Capítulo 3 3° Corazón roto

Hades

El silencio en mi despacho tras la salida de Briana era ensordecedor. Cerré los ojos un instante, sintiendo todavía el calor tenue de su presencia y esa empatía sincera que siempre lograba calmar la marejada en mi pecho. Pero la realidad me esperaba fuera de esas cuatro paredes de cristal y roble.

Al dar la hora de salida, recogí el saco del respaldo de la silla y bajé al aparcamiento subterráneo. El trayecto de regreso a nuestra residencia en Kensington se sintió interminable. El cielo de Londres caía gris y pesado sobre el parabrisas de mi auto, reflejando con precisión el estado de mi vida personal.

Al cruzar el portón de hierro de la mansión, el peso del deber me oprimió los hombros. Esta no era una casa; era un escenario perfectamente decorado para guardar las apariencias.

En el recibidor me recibió la risa contagiosa de Milán. Con apenas cinco años, mi hijo menor corrió hacia mí por el pasillo de mármol con un cochecito de juguetes en la mano.

—¡Papá! —exclamó, lanzándose a mis piernas.

Me agaché de inmediato, lo levanté en brazos y dejé un beso en su mejilla, sintiendo cómo se me ablandaba el corazón.

—Hola, campeón —murmuré, forzando una sonrisa genuina para él—. ¿Cómo estuvo tu día?

—Hizo un dibujo para ti en la escuela —dijo una voz madura desde las escaleras.

Alcé la vista y vi a Rick, mi hijo mayor. A sus veinticinco años, Rick era un joven brillante, analítico y observador. Trabajaba en el sector financiero y, aunque ya no vivía a tiempo completo en la mansión, solía pasar a cenar. Al mirarme, sus ojos notaron al instante el cansancio que yo intentaba ocultar.

—Hola, Rick —lo saludé, bajando a Milán al suelo para que siguiera jugando—. Me alegra que estés aquí.

—Papá, te ves exhausto —dijo Rick en voz baja, acercándose a mí mientras Milán corría hacia la sala—. ¿Otra vez discusiones antes de que salieras a trabajar?

Antes de que pudiera responderle, el eco de unos taconazos sobre el suelo de madera anunció la llegada de la dueña de la casa.

Adela Grayson bajaba las escaleras vistiendo un conjunto de seda impecable. A sus cuarenta y dos años, mantenía una elegancia fría, pulida y distante. Sus ojos castaños me recorrieron de arriba abajo sin el menor atisbo de calidez o afecto. Entre nosotros no quedaba ni un rastro del matrimonio que alguna vez intentamos ser; nuestra relación en el hogar se había reducido a una convivencia gélida, un intercambio de reclamos soterrados y un acuerdo no escrito de mantener la fachada frente a la alta sociedad londinense.

—Llegas tarde, Hades —dijo con un tono seco, sin molestarse en saludar—. La cena está servida y los chefs han tenido que recalentar el plato principal.

—Había tráfico en el centro, Adela —respondí con serenidad ejecutiva, usando la misma voz neutral con la que manejaba a los proveedores difíciles—. Podían haber empezado sin mí.

—Sabes perfectamente que la familia cena junta cuando Rick está de visita —replicó, cruzándose de brazos—. Pero claro, para ti Sinclair Bespoke siempre es más importante que lo que pasa bajo este techo.

Rick soltó un leve suspiro y desvió la mirada, acostumbrado a las pullas constantes de su madre. La tensión en la mesa de la cena fue sofocante. Mientras Milán nos contaba con entusiasmo inocente sobre sus clases de pintura, entre Adela y yo solo había monosílabos, miradas esquivas y el choque de los cubiertos de plata contra la porcelana.

Adela vivía volcada en los eventos benéficos, las compras de lujo y la presión de mantener el estatus de los Grayson-Sinclair. Yo, por mi parte, me había refugiado en el trabajo para no enfrentar el vacío de un matrimonio muerto desde hacía años. Lo único que me mantenía atado a esta casa era proteger la infancia de Milán y no alterar el equilibrio de Rick.

Cuando la cena terminó y llevé a Milán a su habitación para leerle un cuento antes de dormir, Adela me esperó en el pasillo.

—Mañana tenemos la gala de la fundación —recordó en voz baja pero tajante—. Espero que no tengas 'imprevistos' en la empresa. La prensa estará cubriendo la recepción.

—Estaré allí, Adela. Siempre estoy —respondí con frialdad.

Se dio media vuelta sin decir nada más y se encerró en su habitación principal. Yo me retiré a mi despacho en la planta baja. Me serví un vaso de whisky, me aflojé la corbata y me senté frente al ventanal que daba al jardín interior.

Saqué mi teléfono personal del bolsillo. Al mirar la pantalla, el nombre de Briana vino a mi mente de inmediato. Recordé su mirada comprensiva, la forma en que cuidaba cada detalle de mi agenda sin que se lo pidiera y la dignidad con la que llevaba sus propias batallas. En medio de esta casa helada y de un matrimonio destruido que solo respiraba falsedad, la simple imagen de mi secretaria era el único pensamiento que me devolvía la calidez.

