Capítulo 1 1° Sinclair Bespoke

Briana

El aire comprimido del metro de Londres, no se compara para nada al de Nueva York, pero el cansancio se siente exactamente igual.

Llevo tres meses en esta ciudad y todavía no me acostumbro al gris permanente del cielo ni al peso de mis propias decisiones. En Manhattan, actuar no era solo un pasatiempo; era mi vida. Pero las facturas no se pagan con ovaciones y el sueño americano de evapora rápido cuando el saldo de tu cuenta bancaria ronda los tres dígitos. Así fue como terminé guardando mis libretos al fondo de una maleta, cruzando el Atlántico y postulándome como la secretaria del gigante de la moda, Hades Sinclair.

Ajusto mi abrigo, tomo aire y empujo las pesadas puertas de cristal del edificio en pleno centro financiero. El aroma a perfume caro, cuero y café recién molido me recibió de golpe.

—     Buenos días Briana. — me saluda la recepcionista con una sonrisa amable mientras marco la tarjeta de acceso.

—     Buenos días Eleonor.

Subo en el ascensor privado hasta el último capítulo piso. Las paredes de cristal y acero reflectante de la empresa respiran elegancia y una disciplina militar. Al llegar a la recepción de la alta dirección, me acomodo en mi escritorio, reviso la agenda del día y preparo café negro, sin azúcar, exactamente como a él le gusta.

Apenas dejo la taza en el centro del escritorio de la oficina, la puerta de entrada se abre.

Hades Sinclair entra a la estancia con pasos firmes. Imponente, alto, con ese porte atlético que no logran ocultar sus trajes a la medida y ese cabello oscuro que parece desafiar cualquier peinado perfecto. Pero lo que verdaderamente impone, son sus ojos color gris tormenta, una mirada profunda, seria que, sin embargo, se suavizaba cada vez que cruzaba palabra conmigo.

—     Buenos días señorita Evans. — dice, ofreciéndome una sonrisa genuina que rompe al instante la frialdad de la mañana — Gracias por el café. ¿Cómo pinta el calendario hoy?

—     Buenos días sr Sinclair. Tiene la reunión con los diseñadores a las diez y la revisión de los presupuestos antes del almuerzo. — respondo, poniéndome de pie con la carpeta lista.

—     Excelente, Y por favor, ya te he dicho que cuando estemos a sola me llames Hades.

Ahí estaba. Esa calidez que hace que trabajar doces horas al día fuese extrañamente fácil y cómoda. Hades no solo es un jefe brillante; es respetuoso, impecable y absurdamente comunicativo. Entre nosotros hay una sincronía perfecta, un ritmo profesional tan pulido que a veces me da miedo romperlo.

Lo que nadie en esta empresa sabe, y lo que yo me esforzaba por ocultar tras una sonrisa eficiente, es que cada vez que sus ojos grises se fijan en los míos, el papel de secretaria me quedaba ridículamente chico.

—     Entiendo, Hades. — asiento, sintiendo un leve calor en las mejillas que intento disimular al instante ajustando las hojas en mi carpeta.

Él sonríe de nuevo, inclinando la cabeza ligeramente antes de tomar su café y caminar hacia su amplio escritorio de caoba. La luz del sol matutino se filtra por el enorme ventanal que ofrece una vista panorámica de la arquitectura de Londres, recortando su figura alta, musculosa contra el paisaje gris de la ciudad.

Trabajar para él es una mezcla constante de admiración profesional y un constante ejercicio de autocontrol a pesar de que tengo novio. Nunca hemos cruzado una línea innecesaria. Desde mi primer día, la relación ha sido impecable con una confianza me que me ha hecho sentir apreciada, no solo como una simple empleada, sino como su mano derecha.

—     Por cierto, Briana — habla sin levantar la vista de las primeras firmas de la mañana —, los bocetos para la colección de otoño deben enviarse a producción antes de las cuatro. ¿Podrías coordinar con el departamento de diseño para asegurarte de que los ajustes de corte estén listos?

—     Ya me adelanté. — expreso esbozando una sonrisa — Hablé con el diseñador jefe a primera hora. Me prometió tener las muestras corregidas sobre su escritorio a la una.

Hades levanta la mirada. Sus ojos grises me miran fijamente durante un par de segundos que parecen eternos, y una chispa de auténtica gratitud se amplió en su rostro.

—     No se que haría sin ti en esta oficina. De verdad.

—     Solo hago mi trabajo señor… quiero decir, Hades.

—     Y lo haces mejor que cualquiera. Buenos mal tuve la dicha de contratarte. — sentencia con una voz suave antes de volver con los papeles.

Regreso a mi escritorio en el área de recepción con el corazón latiendo a un ritmo más acelerado de lo normal. Me siento enfrente del ordenador y suelto y largo suspiro. A veces, cuando la oficina se queda en silencio y la rutina me absorbe, me viene a la mente la idea de lo lejos que estaba de los escenarios de Nueva York, de los castings infinitos y de las noches de ensayo.

Pero luego miro a mi alrededor, siento la estabilidad y el trato que recibo aquí, y me convenzo a mi misma de que he tomado la decisión correcta.

A las diez en punto, los ejecutivos y diseñadores comenzaron a llegar para la primera reunión. Acomodo las carpetas de presentaciones en la sala de conferencias adyacente y sirvo agua mientras Hades toma la cabeza de la mesa. Durante las dos horas siguientes, lo observo dirigir la sesión con una firmeza espectacular, argumentando cada punto con brillantez y carisma. Es imposible no quedarse fascinada por la forma en que domina el espacio.

