Capítulo 2 2° Sorpresa

Briana

El resto de jornada laboral pasó en silencio espeso. Hades no volvió a salir de su despacho privado y se limitó a enviarme un par de correos estrictamente profesionales para delegar el cierre de la agenda. A la seis en punto, apagué la pantalla de mi ordenador, dejé los informes ordenados sobre el escritorio y me despedí con un nudo en el estómago sin descifrar.

Afuera, la noche de viernes en Londres era un caos efervescente. La lluvia fina reflectaba las luces de los taxis negros y los autobuses rojos, mientras la multitud de ejecutivos celebraba el fin de semana en cada pub de la esquina. Me llevó casi una hora sortear el tráfico y el empuje de la gente en el metro para al fin llegar a mi pequeño departamento rentado en Earls Court; un espacio modesto, de paredes delgadas y olor constante a humedad, pero lo único que mi presupuesto podía costear ya que quince y último le envío dinero a mi madre.

Subí los escalones agotada, buscando las llaves en mi bolso. Al abrir la puerta la luz de la sala estaba encendida y el olor a comida para llevar inundaba el recibidor.

—     ¡Sorpresa baby! — exclamó una voz familiar desde el sofá.

Me quedé congelada en el marco de la puerta. Apoyando con total desenvoltura sobre mis cojines, con los pies descalzos sobre la mesa de centro y una lata de cerveza en la mano, estaba Christian. Mi novio.

—     ¿Christian? — parpadeé, atónita — ¿Qué … qué haces aquí? Pensé que estabas en Manhattan.

—     ¿Así es como recibes al amor de tu vida? — dijo levantándose con una sonrisa encantadora, esa misma sonrisa que me conquistó hace tres años en Nueva York. Cruzó la estancia y me envolvió en un abrazo apretado, besándome los labios antes de que pudiera reaccionar —. Decidí tomar un vuelo de última hora. No aguantaba a distancia, Bri. Te extrañaba demasiado.

—     Yo también te extrañé… pero los billetes de avión a Londres son carísimos, Christian. Dijiste que as audiciones Broadway no están saliendo bien.

Él desvió la mirada un segundo y soltó un suspiro dramático, pasándose la mano por el cabello con gesto abatido.

—     Ese es el tema, mi amor. Tuve un problema enorme con mi agente. Me prometió un papel secundario en una producción importante, pero me exigió un depósito por adelantado para los trámites del contrato y… en fin, el tipo resultó ser un estafador. Se llevó lo poco que tenía guardado. Tuve que pedir prestado para el pasaje porque me estaba quedando en la calle allá.

El corazón se me apretó de inmediato. Me dolía tanto verlo luchar por el mismo sueño que yo había tenido que abandonar.

—     Dios mío Christian, que horrible. — dije tomándolo de las manos y olvidando por completo mi cansancio — ¿Estás bien?

—     Ahora que estoy contigo, sí. — murmuró, mirándome con ojos suplicantes mientras rozaba mi mejilla — Pero la persona que me prestó el dinero para venir me está presionando mucho. Briana, sé que acabas de empezar a trabajar en la empresa de moda y que ganas bien… ¿Crees que podrías prestarme mil quinientos dólares solo para pagar la deuda y mantenerme unos días mientras busco algo aquí? Te prometo que te lo devolveré en cuanto consiga mi primera llamada de casting.

Miré hacia mi bolso, pensando en mis ahorros apretados y en la renta del mes que venía. Era mucho dinero, prácticamente todo lo que había logrado juntar desde que llegué a Londres. Pero era Christian. Era mi novio, el hombre que creía en el arte cuando nadie más lo hacía.

—     Está bien — asentí, convenciéndome a mi misma de que estaba haciendo el correcto —. Mañana a primera hora te hago la transferencia.

—     Eres la mejor, de verdad. Sabía que podía contar contigo. — sonrió de inmediato, besando mi frente con efusividad antes de volver al sofá a tomar su cerveza, sin siquiera preguntarme cómo me había ido en el trabajo.

Me quedé de pie en medio de la pequeña cocina, mirando la lluvia pegar contra el cristal. Entre las exigencias financieras de Christian y la mirada rota de Hades, sentí la estabilidad que tanto me había costado construir en esta ciudad empezaba a agrietarse a mi alrededor.

[…]

El fin de semana pasó entre el agotamiento y la frustración. Mientras yo intentaba mantener la casa limpia y organizar mis finanzas, Christian se dedicó a convertir mi pequeño departamento en un caos. Dejó la ropa sucia tirada por el suelo, los platos acumulándose en el fregadero y la televisión encendida a todas horas. Cada vez que intentaba sugerirle que buscara opciones de castings en Londres, se ponía a la defensiva o inventaba una nueva exigencia, pidiéndome dinero para salidas, comida a domicilio o transporte.

Para colmo, el domingo por la tarde recibí una llamada de mi madre desde Nueva York. Llorando al otro lado de la línea, me contó que las deudas médicas de mi padre se habían acumulado y que necesitaban ayuda urgente para no perder la cobertura del seguro. Con el corazón en el puño y la cuenta bancaria temblando tras la transferencia a Christian, no tuve valor para decir que no. Prometí enviarle lo poco que me quedaba en cuanto cobrara el siguiente sueldo.

