Capítulo 8 Señales del viento

A la mañana siguiente, el alba tiñe el cielo de tonos pálidos y nacarados cuando abro los ojos. Las palabras de Mara siguen resonando en mi mente, suaves y persistentes, como el murmullo constante del arroyo que baja desde las cumbres más altas. Me levanto descalza, sintiendo la madera fresca bajo mis pies, y salgo al claro donde cada día aprendo a conocer lo que llevo dentro. El aire huele a resina, a musgo húmedo y a esa fragancia antigua que solo tiene el bosque al despertar.

Me concentro despacio, tal como ella me ha enseñado: respiro al ritmo de las hojas que se mueven con la brisa, dejo que mi esencia fluya sin forzarla. El rocío que cubre los helechos empieza a elevarse en pequeños destellos plateados, formando círculos suaves que giran a mi alrededor; llamo al viento y este responde acariciando solo mi cabello blanco, sin agitar las ramas; poso la mano sobre la tierra y siento cómo late bajo mis dedos, cómo las raíces se entrelazan y la savia sube por los troncos antiguos. Todo fluye con una facilidad que antes no tenía, como si sus palabras hubieran aflojado algún nudo invisible que llevaba anudado en el pecho desde que era niña.

De pronto escucho su voz a mis espaldas, tan suave que casi se confunde con el susurro de las hojas:

—Mira cómo se mueve —dice, sin darme la espalda, mirando el movimiento del agua que he levantado—. Ni se apresura, ni se resiste. Simplemente sigue el camino que la naturaleza le dio. Quien intenta detener el río con las manos, solo termina con los dedos llenos de agua y nada más.

Me giro y la veo apoyada en el marco de la puerta de la cabaña, con su vestido de lana descolorida y esa mirada que parece haber visto pasar siglos enteros. Una media sonrisa le ilumina el rostro, dulce y serena, como si leyera cada uno de mis pensamientos sin necesidad de que yo los diga.

—Siento que algo se ha soltado dentro de mí —murmuro—. Ya no me cuesta tanto… estar aquí.

—Todo lo que vive se abre paso —responde ella, acercándose despacio hasta quedar a mi lado—. Lo que permanece cerrado demasiado tiempo, termina por secarse por dentro. Lo que se mueve, aunque sea despacio, sigue vivo. Solo hay que aprender a distinguir entre el viento que desordena todo y el viento que lleva el rumbo marcado desde siempre.

Antes de que pueda decir nada más, una voz alegre y clara rompe el silencio del bosque:

—¡Rowena! ¡Estás ahí! ¡He venido tal como te prometí!

Camila aparece entre los árboles, saltando sobre las raíces y las piedras, con una cesta de mimbre en el brazo de donde asoma el borde de unos paños limpios y el aroma irresistible de pan recién horneado. Detrás de ella camina Fabrício, con paso tranquilo y mirada atenta, saludando con un gesto respetuoso a su alrededor; y un poco más atrás, avanzando con esa elegancia salvaje que lo caracteriza, viene Alonso. Al ponerme a la vista, se detiene un instante, y veo cómo sus ojos grises se iluminan, como si al encontrarme todo lo demás dejara de tener importancia por un momento.

—¡Buenos días, buenos días! —saluda Camila llegando hasta mí y dándome un abrazo cálido y espontáneo—. Mi madre horneó pan de miel esta mañana y me dijo que no se podía venir a visitarte con las manos vacías. Espero que te guste.

Mara la mira con una ternura profunda y hace un gesto suave con la mano invitándonos a entrar.

—La hospitalidad es la primera semilla de toda amistad verdadera —dice con voz pausada—. Pasad. El fuego aún guarda el calor de la madrugada.

Nos sentamos alrededor de la mesa tosca de roble, donde ya hay tazas de barro y una jarra con infusión de hierbas. Camila va repartiendo pan, mantequilla y mermelada de moras silvestres, hablando sin parar de las cosas del pueblo: de cómo la fuente central se ha llenado de flores nuevas, de la feria que se acerca, de cómo su padre ya la tiene cansada hablando de que debe aprender a llevar la panadería. Fabrício la escucha con una sonrisa paciente, interrumpiéndola solo para corregirla cariñosamente cuando se inventa detalles exagerados. Alonso apenas habla, pero sus ojos no se apartan de mí ni un instante, y cada vez que nuestras miradas se cruzan, siento esa misma corriente cálida que recorre todo mi cuerpo.

