Capítulo 6 La cicatriz en los nudillos

Vincenzo terminó de retirar la banda de tela de su mano izquierda con un tirón seco y la dejó caer sobre la cuerda del cuadrilátero. Bajó los dos escalones de madera con una soltura pesada, metió las manos en los bolsillos del pantalón de chándal gris y avanzó hacia ella. La multitud a su alrededor comenzó a dispersarse en silencio; los hombres del club sabían cuándo Don Moretti o sus muchachos necesitaban espacio, y la presencia de esa mujer de aspecto frágil era un enigma que nadie se atrevía a cuestionar en voz alta.

Se detuvo a un metro de distancia. De cerca, la envergadura de Vincenzo era sofocante. Olía a sudor, a cuero y a una fragancia amarga de colonia barata. Tenía una marca roja en la mejilla izquierda y una cicatriz pálida que le cruzaba la ceja, pero lo que fijó la atención de Chiara fueron sus manos: grandes, anchas, con los nudillos nudosos y cubiertos de pequeñas costras recientes.

—¿Te mandó Matteo? —preguntó él. Su tono no mostraba calidez alguna, solo una curiosidad fría y directa.

Chiara negó con la cabeza lentamente. Sentía el pulso retumbándole en los oídos y los dedos congelados sobre el asa de la maleta.

—Matteo está en la prisión central, Vincenzo —respondió ella con la voz al borde del quiebre. Sus ojos se llenaron de lágrimas que luchó por no dejar caer—. Lo arrestaron anoche.

Vincenzo no pestañeó. Apenas endureció un poco más la línea de la mandíbula.

—Lo sé —dijo con calma—. Estuve fuera del edificio de la fiscalía esta tarde. Te vi salir con tu padre. Se supone que ibas camino a tu casa, a tu vida limpia. ¿Qué haces en un subterráneo a las diez de la noche con una maleta en la mano?

Chiara apretó los labios, sintiendo que la última capa de su dignidad se desmoronaba en ese ambiente sucio y cargado de humo.

—Mi padre me echó —soltó en un susurro amargo—. Se enteró de todo... de lo que hacía Matteo y de lo que llevo conmigo. Me dejaron en la calle con trescientos dólares. No tengo adónde ir, Vincenzo. No tengo a nadie.

Vincenzo la examinó en silencio durante varios segundos. Su mirada recorrió el rostro pálido de Chiara, el cabello castaño empapado por la llovizna y el abrigo fino que apenas la protegía del frío de la noche. Finalmente, sus ojos bajaron hacia el vientre de la joven, aún plano bajo la tela de la ropa, antes de volver a clavarse en los suyos.

—Un hijo de Matteo —murmuró él, más para sí mismo que para ella.

—Por favor —suplicó Chiara, olvidando cualquier rastro de orgullo y utilizando la actitud dócil con la que la habían criado para sobrevivir—. Sé que no me debes nada. Sé que ni siquiera nos conocemos bien. Solo necesito algo de dinero... el suficiente para pagar una habitación un par de días y... y para ir a una clínica. Para interrumpirlo. No puedo tener a este bebé sola.

Un silencio denso y pesado se instaló entre los dos. El sonido distante de un saco de boxeo siendo golpeado al fondo del salón parecía el único recordatorio de que el tiempo no se había detenido.

La expresión de Vincenzo cambió drásticamente. La distancia fría que había mantenido se transformó en una rigidez peligrosa. Dio un paso más hacia adelante, acortando el espacio hasta que Chiara tuvo que alzar la cabeza para seguir mirándolo a los ojos.

—¿Interrumpirlo? —repitió él, con una voz tan baja y rasposa que rozaba la amenaza.

Chiara dio un pequeño paso atrás, asustada por la intensidad repentina en la mirada del hombre.

—No tengo otra opción —dijo ella, con la voz temblando descontroladamente—. No tengo trabajo, no tengo familia, y el padre de este niño va a pasar seis años encerrado en una celda. ¿Cómo se supone que voy a mantenerlo? ¿Con qué dinero?

Vincenzo se quedó mirándola, respirando de manera pausada. Se pasó la mano derecha por la nuca, dejando al descubierto la cicatriz en sus nudillos, la prueba viva del mundo violento y rudo en el que se movía.

Para él, Chiara siempre había sido una figura inalcanzable, la mujer elegante y educada que pertenecía al mundo limpio que su hermano menor intentaba comprar con dinero sucio. La había deseado en silencio durante meses, guardando la distancia por una lealtad fraterna que ahora Matteo había hecho pedazos al dejarla abandonada y a la deriva.

—No vas a ir a ninguna clínica, Chiara —dijo Vincenzo con voz firme e irrevocable, borrando de un plumazo cualquier duda.

—Vincenzo, tú no entiendes... —intentó protestar ella, dando un paso en su dirección con las manos abiertas en gesto de súplica.

—No —la interrumpió él, agarrando la manija de la pequeña maleta de cuero con una fuerza tranquila y tomándola de su mano—. Tú eres la que no entiende. Ningún niño con la sangre Moretti va a ser descartado porque su padre sea un estúpido o porque tus padres sean unos cobardes.

Se giró hacia la salida, llevando la maleta de ella en una mano y señalando la puerta con la otra.

—Camina —ordenó con tono áspero—. Mi coche está afuera. Te vas conmigo.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo