, se fijaron directamente en los de ella. No había rabia en su expresión, ni la desesperación histérica que Matteo había mostrado la noche anterior; solo una serenidad dura, pesada y observadora.
Era Vincenzo Moretti.
Chiara lo reconoció al instante por las fotos familiares que Matteo guardaba en un cajón, aunque en persona su presencia resultaba inmensamente más intimidante. Durante un segundo que pareció congelarse en el aire, sus miradas se cruzaron. Chiara sintió que la respiración se le atoraba en la garganta. La forma en que Vincenzo la miraba no era la de un extraño; había en su distancia una atención concentrada, una fijación profunda que pareció recorrerla entera, desde su rostro pálido hasta sus manos temblorosas.
—Camina, Chiara —ordenó su padre, apretando el agarre en su brazo y obligándola a romper el contacto visual.
Vincenzo no hizo ningún movimiento para acercarse ni para detenerlos. Permaneció en silencio, viendo cómo el señor Rossi empujaba a Chiara hacia la calle soleada. Pero mientras la puerta de cristal se cerraba tras ella, Chiara volvió la cabeza una última vez por encima del hombro. Vincenzo seguía allí, de pie entre las sombras del vestíbulo, observando cómo se la llevaban, como un guardián silencioso que contemplaba el inevitable naufragio de su mundo.
