Capítulo 7 El trato en la penumbra
El motor del sedán viejo de Vincenzo rugía con un temblor metálico que hacía vibrar el tablero de instrumentos. Las luces de la ciudad pasaban a través de las ventanillas mojadas como trazos amarillos y rojos que se desdibujaban sobre el cristal. En el interior del vehículo reinaba un silencio denso, pesado, apenas interrumpido por el chirrido monótono de los limpiaparabrisas que apartaban la lluvia constante.
Chiara mantenía las manos juntas sobre el regazo, apretando la tira de cuero de su bolso con los nudillos blancos. El calor de la calefacción comenzaba a descongelarle la piel, pero el temblor que le recorría el cuerpo no era por el frío de la noche; era por el abismo que se abría ante sus pies. Se giró apenas unos milímetros hacia la izquierda para observar al hombre que conducía.
Vincenzo tenía la mirada fija en el asfalto. Sus manos enormes sujetaban el volante con una firmeza calma, mostrando las marcas frescas en las articulaciones. Tenía la mandíbula apretada y la sombra de una barba fina acentuaba la dureza de sus facciones. En ese perfil hosco no había rastro de la amabilidad fingida de Matteo, ni de la cortesía refinada a la que ella estaba acostumbrada en su vida anterior. Vincenzo era un bloque de piedra esculpido por el trabajo bruto y las peleas de apuestas.
—¿Adónde me llevas? —preguntó Chiara finalmente, rompiendo el silencio con un hilo de voz que delató su nerviosismo.
—A mi apartamento —respondió él sin mirarla, utilizando ese tono grave y directo que no admitía discusiones—. No es el tipo de lugar al que estás acostumbrada, pero hay un techo seco, agua caliente y un cerrojo en la puerta.
—Vincenzo, esto no está bien —murmuró ella, mirando por la ventana mientras el vehículo doblaba por una calle estrecha Flanqueada por edificios residenciales antiguos—. No podemos hacer esto. Matteo es tu hermano. Si se entera de que estoy contigo...
—Matteo está en una celda en la prisión central —la interrumpió Vincenzo, con una frialdad que hizo que a Chiara se le oprimiera el pecho—. Se metió allí él solo por querer jugar a ser un magnate con dinero robado. Sabía a lo que se arriesgaba y no le importó dejarte.
El coche de Vincenzo era un sedán antiguo de motor ruidoso que olía a gasolina, tapicería gastada y humo de tabaco frío. Durante los veinte minutos que duró el trayecto a través de las calles oscuras del distrito sur, ninguno de los dos dijo una sola palabra. Chiara permaneció pegada al cristal de la ventanilla, abrazando sus brazos sobre el pecho, mientras observaba cómo la llovizna transformaba las luces de la ciudad en borrones de luz amarilla y roja.
A su lado, Vincenzo conducía con una sola mano sobre el volante de plástico duro. Su rostro, iluminado de a ratos por los faroles de la calle, parecía tallado en piedra. No había vacilación en su postura, solo una concentración pesada que mantenía a Chiara en un estado de alerta constante.
El vehículo se detuvo finalmente en un callejón estrecho detrás de un edificio de tres pisos con ladrillos a la vista. Vincenzo apagó el motor, extrajo las llaves del contacto y tomó la maleta de Chiara del asiento trasero sin esperar a que ella se moviera.
—Baja —dijo con su voz habitual, corta y profunda.
Chiara abrió la puerta del coche y pisó el suelo de concreto lleno de charcos. El frío de la noche le atravesó de inmediato el abrigo, pero no protestó. Siguió a Vincenzo por una escalera de hierro exterior que crujía bajo el peso de sus pasos. Subieron hasta el último piso, donde una puerta de madera reforzada con una plancha de acero marcaba la entrada al departamento.
Vincenzo introdujo la llave, giró la cerradura dos veces y empujó la hoja pesada.
El interior era austero, masculino y reducido a lo estrictamente funcional. Un salón pequeño con un sofá de cuero marrón bastante desgastado, una mesa de madera con dos sillas desparejas y un televisor antiguo sobre una repisa. Al fondo, una cocina americana con platos limpios apilados junto al fregadero y una sola puerta cerrada que sugería el acceso al único dormitorio del lugar.
—Entra —indicó Vincenzo, dejando la maleta de ella junto a la entrada y cerrando la puerta con doble vuelta de llave.
Chiara dio unos pasos cautelosos sobre la alfombra raída del centro del salón. Se sentía profundamente intrusa, como si su presencia rompiera el orden estricto de un hombre acostumbrado al silencio y a la soledad absoluta.
—Voy a dejar las cosas claras desde esta noche, Chiara —dijo Vincenzo, quitándose la chaqueta de chándal y tirándola sobre el respaldo de una de las sillas de la mesa. Su torso desnudo aún mostraba las marcas del combate y el sudor seco de las peleas clandestinas—. No soy Matteo. No tengo un trabajo elegante en una oficina, no tengo trajes caros ni te voy a llevar a restaurantes para impresionar a nadie. Lo que ves aquí es todo lo que hay.
Chiara se giró hacia él, apretando las manos temblorosas frente a su vientre.
—No estoy pidiendo lujos, Vincenzo —respondió en un hilo de voz, manteniendo la mirada baja con la docilidad que le habían enseñado desde niña—. Solo... solo necesito un lugar seguro hasta que entienda qué hacer con mi vida.
Vincenzo la miró fijamente durante un largo instante. La frialdad de sus ojos grises parecía atravesar la fachada sumisa de la joven.
—Te quedarás aquí —sentenció él con tono irrevocable—. Tendrás al bebé y yo me haré cargo de los gastos médicos y de lo que la criatura necesite cuando nazca. Es la sangre de mi familia y no voy a permitir que termine en la calle o en un orfanato porque mi hermano terminó tras las rejas.
—¿Y tú qué quieres a cambio? —preguntó Chiara, alzando la vista de golpe, con el temor evidente en los ojos. En el mundo en el que se había criado, los hombres jamás daban nada sin exigir algo a cambio.
Vincenzo apretó los puños a los costados. La pregunta parecía haberlo molestado, pero su rostro no traicionó la emoción.
—Quiero orden —respondió fríamente—. No quiero dramas, no quiero lágrimas a todas horas y no quiero que llames a tu familia ni a los abogados de Matteo. A partir de hoy, esa puerta se mantiene cerrada para el mundo exterior. Si necesitas algo, me lo pides a mí. Si alguien pregunta por ti en la calle, no existes. ¿Entendiste?
Chiara tragó saliva y asintió despacio con la cabeza.
—Entendí —murmuró.
—Dormirás en el dormitorio —continuó él, señalando con la cabeza la puerta del fondo—. Hay mantas limpias en el armario. Yo me quedaré en el sofá del salón.
Chiara se abrió paso hacia la habitación con pasos torpes. Al llegar al umbral, se detuvo y se giró levemente para mirarlo sobre el hombro. Vincenzo ya estaba de espaldas, sacando una botella de agua del refrigerador y dándole un trago largo sin mirarla.
—Vincenzo... —dijo ella en voz muy baja.
Él no se giró, pero detuvo el movimiento de la mano.
—Gracias —añadió Chiara, sintiendo una mezcla extraña de humillación y alivio.
—Ve a dormir, Chiara —fue la única respuesta de él, seca y distante, antes de apagar la luz principal del salón y dejar la estancia iluminada solo por la penumbra de la calle que se filtraba por las persianas.
