Capítulo 3 ¿Destino?
Alonso da un paso lento y pesado hacia adelante, y el aire a mi alrededor se vuelve denso, casi irrespirable, como si toda la floresta hubiera contenido el aliento al mismo tiempo. Sus ojos grises, profundos y cargados de una intensidad antigua, no se apartan de mí ni un solo instante; recorren mi rostro, mis manos apretadas a los costados, la caída de mi cabello blanco que mantengo oculto bajo la capucha, y la postura firme con la que me sostengo frente a él. A pesar de la distancia que aún nos separa, siento su presencia como una fuerza física que me envuelve, cálida y salvaje a la vez, capaz de hacerme perder el equilibrio si no fuera por el control que acabo de aprender a ejercer sobre mí misma.
—¿Cómo te llamas? —pregunta al fin, y su voz, grave y profunda como el trueno que retumba lejos en las montañas, lleva un matiz de confusión y reconocimiento que me estremece hasta los huesos. Es como si su instinto le gritara algo que su mente no logra descifrar.
Mi corazón golpea contra las costillas con tanta fuerza que temo que pueda escucharlo. Por un segundo, el impulso de decirle mi verdadero nombre, de gritarle quién soy y por qué el destino nos ha puesto frente a frente, me recorre entera. Pero entonces recuerdo la mano de Verónica empujándome al vacío, recuerdo a mi hermanastra ocupando mi lugar, recuerdo la sangre de mi madre y la promesa que hice en el fondo del lago helado. Todavía no. Todavía no puedo arriesgarme.
Sostengo su mirada con toda la calma que puedo reunir, mantengo firme el escudo de sombras que oculta mi esencia lunar, y respondo con el nombre que Mara eligió para protegerme:
—Rowena.
Él repite el nombre despacio, saboreando cada sílaba como si tratara de encontrarle un sentido perdido, dejando que resuene entre el murmullo del agua y el crujir suave de las hojas:
—Rowena. No he escuchado ese nombre en ninguna casa del pueblo, ni entre las gentes que recorren estos bosques.
—No suelo bajar al pueblo —respondo, bajando la mirada un instante hacia el estanque donde la luz del atardecer se quiebra en mil destellos pálidos—. Vivo con mi tutora lejos del pueblo.
Asiente lentamente, pero veo en su expresión que no está conforme con mi respuesta. Da otro paso hacia mí, y la diferencia de tamaño se hace abrumadora: su cabeza se alza mucho más alto que la mía, sus hombros son anchos y poderosos, y emana una autoridad natural que nadie se atrevería a desafiar. Al acercarse, percibo su aroma con claridad: mezcla de madera de roble, lluvia fresca, musgo y esa esencia salvaje y magnética que solo tienen los Alfa. Es un olor que me resulta extrañamente familiar, como si hubiera estado presente en mis sueños más profundos sin que yo lo supiera.
—Soy Alonso Larencew —dice, y aunque todos conocen su nombre, lo pronuncia con la gravedad de quien se presenta ante su igual—. Soy el Alfa de esta manada y el guardián de estas tierras desde que mi padre me entregó el mando.
Levanto la vista para volver a encontrarme con sus ojos, y en ese instante exacto, algo se rompe en el aire. Siento cómo un hilo invisible, brillante y cálido como la luz de la luna, se tensa entre su pecho y el mío con una fuerza casi dolorosa, imposible de ignorar. Sé que él también lo siente: veo cómo sus pupilas se dilatan hasta casi cubrir el gris de sus ojos, cómo sus mandíbulas se aprietan y sus puños se cierran levemente a los costados, como si luchara contra una corriente que lo arrastra hacia mí sin que pueda oponerse.
—Lo sé —digo con voz suave pero firme—. Nadie que viva bajo estas montañas desconoce al Alfa.
—Y tú… —empieza a decir, y se detiene, buscando las palabras como si le costara darles forma—. No sé explicarlo, Rowena, pero cuando te vi, sentí que algo dentro de mí se acomodaba en su lugar. Es como si te hubiera estado esperando sin saberlo, como si te conociera desde antes de que naciéramos los dos.
Esas palabras me atraviesan como una flecha de luz, y por un instante el escudo que mantengo sobre mi magia vacila. Casi me olvido de todo: de la mentira, del peligro, de la venganza. Pero respiro hondo, aprieto con fuerza la voluntad que Mara me ha forjado, y sostengo la mentira con la única arma que tengo por ahora: la prudencia.
—Quizás es solo el bosque —miento, desviando la mirada hacia la cascada que sigue cayendo con su ritmo constante—. Dicen que este lugar guarda muchos secretos y que a veces nos hace sentir cosas que no tienen explicación.
Él me observa en silencio durante unos segundos eternos, estudiándome, tratando de encontrar una grieta en mi máscara. Sé que no me cree, pero tampoco tiene pruebas para dudar.
—Quizás —admite al fin, aunque su tono revela que no está convencido—. Pero te advierto: no todos los que caminan por aquí lo hacen con buenas intenciones. Hay sombras que buscan lo que no les pertenece, y hay peligros que no se ven a simple vista. Ten mucho cuidado.
—No le temo a las sombras —respondo con sinceridad absoluta—. He vivido en ellas suficiente tiempo para saber cómo moverme entre ellas.
Alonso duda un momento más, dando media vuelta y volviéndose a girar hacia mí, como si le costara arrancarse de mi lado.
—Debo volver —dice con visible reticencia—. Mi gente me espera. Pero volveré a pasar por este camino, quiero saber más de ti, Rowena. Quiero saber por qué mi instinto me dice que eres alguien importante.
—Si el destino lo dispone así, nos volveremos a ver, Alfa.—respondo, y esas palabras salen de mi boca sin que pueda detenerlas, cargadas de la verdad que la Luna ha escrito para nosotros.
Él me sostiene la mirada una última vez, con una intensidad que graba su imagen en mi memoria para siempre, y luego se adentra lentamente entre los árboles. Lo sigo con la vista hasta que su silueta imponente se desvanece entre la niebla y las sombras alargadas del atardecer. Solo entonces dejo escapar todo el aire que había contenido en mis pulmones, y el hechizo de ocultación se debilita lo suficiente para que un resplandor plateado y suave brote de mí por un instante, iluminando el claro antes de apagarse de golpe.
Una mano cálida y firme se posa sobre mi hombro. Es Mara.
—El lazo se ha anudado —me dice con voz solemne y baja—. Le has dado un nombre falso, pero la sangre no miente, y la Luna no se equivoca. Él ha sentido a su compañera, aunque su mente todavía no lo entienda. Prepárate, Agata. A partir de ahora, nada será igual. Cada paso que des será visto, cada palabra que digas pesará. Y cuando quites la máscara, el mundo entero temblará.
Levanto la vista hacia el cielo, donde la luna empieza a asomar pálida y orgullosa entre las nubes. Siento su poder fluyendo libremente por mis venas, siento la promesa de mi madre y la certeza de que mi regreso ya no tiene marcha atrás.