Cuando la sesión terminó y los asistentes se retiraron, entré a la sala para recoger las notas sobrantes. Hades está de pie junto al ventanal, aflojándose la corbata de seda oscura.

—     Excelente reunión la de hoy. — comento mientras recojo los documentos.

—     Gracias a que la documentación estaba perfectamente organizada — responde girándose hacía mí. Su expresión se relajó y soltó una pequeña risa cansada — A veces me pregunto si estas reuniones para definir diseños o para probar mi paciencia.

—     Un poco de ambas, sospecho. — bromeo suavemente.

Él se echó a reír, un sonido grave y cálido que llenó la sala. En ese instante, la distancia profesional entre nosotros se sintió tan delgada que el aire se volvió denso. Me quedo mirándolo un segundo más, atrapada en la intensidad de su mirada gris.

Pero justo él da un paso hacia mí para decir algo más, el tono estridente de su teléfono personal interrumpe el momento. Hades saca el dispositivo del bolsillo de su saco. Vi como la sonrisa de sus labios desvanecía al leer el nombre en la pantalla.

Su rostro se volvió frío, casi distante, como si una sombra acabara de posarse sobre él.

—     Debo tomar esta llamada. — dijo con la voz notablemente alterada, señalando hacia su oficina privada.

—     Claro, le dejo su espacio. — respondo inmediatamente, dando un paso atrás y saliendo de la sala.

Al cerrar la puerta de su despacho, no puedo evitar sentir un leve vuelco en el estómago. Sé que la llamada era de su esposa. Aunque Hades jamás ventilaba sus asuntos personales en el trabajo, las contadas veces que la había visto pasar por la empresa dejaban una vibra extraña y distante.

Me siento de nuevo en mi puesto, intentando concentrarme en la pantalla y dejar mi lado chismoso a un lado.

A la una en punto, la agitación en el piso de la alta dirección se redujo. Hades no había vuelto a salir de su despacho privado desde que atendió esa llamada, pero antes de que pudiera preocuparme más de la cuenta, el hambre terminó por arrastrarme hacia la cafetería del edificio.

El cafetín de Sinclair Bespoke parecía más un restaurante exclusivo de Mayfair que un comedor de empresa: Ventanales luminosos, mesas de diseño y un aroma a café recién tostado que inundaba todo el espacio. Al escanear el lugar, diviso de inmediato una melena rubia perfectamente peinada.

Ahí esta Vanessa Thackerry, la secretaria del vicepresidente y mi salvavidas absoluto desde que había desembarcado a Londres.

—     ¡Briana, por aquí! — agita la mano con una sonrisa radiante antes de hacerme sitio en su mesa junto a la ventana.

Me siento aliviada y dejo mi bandeja sobre la mesa.

—     No sabes lo mucho que necesitaba un descanso, Van. — suspiro, apoyando los codos en la madera y dejándome caer sobre la silla.

—     Se te nota en los ojos, mi neoyorquina favorita. — se burla alegremente Vanessa mientras le da un sorbo a su té verde — ¿Qué tal la mañana con el todopoderoso CEO? Apuesto a que te ha tenido corriendo de un lado para otro.

—     Para nada, ya conoces a Hades. Es demasiado perfeccionista, ultra profesional y siempre tiene todo bajo control. — respondo abriendo mi ensalada — Bueno… hasta hace una hora.

Vanessa arquea una ceja, inclinándose hacia adelante con la curiosidad encendida en la mirada.

—     ¿Pasa algo con el Dios Olimpo? —No me digas que se le rompió un botón de la camisa de mil libras.

—     No te burles. — sonrío levemente, aunque mi gesto no tardó en ponerse serio — Estábamos coordinando la reunión de mañana, todo iba genial, pero de repente recibió una llamada en su teléfono personal. En cuanto vio la pantalla, su rostro cambió por completo. Parecía… Devastado. O furioso. O ambas cosas.

—     Déjame adivinar — expresa burlona —. La esposita.

Me quedo en silencio un segundo, jugueteando con el tenedor.

—     No dijo su nombre, pero estoy casi segura. Fue la primera vez que lo vi perder la compostura de esa manera en meses. Siempre es tan respetuoso, tan cercano cuando habla conmigo… ver esa sombra en su cara me dejó un mal cuerpo horrible.

—     Bri, escucha — Vanessa adopta un tono más suave, bajando la voz — Hades Sinclair puede ser el hombre más encantador, atractivo y respetuoso de todo Londres, pero esa mujer es un dolor de cabeza. No es ningún secreto en los pasillos del piso ejecutivo que su matrimonio es una fachada congelada. Él se desvive por la empresa y por mantener una vida digna y ejemplar para ella sus hijos, mientras ella… en fin, solo le interesa el apellido y el estilo de vida.

—     Aún así, jamás se ha quejado. Nunca mezcla sus problemas personales con el trabajo — digo con firmeza — recordando la amabilidad habitual de mi jefe.

—     Porque es un caballero — asiente Vanessa —. Pero no cargues con responsabilidades que no te corresponden, Briana. Bastante tienes tu con haber dejado Nueva York y la actuación como para andar preocupándote por el matrimonio roto de tu jefe millonario.

Vanessa tiene razón, pero el recuerdo de la mirada gris de Hades, tornándose fría y rota antes de encerrarse en su despacho, no se me borró en todo el almuerzo. Algo grave había ocurrido detrás de la línea, y la tranquila rutina que compartíamos en la cima del edificio estaba a punto de cambiar para siempre.

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