Capítulo 3 La sentencia del hogar
El reloj de pared del comedor marcaba las ocho de la noche con un tictac monótono que llenaba el silencio de la casa. El olor a estofado de ternera flotaba en el aire, pero nadie en la mesa había probado un solo bocado.
La madre de Chiara, una mujer de rostro severo y peinado impecable que jamás salía a la calle sin guantes, limpiaba una y otra vez la misma esquina de la mesa con una servilleta de lino. Su padre, sentado a la cabeza del comedor, leía la sección de sucesos del periódico local con los anteojos calados en el puente de la nariz.
En la página tres, una fotografía borrosa de Matteo siendo conducido por dos agentes ocupaba un recuadro destacado.
—Las señoras del voluntariado no me miraron a los ojos esta tarde en la parroquia —dijo la madre sin alzar la cabeza, con un tono lleno de resentimiento—. Tuve que inventar que me dolía la cabeza para salir antes de la reunión. Creen que sabíamos todo. Creen que el dinero de ese muchacho pagó la pintura de nuestra fachada.
—Nadie en esta casa sabía nada —sentenció el señor Rossi, doblando el periódico con un chasquido seco que hizo dar un brinco a Chiara—. Mañana iré al despacho del obispo a hacer la donación anual. Eso calmará las murmuraciones. En cuanto a ti, Chiara...
La joven alzó la mirada lentamente. Estaba sentada al extremo de la mesa, vistiendo una blusa blanca cerrada hasta el cuello. Tenía las manos ocultas bajo la madera, apretando el sobre del laboratorio médico que finalmente había abierto dos horas antes, encerrada en la soledad de su habitación. Las letras impresas en negro no dejaban espacio a la duda: Resultado de prueba de embarazo: Positivo. Gestación estimada: Seis semanas.
—A partir del lunes volverás a las clases de piano y te integrarás al taller de costura de tu madre —continuó su padre en tono irrevocable—. No quiero verte ociosa. El tiempo hará que la gente olvide que alguna vez estuviste prometida a un delincuente.
—Papá... —comenzó Chiara, sintiendo que la garganta se le cerraba. Le faltaba el aire. El peso del secreto le oprimía el pecho con la fuerza de una prensa hidráulica.
—No hay nada más que discutir, Chiara —dijo su madre, sin mirarla—. Tu padre ya ha sido bastante benevolente al no castigarte por tu falta de juicio.
—Estoy embarazada —soltó Chiara de golpe.
La frase cayó en el comedor como un impacto directo. El tictac del reloj pareció detenerse por un segundo.
Su madre dejó caer la servileta sobre el plato de porcelana, abriendo los ojos con una mezcla de horror y repulsión. Su padre se congeló en su asiento, con los anteojos aún en la mano. Durante cinco largos segundos, el silencio en la habitación fue absoluto, denso y sofocante.
—¿Qué dijiste? —preguntó el señor Rossi. Su voz ya no era alta ni furiosa; era un susurro helado, cargado de una amenaza contenida que dio más miedo a Chiara que cualquier grito.
Chiara sacó el papel tembloroso de debajo de la mesa y lo colocó sobre la mantel de lino, empujándolo hacia el centro.
—Es de Matteo —murmuró, mientras las lágrimas que había contenido durante dos días comenzaban a rodar por sus mejillas—. Estoy esperando un hijo de él. Descubrí el resultado esta tarde...
Su padre no miró el papel. Se puso de pie lentamente, llenando el espacio con su figura imponente. La silla de madera chirrió contra el suelo de parqué.
—Un bastardo —dijo el hombre, pronunciando la palabra con un desprecio tan puro que hizo que Chiara se encogiera en su asiento—. Un bastardo del criminal que está encerrado en la cárcel central.
—Es mi hijo, papá... es tu nieto...
—¡Eso no es mi nieto! —rugió el señor Rossi, golpeando la mesa con el puño cerrado. Las copas de cristal tintinearon peligrosamente—. ¡Esa es la prueba indeleble de tu deshonra! ¿Crees que voy a permitir que la gente de esta ciudad señale mi casa porque mi hija parió al hijo de un ladrón sin apellido? ¡¿Crees que voy a mantener a la simiente de esa ralea bajo mi techo?!
—Por favor, papá... —suplicó Chiara, poniéndose de rodillas al lado de la mesa, agarrándose a la manga de la chaqueta de su padre con desesperación dócil—. No tengo adónde ir. Matteo está en la cárcel. No tengo dinero. Haré lo que quieras, trabajaré en la casa, no saldré a la calle, pero no me dejes sola...
La madre de Chiara se puso de pie y caminó hacia la ventana, dándoles la espalda por completo.
—Haz que se calle, Alberto —dijo la mujer con voz helada—. Si los vecinos la oyen llorar, mañana la noticia estará en boca de todos.
El señor Rossi se zafó del agarre de su hija con un movimiento brusco que la hizo caer de costado sobre el suelo pulido. Miró a Chiara con una frialdad absoluta, sin un solo rasgo de afecto paterno en la mirada.
—Tienes diez minutos para recoger tus cosas —ordenó el hombre, ajustándose los puños de la camisa—. Si a las ocho y media sigues en esta casa, haré que la policía te saque por violación de propiedad privada. No eres mi hija. Ninguna mujer de la familia Rossi ensucia el apellido de esta manera.
—¡Papá! ¡No me hagas esto! —gritó Chiara, gateando hacia él, pero el hombre caminó hacia la entrada del pasillo sin volver la cabeza.
—Tu madre te dejará trescientos dólares sobre la mesa de la entrada —dijo él desde el umbral—. Es todo el dinero que verás de esta familia. Olvídate de que tienes padres. Para nosotros, moriste la misma noche en que la policía se llevó a tu amante.
La puerta del despacho se cerró con un golpe seco que resonó en toda la casa.
Chiara se quedó en el suelo del comedor, respirando con dificultad mientras las lágrimas empañaban su visión. Se giró hacia su madre, buscando un gesto, un destello de instinto materno, una mirada de piedad. Pero la mujer permaneció de pie junto a la ventana, observando la calle a través de las cortinas de encaje, como si su propia hija se hubiera convertido en un fantasma invisible.
Quince minutos después, Chiara cruzaba el umbral de la puerta principal llevando consigo una sola maleta pequeña de cuero y un abrigo raído sobre los hombros. La puerta de roble de la casa familiar se cerró tras ella con un sonido definitivo, dejándola sola en la acera, bajo la llovizna helada que comenzaba a caer sobre la ciudad.