Hasta que Fabrício se aclara la garganta y su tono cambia, volviéndose más serio y contenido:

—Hay algo más por lo que hemos venido —dice mirando directamente a Mara—. Esas cosas extrañas que pasaban en el bosque se han vuelto más fuertes y más frecuentes. Anoche, sin viento ni explicación, se apagaron al mismo tiempo todas las hogueras del recinto de la manada. Las vigilias dicen que escucharon ruidos que no parecen de animales, que las sombras se alargaban de formas que no correspondían a nada. La gente está empezando a tener miedo, y cuando el miedo entra en una casa, cuesta mucho volver a sacarlo.

Mara toma su taza entre las manos, observa el líquido oscuro y luego mira las llamas que aún bailan en el hogar.

—El fuego a veces se apaga —comenta al aire, como si hablara consigo misma—, no porque se le haya acabado la fuerza, sino porque el aire cambia. Y cuando vuelve a encenderse, lo hace con más brillo que antes. Lo que no pertenece a su lugar, termina por delatarse a sí mismo. Las sombras pueden esconderse un tiempo, pero nunca lo hacen eternamente.

—¿Cree que hay algo que podamos hacer? —pregunta Alonso, inclinándose un poco hacia adelante, con esa autoridad contenida que nace de la responsabilidad que lleva sobre sus hombros—. Si hay alguna forma de proteger al pueblo…

Ella levanta la vista y lo mira fijamente a los ojos, con una mezcla de ternura y advertencia muy suave:

—Hay lazos que se han cortado con violencia —dice despacio, pesando cada palabra—. Y hay lugares que no aceptan a quien no les pertenece por derecho propio. Cuando se aparta la verdad de su camino, todo lo demás empieza a desequilibrarse: el viento, el agua, la tierra… incluso los corazones de los hombres. Es como cuando quitas una piedra clave de un muro: al principio todo parece seguir igual, pero poco a poco empieza a crujir, hasta que nada puede sostenerlo ya.

Siento cómo se me acelera el corazón, entendiendo perfectamente lo que ella dice sin nombrarlo: habla de mi madre asesinada, de mi identidad robada, de Verónica y Daniela ocupando el lugar que no les corresponde, de la mentira que ha desequilibrado todo lo que la Luna había ordenado.

—¿Y no hay manera de volver a poner la piedra en su sitio? —pregunto con voz apenas audible.

Mara me mira a mí primero, luego a cada uno de ellos, y una sonrisa muy leve se dibuja en sus labios.

—Solo hay que dejar que lo que es verdad regrese —responde—. No hay que empujar, no hay que forzar nada. Solo hay que esperar el momento justo, y estar listos cuando llegue. Mientras tanto… cuidad de no confundir el ruido con la amenaza, y cuidad de no llamar amigo a quien solo busca su propio beneficio.

Alonso asiente con gravedad.

—No bajaremos la guardia —asegura—. Y nadie hará daño a nadie mientras yo esté aquí.

—La protección más fuerte no es la que levanta muros ni la que empuña armas —susurra ella, volviendo a mirar el fuego—, sino la que mantiene el corazón limpio y la lealtad puesta en el lugar que le corresponde.

Poco después se levantan para irse, prometiendo volver al día siguiente con más noticias y llevando consigo un pequeño saquito de hierbas que Mara les entrega sin decir para qué sirven. Camila me abraza con fuerza antes de marcharse:

—No te preocupes por nada —me dice al oído—. Estamos todos contigo, aunque no sepamos todavía por qué.

Cuando sus siluetas se pierden entre la espesura y solo queda el sonido del bosque a nuestro alrededor, me vuelvo hacia Mara.

—¿Crees que ellos estarán ahí? —pregunto con un nudo en la garganta—. Cuando todo salga a la luz, cuando sepan quién soy realmente… ¿crees que seguirán de mi lado?

Ella se acerca y apoya su mano cálida y firme sobre mi hombro.

—El hilo que la Luna tejió antes de que nacieras no se rompe con palabras ni con miedos —dice con suavidad infinita—. Solo se pone a prueba con el tiempo. Y muchas veces descubrimos que no estábamos solos… ni siquiera en los momentos en que creíamos que nadie nos veía.

Me quedo mirando el sendero por donde se han ido, sintiendo cómo la luz del sol va ganando terreno a la niebla, y por primera vez en mucho tiempo no siento frío ni miedo. Solo siento que el camino se va aclarando poco a poco, y que ya no lo recorro sola.

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