Terminé el whisky de un solo trago, sintiendo cómo el líquido me quemaba la garganta sin lograr adormecer la pesadez en mi pecho. Salí de la mansión antes de que la casa despertara, prefiriendo el silencio de mi auto y el aire helado de la madrugada londinense al ambiente enrarecido de Kensington.

Llegué a la compañía una hora antes de lo habitual. Necesitaba trabajar, sumergirme en los números y las colecciones para no pensar en el abismo que era mi hogar. Sin embargo, al salir del ascensor, el brillo sutil de la luz en la recepción me detuvo.

Briana ya estaba allí.

Llevaba el cabello recogido de forma sencilla, unos lentes de marco fino para revisar los documentos y una taza de café humeante en la mano. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, una chispa de auténtico alivio cruzó su rostro antes de componer su profesionalismo impecable.

—Buenos días, Hades. Te adelantaste al horario —dijo con esa voz suave que de inmediato me quitó diez kilos de encima.

—Buenos días, Briana. No podía dormir —fui sincero, acercándome a su escritorio—. Veo que tú tampoco.

—Quería dejar revisados los contratos de distribución antes de la reunión de las nueve —explicó, entregándome mi café exactamente en el punto que me gustaba—. Pensé que te serviría tenerlos listos.

Tomé la taza, rozando accidentalmente sus dedos. Fue un contacto de un segundo, pero la calidez de su piel contrastó tanto con la frialdad de Adela que tuve que hacer un esfuerzo consciente para no sostenerle la mano.

—Eres increíble, Briana. En serio. Gracias.

Ella sonrió, un poco ruborizada, y volvió a la pantalla. Me encerré en mi oficina con la puerta entreabierta. Durante las horas siguientes, escuchar el tecleo constante de Briana y su voz amortiguada respondiendo llamadas me sirvió de ancla. Era una paradoja absurda: mi matrimonio de más de dos décadas era una celda de hielo, mientras que mi oficina, junto a mi secretaria de veinticinco años, se sentía como el único lugar seguro sobre la tierra.

Al mediodía, Rick se presentó en mi piso sin avisar.

—Papá, ¿tienes cinco minutos? —preguntó mi hijo mayor al asomarse a la puerta.

—Para ti, los que necesites. Pasa —dije, apartando los informes.

Rick entró y saludó a Briana con un gesto cortés que ella devolvió amablemente antes de dejarnos a solas. Mi hijo se sentó frente a mi escritorio, mirándome con una madurez que a veces me abrumaba.

—¿Qué pasa, Rick?

Él guardó silencio unos segundos, eligiendo con cuidado sus palabras.

—Ayer en la cena... me di cuenta de lo destruido que estás, papá. Ya no se trata solo de que tú y mamá no se quieran. Es que se están consumiendo. Milán es pequeño y no lo nota tanto, pero yo lo veo. No tienes por qué seguir aguantando esto solo por las apariencias o por nosotros.

Me quedé helado. Escuchar a mi propio hijo validar el infierno de mi matrimonio me dolió, pero también me liberó de una culpa que llevaba años arrastrando.

—Rick, tu hermano y tú son lo único que me importa. Proteger la estabilidad de la familia ha sido mi prioridad.

Cuando Rick se fue, sus palabras quedaron retumbando en mi cabeza. Paz. ¿Cuándo había sido la última vez que había sentido paz?

Salí a la recepción buscando una excusa para hablar con Briana, pero su escritorio estaba vacío. Me extrañó, ya que ella jamás se ausentaba sin avisar. Al acercarme al pasillo de los archivadores, escuché su voz. Estaba hablando por teléfono en un tono bajo, tenso y desesperado que me hizo detener de golpe.

—¡Ya te hice la transferencia esta mañana, Christian! —susurraba, con la voz al borde del llanto—. Era todo lo que me quedaba en la cuenta. No puedo pedir un adelanto en el trabajo, entienda que no funciona así... Por favor, no vengas aquí.

Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi pantalón. La ira me recorrió las venas de golpe. Briana, la mujer más eficiente, entregada y noble que conocía, estaba siendo desgastada por alguien que claramente no la valoraba. Me dieron ganas de atravesar la puerta, quitarle el teléfono y arreglarle la vida en ese mismo instante.

Pero me detuve. Yo era su jefe, un hombre casado atrapado en su propia telaraña de mentiras. ¿Con qué derecho intervenía?

Briana salió del pasillo guardando su teléfono a toda prisa y secándose disimuladamente una lágrima. Al verme parado allí, se sobresaltó.

—Hades... Disculpa, estaba...

—Briana —la interrumpí, dando un paso hacia ella y mirándola fijamente a los ojos azules, dejando que toda mi protección contenida se reflejara en mi voz—. Si alguna vez necesitas ayuda con algo, con lo que sea... quiero que sepas que puedes contar conmigo. No estás sola.

Ella me miró, sorprendida por la intensidad de mis palabras. Por un segundo, el aire entre los dos se volvió tan denso que pareció que el tiempo se detuviera. Se mordió el labio inferior y asintió muy despacio.

—Lo sé, Hades. Gracias.

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