Capítulo 2 Encuentro Inesperado
Despierto mucho antes de que la luz empiece a filtrarse entre las ramas de los pinos. El silencio de la cabaña solo se rompe por el chisporroteo suave de las brasas que aún quedan en el hogar y el golpeteo rítmico de la bruma contra los cristales empañados. Y en ese instante, sin necesidad de que nadie me lo diga, lo sé con toda la certeza que corre por mis venas: hoy cumplo quince años.
Me muevo despacio bajo la manta de lana y siento cómo mi cabello blanco, largo y liso como la nieve virgen de las cumbres, se desliza suelto sobre mis hombros y la espalda, brillando con ese resplandor pálido y sereno que siempre ha sido mi marca, aunque durante años haya tenido que mantenerlo oculto. Me levanto descalza; la madera del suelo está fresca, pero ya no me afecta: he crecido entre el frío y la humedad de estas montañas, aprendiendo a ser tan resistente como los robles antiguos que custodian el bosque.
Al salir de mi pequeño rincón, Mara me espera junto al fuego. Su rostro, marcado por años de guardar secretos, tiene una expresión que mezcla ternura y gravedad absoluta. Al verme, asiente despacio.
—Felices quince años, Agata —dice con voz baja y pausada—. Hace diez años, cuando te saqué con vida de las aguas del abismo, sellé tu poder con un hechizo antiguo. No fue para quitarte lo que la Luna te dio al nacer, sino para protegerte. Mientras tu magia permaneciera dormida y oculta, nadie podría rastrearte, nadie sabría que la verdadera heredera de la Luna sigue viva. Hoy, al llegar a la edad señalada, romperé ese sello. Y entonces empezarás a ser realmente quien eres.
Caminamos en silencio hasta el claro que ella eligió para este momento: un rincón escondido donde una cascada cae suavemente entre rocas cubiertas de musgo esmeralda, llenando un estanque de aguas tan cristalinas que se distinguen las piedras redondas del fondo y los pequeños peces que se mueven en silencio. El aire huele a agua fresca, resina y tierra fértil, y la niebla flota alrededor como si también ella estuviera aguardando el momento.
—Ponte junto al agua —me indica—. Cierra los ojos y no resistas nada. Deja que tu sangre hable por ti.
Hago lo que me pide. Siento sus manos tibias apoyarse en mi frente y en mi pecho, y empieza a recitar palabras en una lengua antigua que no reconozco, pero que mi alma parece recordar: suenan como el viento entre las copas de los árboles, como el fluir incesante del río, como el latido profundo de la noche misma. Poco a poco, una sensación cálida y suave empieza a expandirse desde el centro de mi pecho hacia cada rincón de mi cuerpo, como si una venda que me había envuelto desde niña se fuera deshaciendo hebra por hebra. No hay dolor, solo una liberación inmensa, profunda y esperada: algo que siempre estuvo ahí, callado y contenido, de pronto rompe sus cadenas y fluye libremente.
Cuando la última palabra se apaga en el aire, una luz plateada y cegadora pero suave brota de todo mi ser, iluminando el claro entero, haciendo brillar cada gota de agua suspendida en el aire y cada hoja de los helechos. Siento la fuerza de la Luna llenarme por completo, y en ese resplandor reconozco la esencia de mi madre, como si ella estuviera allí mismo, abrazándome. La luz se calma poco a poco, pero la energía sigue viva, vibrante y despierta dentro de mí.
—Ahora empieza tu verdadero camino —me dice Mara con orgullo—. Aprenderás a dominar el agua, a llamar al viento, a escuchar lo que la tierra susurra… pero lo más importante: aprenderás a ocultar todo esto cuando sea necesario. La mentira que han construido sobre ti es fuerte, y aún no es el momento de mostrar tu verdadero rostro.
Pasamos el resto del día en ese claro. Me enseña a mover el agua con solo la mirada, a hacer que el viento responda al ritmo de mi respiración, a envolver mi esencia en una sombra sutil que borra cualquier rastro de mi brillo lunar, para que nadie pueda sospechar lo que llevo dentro. Cada ejercicio me hace sentir más firme, más dueña de mí misma, entendiendo que el poder no es solo fuerza, sino control, paciencia y silencio.
Cuando el sol empieza a ocultarse tras las cimas de las montañas, tiñendo las nubes de tonos violáceos y grises profundos, me alejo unos pasos para mojarme el rostro junto al estanque. El sonido constante de la cascada llena el aire, la niebla se espesa suavemente alrededor y el bosque empieza a vestirse con las sombras largas del atardecer. Estoy a punto de volver hacia la cabaña cuando todo cambia de golpe.
No es un sonido lo que me avisa, sino una vibración profunda que recorre el suelo bajo mis pies y me llena el pecho: una presencia inmensa, poderosa, antigua, que despierta en mí una mezcla extraña de inquietud y reconocimiento inmediato. Me giro despacio, el corazón golpeándome con fuerza contra las costillas, y lo veo.
Está de pie entre los árboles, unos pasos fuera de la espesura. Es alto, mide cerca de un metro noventa, de hombros anchos y porte imponente, con una fuerza que se percibe incluso sin verlo moverse. Su cabello oscuro cae sobre su frente, y sus ojos, de un gris intenso y profundo, me observan con una sorpresa contenida, como si algo en mí le resultara familiar, aunque no logre descifrar qué es. Sé quién es antes de que abra la boca: Alonso Larencew, el Alfa de la manada, el gobernante del pueblo, el hombre al que la Luna destinó a mí, y al que han intentado entregarle a una mentira en mi lugar.
Me mantengo inmóvil, concentrada al máximo en mantener el hechizo de ocultación que acabo de aprender, asegurándome de que no vea el brillo de mis ojos, ni sienta la magia que corre por mis venas, ni sospeche siquiera quién soy en realidad. Por ahora, solo debe ver a una chica cualquiera que habita en los confines del bosque.
—No esperaba encontrar a nadie en este lugar —dice finalmente, con una voz grave y profunda que resuena entre las rocas como un trueno lejano—. Casi nadie se atreve a llegar tan lejos.
Sostengo su mirada con calma, ocultando todo lo que arde y se agita dentro de mí, y respondo con voz serena y medida:
—Vivo muy cerca. Solo venía a recoger un poco de agua al caer la tarde.
Por un instante se queda en silencio, como si estuviera tratando de descifrar algo que no alcanza a comprender, y entre la niebla y el murmullo del agua, siento cómo ese lazo rojo que el destino tejió hace tanto tiempo empieza a tensarse muy levemente, invisible e ineludible, entre los dos.