El lunes por la mañana llegó como una especie de refugio. Salí del departamento antes de que Christian siquiera despertara, dejando atrás el desorden y la sofocante presión financiera.

Al cruzar las puertas de Sinclair Bespoke, el contraste no pudo ser más drástico. El orden, el aroma a café gourmet y el silencio pulcro de la alta dirección me devolvieron un poco de aire. Me acomodé en mi escritorio, preparé el café negro de Hades exactamente a su gusto y esperé su llegada para iniciar la semana laboral.

Pocos minutos después, las puertas del ascensor privado se abrieron. Pero el hombre que caminó por el pasillo no parecía el CEO impecable y sonriente de siempre.

Hades vestía un traje oscuro impecable, pero su porte erguido llevaba un peso visible. Tenía ojeras marcadas bajo sus ojos grises y una rigidez en los hombros que delataba un fin de semana sin descanso. Cuando cruzó la recepción, no me ofreció la cálida sonrisa habitual; su mirada era fría, lejana y cargada de una tormenta contenida.

—Buenos días, Briana —murmuró con una voz rasposa, casi sin mirarme, mientras tomaba la taza de café de mi escritorio.

—Buenos días, Hades —respondí con suavidad, estudiando la tensión en sus facciones—. ¿Todo bien para la agenda de hoy?

Se detuvo a medio paso, con la mano en el pomo de la puerta de su despacho. Se giró lentamente hacia mí y, por un segundo, la coraza de frialdad se agrietó, dejando ver un abismo de dolor y agotamiento.

—Solo... mantén la puerta cerrada y no me pases llamadas personales, por favor —dijo en un tono bajo, roto—. Hoy solo existo para esta empresa.

Antes de que pudiera responder, entró a su oficina y cerró la puerta de roble. Los dos estábamos atrapados en nuestras propias tormentas, ocultando las grietas de nuestra vida personal tras la máscara de la eficiencia.

La mañana transcurrió en un silencio tenso que se podía cortar con un bisturí. Con la puerta de su despacho cerrada a cal y canto, me dediqué a amortiguar cualquier contratiempo, cancelando las citas no esenciales y desviando a los ejecutivos que buscaban a Hades sin cita previa. Necesitaba que ese espacio fuera su refugio, del mismo modo que la oficina se había convertido en el mío.

A eso de las dos de la tarde, mi teléfono sonó. Un leve escalofrío me recorrió al ver la pantalla: era Christian.

—Bri, no encuentro el detergente y necesito lavar unos pantalones para salir más tarde —dijo al otro lado, sin un «hola» ni un «¿cómo estás?».

—Está en el armario debajo del fregadero, Christian —respondí en un susurro apresurado, mirando de reojo hacia la puerta de Hades—. Estoy en medio de la jornada laboral, no puedo hablar ahora.

—Bueno, no te pongas así. Por cierto, pedí comida a tu cuenta con la tarjeta que dejaste guardada en la app. Llegó fría, pero bueno... Te veo en la noche.

Colgó sin esperar mi respuesta. Apreté el teléfono contra mi pecho, sintiendo una mezcla de rabia y desamparo. Las deudas con mi madre pendientes, el saldo de mi cuenta bancaria casi en cero y un novio que usaba mi departamento como si fuera un hotel de lujo mientras yo me desvivía trabajando.

Un golpe seco dentro del despacho de Hades me sacó de mis pensamientos.

Sin pensarlo dos veces, me puse de pie y llamé suavemente a la puerta de roble.

—¿Hades? ¿Está todo bien?

Al no recibir respuesta, giré el pomo y me asomé despacio.

La escena me encogió el corazón. La impecable oficina era un desastre: un marco de fotos de plata yacía roto contra la pared y varios documentos estaban esparcidos por el suelo. Hades estaba de pie junto al enorme ventanal, dándome la espalda, con las manos apoyadas contra el cristal y los hombros subiendo y bajando al ritmo de una respiración agitada.

—Te dije que no quería interrupciones, Briana —murmuró con una voz rasposa, cargada de una vulnerabilidad que jamás le había escuchado.

—Lo sé... y lo siento —dije con voz suave, dando unos pasos cautelosos hacia el interior—. Solo quería asegurarme de que estuviera bien.

Él no se movió, pero pude ver el reflejo de su rostro en el cristal. Los ojos grises, normalmente tan seguros y brillantes, estaban apagados, fijos en la nada de la ciudad gris.

—No lo estoy —confesó en un hilo de voz, dejando caer la cabeza hacia adelante—. Nada está bien.

Me acerqué un poco más, manteniendo el debido respeto, pero dejando espacio para la empatía que ambos necesitábamos desesperadamente.

—Si necesita suspender la agenda de la tarde o que encargue de algo en particular, solo tiene que decírmelo. Estoy aquí para lo que necesite, Hades.

Él se giró despacio. Por un segundo, la distancia jerárquica entre el poderoso CEO de Sinclair Bespoke y su secretaria neoyorquina desapareció por completo. Solo éramos dos personas exhaustas, cargando el peso de vidas que no estaban saliendo como habíamos soñado.

—Gracias, Briana —dijo mirándome fijamente, y por primera vez en todo el día, una sombra de su calidez habitual asomó en sus ojos—. No sé qué haría sin tu lealtad hoy.

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