Capítulo 7 Nuevas amistades Part III
Camino entre los árboles mucho después de que las luces del pueblo se hayan apagado por completo detrás de mí, y aunque el aire de la montaña es frío y húmedo, la sensación de su roce en mi mejilla sigue ahí: tibia, ligera, como si hubiera dejado una huella invisible que ni el viento ni la oscuridad logran borrar. Al llegar a la cabaña, la puerta está entreabierta, y al entrar encuentro a Mara sentada junto al fuego, moviendo despacio una cuchara de madera dentro de una taza de barro, mientras las llamas bailan suavemente sobre su rostro surcado de años y de secretos guardados. No me pregunta dónde he estado, ni por qué he tardado tanto; solo levanta la vista despacio, y sus ojos parecen atravesar mi capa, mi rostro y mis palabras, para ver directamente lo que llevo dentro.
Me quito la prenda pesada y me siento frente a ella, apretando las manos entre mis rodillas, sin saber muy bien por dónde empezar.
—Llegas con el aire distinto —dice con voz suave, casi un murmullo, como si estuviera hablando con el fuego y no conmigo—. El paso ya no pesa tanto, y la mirada ya no se esconde tanto hacia el suelo. Es curioso… pasamos la vida pensando que para estar a salvo hay que encerrarse muy hondo, y a veces descubrimos que la verdadera protección empieza cuando nos atrevemos a salir un poco al encuentro.
—No fui yo quien lo buscó —murmuro—. Fue ella quien me encontró primero. Y luego… luego él estaba allí.
Mara asiente muy levemente, sin dejar de mirar las llamas.
—Nadie busca lo que el destino ya ha puesto en su camino —comenta despacio—. Las raíces no deciden hacia dónde crecer, pero saben muy bien cuál es la tierra que las alimenta. Y la Luna nunca se equivoca al señalar el sitio donde debe caer su luz.
—Pero siento que camino sobre algo que se mueve —le confieso, sintiendo cómo se me aprieta un poco la garganta—. Un momento todo parece tranquilo, y al siguiente siento que cualquier cosa podría derrumbarse sobre mí.
Mara sonríe apenas, una sonrisa dulce y antigua, como la que tendría quien ha visto pasar muchas lunas.
—¿Has visto alguna vez cómo se prepara la tierra antes de la lluvia? —pregunta sin mirarme todavía—. Se agrieta, se seca, parece que va a perder todo lo que tiene… y sin embargo, es justo esa apertura la que permite que el agua entre hasta lo más hondo y haga crecer todo lo que estaba dormido. El temor no es más que esa tierra esperando. No es el fin, es solo el comienzo de algo nuevo.
Hace una pausa, y el sonido de la cuchara rozando la cerámica se apaga por un instante.
—Dicen quienes no saben, que las mentiras son fuertes y duraderas —sigue diciendo con suavidad—. Pero yo he visto lo contrario: se mantienen solo mientras nadie las mira bien. Basta con que la verdad empiece a soplar muy despacio, y se van deshaciendo como humo al amanecer. No hay muro que resista a lo que siempre ha debido ser.
Ahora sí levanta la vista hacia mí, y en sus ojos hay una ternura inmensa, pero también una certeza profunda.
—Y hay algo más —añade casi en un susurro—: cuando uno lleva dentro algo tan antiguo y tan fuerte como lo que tú llevas, no puedes esconderlo para siempre sin que se note. Puedes envolverlo en telas, en silencios, en nombres prestados… pero siempre habrá algo que se escape: una mirada, un paso, una manera de estar en el mundo que nadie más tiene. Y quienes han sido destinados a verlo, lo verán aunque no sepan explicar qué es lo que están viendo.
Me extiende entonces la taza que ha preparado para mí, y el aroma que desprende es suave, mezcla de flores silvestres y raíces dulces.
—Bebe —me dice—. Y duerme tranquila esta noche. No todo lo que se acerca viene a hacer daño. A veces, lo que creemos que es un peligro, no es más que la mano que nos ayuda a ponernos de pie cuando hemos caído.
No me da instrucciones, no me advierte con severidad, no me cuenta nada que yo no pueda ir descubriendo por mí misma. Solo me entrega esa infusión, me regala esas palabras que parecen simples pero que se quedan dando vueltas en la mente como una canción que no se olvida, y vuelve a mirar el fuego, como si con ello me estuviera diciendo todo lo que hace falta saber: que el tiempo de las sombras se va acabando, y que cuando la luz llegue, no habrá nada que pueda detenerla.
Me quedo allí sentada un buen rato, escuchando el crujir de la leña y dejando que cada una de sus frases se asiente despacio en mi corazón, entendiendo que no me ha dado respuestas… pero me ha dado la fuerza para buscarlas por mí misma.
