Capítulo 5 En las entrañas del club

El interior del Gimnasio San Marcos olía a sudor acumulado, cuero viejo, linimento y tabaco barato. La luz era tenue, filtrada por bombillas amarillentas que colgaban de cables al desnudo en el techo de hormigón. Chiara dio un paso dubitativo hacia el interior, ajustando el abrigo raído sobre su pecho mientras el eco de sus zapatos resonaba levemente entre el estruendo del lugar.

Nadie notó su presencia de inmediato. En el centro del amplio salón se alzaba un ring elevado, delimitado por cuerdas gastadas y rodeado por una docena de hombres que vociferaban, apostaban billetes arrugados y golpeaban la lona con las palmas. Los ecos de los puñetazos contra el cuerpo de los peleadores eran secos, ensordecedores. En las paredes laterales, varios sacos pesados oscilaban bajo el impacto de deportistas de rostro endurecido que ni siquiera se molestaron en mirarla.

Chiara tragó saliva, sintiendo que la presencia de su cuerpo, educado para los salones de té y las salas de piano, resultaba ridículamente ajena a ese entorno de violencia sin pulir. Avanzó un par de metros con la pequeña maleta en la mano, buscando con la mirada alguna figura que le resultara familiar.

—Oye, muñeca —la voz rasposa de un hombre alto y calvo, que masticaba un palillo cerca de la entrada, la hizo dar un brinco—. Te equivocaste de dirección. El taller de costura está tres calles arriba. Aquí no vendemos flores.

Un par de hombres que descansaban sobre bancas de madera soltaron una carcajada corta. Chiara sintió que el rubor de la vergüenza le quemaba las mejillas, pero la desesperación era un ancla más pesada que su orgullo.

—Busco a Vincenzo —dijo con la voz más firme que pudo reunir, aunque un temblor delató su nerviosismo—. Vincenzo Moretti.

El hombre calvo dejó de masticar el palillo y la examinó con una mezcla de curiosidad y advertencia en los ojos. La sonrisa burlona de los demás se apagó de inmediato al escuchar ese nombre.

—Está en el ring central —respondió el hombre, señalando con la barbilla hacia la multitud que rodeaba el cuadrilátero—. Terminando el último asalto. Pero si fuera tú, no lo interrumpiría ahora mismo. No le gusta que lo molesten cuando trabaja.

Chiara no esperó más. Caminó a través del salón, abriéndose paso con dificultad entre la muchedumbre de hombres que despedían olor a alcohol y esfuerzo físico. A medida que se acercaba al ring, el estruendo de los gritos se volvió atronador.

Al alzar la vista hacia la lona, la figura de Vincenzo Moretti se recortó contra la luz cenital de la lámpara del cuadrilátero. Tenía el torso desnudo, cubierto por una fina capa de sudor que hacía brillar la musculatura marcada de su espalda y hombros. No llevaba guantes de boxeo profesionales, solo vendas gruesas de tela blanca enrolladas con firmeza alrededor de las manos y los nudillos, manchadas con pequeños rastros de sangre fresca.

En el centro del ring, un oponente más corpulento intentó lanzarle un puñetazo directo al rostro. Vincenzo esquivó el golpe con un movimiento mínimo y preciso de la cabeza, utilizando una agilidad felina que contrastaba con su enorme envergadura. Sin dar espacio a la recuperación del rival, avanzó con un paso firme y descargó una combinación rápida de dos golpes secos en las costillas y un gancho corto en la mandíbula.

El sonido del impacto retumbó en la habitación. El rival se desplomó sobre la lona como un saco de plomos, inerte.

El público estalló en gritos y silbidos mientras el árbitro, un hombre anciano con una libreta en la mano, contaba hasta diez sin que el caído mostrara señales de ponerse de pie. Vincenzo no celebró. No alzó los brazos ni sonrió. Simplemente se giró hacia su esquina, respirando de manera pausada y profunda por la nariz, mientras tomaba una toalla gris de la cuerda superior para limpiarse el sudor de la frente.

Fue en ese instante, al bajarse del ring cruzando las cuerdas con una soltura natural, cuando su mirada fría de color acero se topó con la de ella.

Vincenzo se congeló a mitad del movimiento. Su rostro no mostró sorpresa, sino una atención densa que hizo que la multitud alrededor parezca desaparecer por completo. La observó ahí de pie, pálida, con la ropa mojada por la lluvia y la maleta de cuero en la mano, destacando como una figura fuera de lugar en medio de la penumbra del gimnasio.

Desató la correa de tela que sujetaba sus vendas y comenzó a desenrollarlas lentamente de los nudillos sin quitarle los ojos de encima.

—¿Qué haces aquí, Chiara? —preguntó él. Su voz era grave, baja y rasposa, pero resonó con suficiente claridad como para silenciar los murmullos de los hombres que lo rodeaban.

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