Capítulo 4 ¿Sentimientos?

Los días que siguen al despertar de mi poder se convierten en un ritmo constante de aprendizaje y descubrimiento, una danza entre mi voluntad y la esencia lunar que ahora fluye libremente por mis venas. Cada amanecer, cuando la niebla aún cubre el suelo hasta los tobillos y el sol apenas empieza a teñir las cimas de las montañas de un tono pálido, me reúno con Mara en el claro de la cascada. Allí, bajo la luz suave y húmeda del bosque, empiezo a entender lo que realmente significa ser hija de la Luna.

Al principio, la magia se me antoja indomable, como un caballo salvaje que no conoce freno. Cuando intento concentrarme para elevar tan solo una gota de agua del estanque, toda la superficie se agita de golpe, levantándose en columnas brillantes que se desparraman por el aire y me empapan por completo. Mara me observa con calma, sin reclamarme ni apresurarme. Me enseña que no se trata de obligar a los elementos a obedecer, sino de convertirme en parte de ellos: respirar al mismo compás que el viento, sentir el latido de la tierra bajo mis pies, fluir con el agua en lugar de luchar contra ella. Poco a poco, con paciencia infinita, voy logrando pequeños milagros: hago que una corriente suave acaricie mi mano sin salpicar nada, llamo una brisa que mueve solo mi cabello y no las ramas de los árboles, hago brotar diminutas flores blancas entre las grietas de las rocas al solo posar mis dedos sobre ellas. Cada avance me hace sentir más entera, más conectada con todo lo que me rodea, como si finalmente hubiera recuperado una parte de mí que me faltaba desde niña. Pero lo que más practico, una y otra vez hasta que me sale sin esfuerzo, es el hechizo de ocultación: aprendo a envolver mi brillo plateado en una sombra sutil, a borrar cualquier rastro de mi esencia, a hacer que mis ojos parezcan de un gris común en lugar de ese resplandor propio de la Luna, de modo que nadie sospeche lo que llevo dentro hasta que llegue el momento justo.

Cuando el sol empieza a descender y el cielo se llena de matices violáceos y grises profundos, me siento sobre una roca cubierta de musgo para descansar. Siento el cuerpo cansado pero el espíritu ligero, y mientras dejo que el sonido rítmico de la cascada me envuelva, percibo esa presencia que ya empiezo a reconocer incluso antes de verla: fuerte, cálida, inconfundible.

Alonso aparece entre los árboles, avanzando con esa elegancia salvaje que lo caracteriza, pero esta vez no hay sorpresa en su mirada, sino una suerte de alegría contenida, como si hubiera contado las horas para volver a este lugar. Al encontrarse con mis ojos, una media sonrisa le alza las comisuras de los labios, suavizando la dureza de sus rasgos y quitándole peso a esa aura imponente que lo rodea siempre.

—Me dije a mí mismo que si volvía y no te encontraba, al menos habría intentado —dice despacio, acercándose con pasos pausados—. No esperaba tener tanta suerte de nuevo.

Me pongo de pie con lentitud, sintiendo cómo el corazón me late un poco más rápido, pero sin esa inquietud del primer encuentro; ahora hay algo sereno, algo que encaja.

—Yo no suelo alejarme mucho de aquí —respondo, y una pequeña sonrisa se me escapa también.

Él da un paso más y parece decidir sentarse en la misma roca donde yo estaba, pero al hacerlo calcula mal la distancia y su pie golpea con fuerza contra una raíz gruesa que sobresale del suelo. Pierde el equilibrio un instante, balanceando los brazos como si quisiera sostenerse en el aire antes de recuperar la postura con una torpeza absolutamente inesperada en alguien tan ágil y poderoso. Se queda quieto un segundo, con las mejillas ligeramente sonrojadas, y yo no puedo evitar soltar una risa suave y sincera.

—Parece que incluso los Alfas tienen que aprender a caminar entre raíces —digo divertida.

Él se pasa una mano por el cabello oscuro, sonriendo con una mezcla de vergüenza y humor.

—Solo cuando la mente está en otro sitio —admite sin rodeos, y sus ojos grises brillan con una luz cálida que me hace estremecer muy levemente.

Se sienta con mucho más cuidado esta vez, dejando un espacio cómodo entre los dos, pero sin alejarse lo suficiente como para romper esa conexión que se ha formado. Hablamos entonces de cosas sencillas, sin prisa y sin pesos: de cómo las nubes se enroscan alrededor de las cumbres cuando va a llover, de los pájaros que anidan en los huecos de los árboles más viejos, de las hierbas que Mara me ha enseñado a reconocer y que crecen cerca del arroyo. En un momento, al intentar señalar una flor pequeña de pétalos azules que crece entre las piedras, su capa larga se engancha en una rama baja y él tira con demasiada fuerza, con lo que la rama cede de golpe y él casi se va hacia atrás, golpeando levemente su espalda contra la roca. Esta vez me río con más ganas, una risa limpia y alegre que resuena entre los árboles, y él termina riéndose conmigo, sin orgullo herido, simplemente disfrutando del momento compartido.

El aire se siente extrañamente tibio a pesar de la humedad de la tarde; la niebla nos rodea en remolinos suaves, y el murmullo constante del agua parece acompañar nuestras palabras como una música de fondo. Ya no hay tensión, ni miedo, ni dudas. Me cuenta lo pesado que puede ser a veces llevar el mando, cómo hay decisiones que duelen y cargas que nadie más puede compartir, y por un instante deja de ser el Alfa para ser solo un hombre joven que también busca un lugar donde sentirse comprendido. Yo le hablo de la soledad que no es mala, sino necesaria, de lo mucho que he aprendido a escuchar al bosque, sin revelar todavía quién soy ni de dónde viene realmente mi conocimiento.

—Me resulta extraño —dice al cabo de un rato, con la voz baja y sincera—: llevo toda la vida rodeado de gente, pero nunca me he sentido tan tranquilo como ahora, hablando contigo. Es como si pudiera dejar de ser lo que todos esperan que sea y simplemente estar aquí.

Lo miro y siento cómo cada palabra suya va llenando un espacio que creí vacío para siempre. Sé que la verdad que oculto pesa, sé que llegará el momento de decirla y de enfrentar todo lo que eso traerá consigo, pero por ahora, en este rincón protegido por la tarde y la niebla, solo somos dos almas que se han encontrado por alguna razón que todavía no alcanzamos a comprender del todo.

—A mí también me pasa —respondo con suavidad—. Es como si el bosque hubiera guardado este momento para nosotros.

El cielo se va oscureciendo poco a poco, y la primera estrella empieza a brillar débilmente entre las nubes. Nos quedamos allí un tiempo más, en silencio a ratos, hablando a ratos, con una calidez entre nosotros que no necesita palabras para existir. Y aunque sé que la mentira sigue entre los dos, también sé que ese lazo que la Luna tejió es más fuerte que cualquier ocultación, y que tarde o temprano saldrá a la luz con toda su fuerza.

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