Capítulo 5 Nuevas amistades Part I
Ala mañana siguiente, el aire dentro de la cabaña todavía conserva el frescor de la madrugada cuando Mara me tiende una pequeña bolsa de lona gruesa y unas pocas monedas brillantes, contadas una a una sobre la mesa de madera.
—Se nos han agotado las raíces de lirio silvestre, la canela de montaña y las bayas azules que necesito para las infusiones —me dice con voz suave pero firme—. Hoy debes bajar al pueblo a comprarlas. No es solo por los ingredientes: es hora de que empieces a caminar entre ellos, a ver cómo viven, a escuchar lo que dicen. Y recuerda: mantén tu esencia bien oculta, Rowena. Todavía no es el momento.
Asiento con la garganta un poco apretada. Hace diez años que no piso esas calles donde todo empezó, donde el dolor y la traición me arrancaron de mi lugar. Me pongo la capa negra, ajusto la capucha lo justo para que no tape mi rostro por completo pero sí disipe cualquier rastro de ese brillo lunar que a veces se me escapa sin querer, y empiezo a caminar por el sendero que desciende entre pinos y helechos.
Cuando llego a la entrada del pueblo, el bullicio me golpea de golpe, como una ola inesperada. Hay gente que va y viene con prisa, carretas que crujen sobre el empedrado, vendedores que gritan ofreciendo sus productos, perros que ladran a lo lejos y un aroma inmenso que lo llena todo: pan recién salido del horno, frutas maduras, queso curado, hierbas aromáticas y humo de leña. Me siento pequeña, torpe, fuera de lugar; camino pegada a las paredes de piedra, con la cabeza baja, sin saber muy bien hacia dónde ir ni a quién preguntar. Sé lo que necesito, pero no conozco los puestos, y la timidez me cierra la garganta cada vez que pienso en pedir indicaciones. Miro a un lado y a otro, indecisa, hasta que de pronto una figura surge de golpe entre un puesto de lechugas y manzanas y chocamos con fuerza.
Pierdo el equilibrio y doy unos pasos hacia atrás; las monedas saltan de mis manos y ruedan por las piedras, perdiéndose entre los pies de la gente que pasa.
—¡Ay, perdón, perdón mil veces! —exclama una voz viva, alegre y rápida, y antes de que yo pueda agacharme, ella ya está de rodillas recogiendo las monedas con una agilidad increíble.
Levanto la vista y me encuentro con una chica de mi misma estatura, con el cabello castaño recogido en una trenza deshecha, ojos grandes y brillantes que parecen verlo todo y una sonrisa tan amplia y sincera que ilumina su rostro entero. Lleva un delantal de lino manchado de harina y las manos manchadas de tierra.
—¡Soy un desastre! —dice riéndose, entregándome las monedas ya contadas—. Siempre voy corriendo como si se me fuera a acabar el tiempo, sin mirar por dónde piso. ¿Estás bien? ¿Te he hecho daño?
—No… no pasa nada —respondo bajando un poco la mirada, sintiendo cómo se me calientan las mejillas—. Fue culpa mía, iba distraída.
—¡Ni hablar! La culpa es mía y punto —me toma del brazo con una naturalidad sorprendente, como si nos conociéramos desde niñas—. Yo soy Camila Valderrama. Y tú te vienes conmigo, ¿entendido? Se nota a leguas que no conoces este mercado. Si vas así, te van a cobrar el triple por todo y te darán lo peor que tengan. ¡Vamos!
No me da tiempo a decir que no. Me arrastra con ella entre la multitud, hablando sin parar, señalando cada puesto y explicándome todo con una energía que me desborda pero que a la vez me hace sentir extrañamente protegida.
—Mira —me dice deteniéndose frente a un puesto lleno de especias y raíces—, nunca aceptes el primer precio que te digan. Pon cara de que no te importa irte, diles que en la otra esquina lo venden más barato, y si no baja lo suficiente, giras y te vas caminando despacito… ¡ya verás como te gritan para que vuelvas!
Me enseña a tocar las hojas para saber si están frescas, a oler la canela para distinguir la verdadera de la falsa, a buscar las bayas que tienen el color más intenso y brillante. Me regaña suavemente cuando intento pagar lo que me piden sin decir nada, y negocia con los vendedores con tanta gracia y desparpajo que todos terminan cediendo riendo. Yo apenas hablo, solo escucho y asiento, pero su calidez es tan genuina, tan sin doblez, que poco a poco la timidez se me va desvaneciendo como la niebla con el sol. Le cuento, sin dar detalles de mi pasado, que vivo lejos, en lo profundo del bosque, y que muy rara vez bajo al pueblo.
—¡Pues eso se acabó! —me dice con firmeza pero sonriendo—. De ahora en adelante, cada vez que vengas, me buscas en la panadería de mis padres o por aquí mismo. Yo te enseño todo lo que haga falta. Me caes bien, se nota que tienes el corazón tranquilo y bueno.
Poco a poco, lo que iba a ser una compra rápida se convierte en toda la jornada. Vamos a ver los puestos de ropa, donde Camila me hace probar un pañuelo de color verde esmeralda que me queda precioso; pasamos por la fuente central donde se detiene a saludar a media gente, presentándome con orgullo como su nueva amiga; comemos una empanada caliente que ella compra para las dos, sentadas en un escalón, riendo cuando se le cae un poco de relleno sobre su delantal. Me habla de sus sueños, de su familia, de Fabrício, su novio, que es el mejor amigo y mano derecha del Alfa, y yo le escucho con una sonrisa suave, sintiendo que por primera vez en años alguien me trata como a una igual, sin juicios, sin sospechas, sin mentiras.
Cuando el sol empieza a esconderse detrás de las montañas y las sombras se alargan por las calles, el aire se vuelve más fresco y las luces de las casas y los negocios empiezan a encenderse una a una.
—Ya es tarde —dice Camila mirando el cielo—. Antes de que te vayas, vamos a tomar algo caliente. Conozco un lugar pequeño y tranquilo donde hacen el mejor café de montaña de todo el pueblo.
Me lleva hasta una puerta de madera baja, con un letrero desgastado que dice El Horno Viejo. Al entrar, el lugar es cálido y acogedor, con mesas de roble oscuro, olor a café tostado y muebles viejos pero muy bien cuidados. Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana, y mientras esperamos que nos sirvan, la puerta se abre de nuevo.
El corazón se me da un vuelco en el pecho.
Alonso entra despacio, quitándose el sombrero y sacudiendo levemente su capa, y al levantar la vista y verme, se detiene en seco. Sus ojos grises se iluminan de golpe, y una expresión de sorpresa agradable cruza su rostro antes de que pueda disimularla. Camila le hace una seña con la mano, totalmente ajena a todo lo que hay entre nosotros.
—¡Alonso! —exclama alegremente—. ¡Ven aquí! Te presento a mi nueva amiga…
Hago una pausa breve, tomando aire, y digo el nombre que he elegido para sobrevivir:
—Rowena.
Él da unos pasos hacia nosotros, y aunque intenta mantener su porte serio y de autoridad, veo en sus ojos esa misma alegría tranquila que sentí la última vez que nos vimos junto a la cascada.
—Rowena —repite despacio, y su voz suena más suave de lo habitual—. No esperaba encontrarte por aquí.
Y allí, entre el humo del café y la luz tenue de las lámparas, empiezo a comprender que quizás el destino no solo me trajo de vuelta para pedir justicia… sino también para encontrar algo que creí haber perdido para siempre.
