Capítulo 4 El abismo de la soledad
Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el asfalto mojado como manchas de petróleo de colores. Chiara caminó sin rumbo fijo durante casi dos horas, arrastrando la maleta pequeña por las aceras húmedas. Las ruedas de plástico hacían un ruido molesto y constante que parecía marcar el pulso de su desesperación.
Las calles anchas y arboladas de su barrio acomodado pronto quedaron atrás, sustituidas por los edificios grises del centro, donde el olor a combustible quemado y comida frita saturaba el aire. El viento nocturno atravesaba la tela fina de su abrigo, haciéndola tiritar incontrolablemente.
Se detuvo bajo el alero de una farmacia de turno. Con los dedos entumecidos por el frío, abrió su bolso y contó el dinero que llevaba consigo. Los trescientos dólares que su madre le había dejado sobre la mesa de la entrada y unos pocos billetes sueltos que guardaba en la cartera. En total, trescientos cuarenta y dos dólares.
Eso era todo lo que valía su vida entera. Todo el capital con el que contaba para enfrentarse al mundo, estando sola y con una criatura creciendo en su vientre.
Se apoyó contra la pared de ladrillos, sintiendo un mareo intenso que la obligó a cerrar los ojos. Apoyó la mano derecha sobre su vientre aún plano, buscando instintivamente algún tipo de certeza, pero solo encontró miedo. Un terror denso y sofocante que le atenazaba el pecho.
¿A quién podía acudir? Sus amigas de la academia de música le darían la espalda en cuanto supieran la verdad; sus familias pertenecían al mismo círculo social que la acababa de repudiar. Los parientes lejanos responderían ante la autoridad de su padre. No tenía trabajo, jamás había firmado un contrato ni conocía el valor de un alquiler en la ciudad. Toda su existencia había sido diseñada para pasar de la tutela de su padre a la protección de su esposo.
Sacó un pequeño cuaderno de notas de su bolso. En la primera página, escrita con su propia caligrafía cuidadosa, estaba la dirección de la pensión donde Matteo le había dicho alguna vez que vivía su hermano mayor.
Vincenzo.
El nombre resonó en su mente como una advertencia. Recordó la mirada del hombre en el vestíbulo de la fiscalía. Esos ojos de acero que la habían examinado con una intensidad que todavía le provocaba un temblor involuntario. Su padre lo había llamado paria, un peleador de los subterráneos, un delincuente sin futuro. Matteo siempre hablaba de él con una mezcla de envidia y rencor, asegurando que su hermano mayor era un hombre bruto, inflexible y peligroso, alguien con quien no se podía razonar.
Sin embargo, a medida que la lluvia comenzaba a apretar, Chiara comprendió la cruel verdad de su situación: Vincenzo Moretti era el único eslabón que le quedaba en el mundo. El único que llevaba la misma sangre que el hombre que la había dejado en la ruina.
—Un taxi —murmuró para sí misma, tragándose el orgullo y las lágrimas.
Caminó hacia la esquina y alzó la mano temblorosa hacia un vehículo amarillo que se aproximaba despacio. El chofer, un hombre mayor con el rostro curtido, la miró por el espejo retrovisor con evidente desconfianza al ver su aspecto desaliñado y los ojos hinchados por el llanto.
—¿Adónde la llevo, señorita?
Chiara le dictó la dirección escrita en el cuaderno, una calle ubicada en el distrito sur, cerca de los antiguos muelles comerciales.
El trayecto duró veinte minutos. A medida que el vehículo se adentraba en los barrios del sur, la arquitectura cambiaba drásticamente. Las casas elegantes daban paso a almacenes abandonados, fachadas cubiertas de grafitis y farolas rotas que parpadeaban en la penumbra. Grupos de hombres jóvenes se agrupaban en las esquinas bajo los aleros de las tiendas cerradas, observando el paso del taxi con miradas calculadoras.
Chiara apretó la maleta contra sus piernas, sintiendo que se adentraba en las entrañas de un monstruo desconocido.
—Es aquí —dijo el taxista, deteniéndose frente a un edificio de cuatro pisos con la pintura desconchada y los balcones de hierro oxidados. Una marquesina de neón parpadeaba con el nombre del establecimiento: Gimnasio y Club San Marcos.
—¿Cuánto le debo? —preguntó Chiara con un hilo de voz.
—Doce dólares.
Chiara le entregó un billete de veinte y esperó el cambio sin decir palabra. Cuando bajó del vehículo, el taxi arrancó de inmediato, dejándola sobre la acera frente a la enorme puerta de madera reforzada con barras de metal.
Desde el interior del edificio llegaba un sonido sordo y constante: el golpe seco de puños contra sacos de arena, el murmullo de voces masculinas y el chirrido de un timbre que marcaba el final de un asalto.
Chiara tomó aire, intentando reunir la escasa fuerza que le quedaba, y empujó la pesada puerta de madera para adentrarse en la penumbra del bajo mundo.
