Capítulo 4 4° Celos

Hades

—Hades, si sigues apretando los puños con esa fuerza, vas a atravesar la madera de la mesa.

La voz de Otto Banks rompió la tensión en la oficina. Mi mejor amigo y vicepresidente de Sinclair Bepoke entró sin llamar, sosteniendo una carpeta gruesa con las muestras de tela para la colección de otoño. Se detuvo en seco al ver mi postura: tenso, mirando hacia la nada a través del ventanal, con la mandíbula apretada y las manos hechas nudillos sobre el escritorio.

—¿Qué te pasa? —preguntó Otto, arqueando una ceja mientras dejaba la carpeta sobre la mesa—. Venía a revisar los cortes finales, pero parece que estás a punto de declararle la guerra a alguien.

Soplé un suspiro pesado y me dejé caer sobre el respaldo de mi sillón, intentando aflojar la presión en mis manos.

—No es nada, Otto. Cosas de la oficina.

—Por favor, nos conocemos desde la universidad —replicó, cruzándose de brazos y mirándome con ojo clínico—. A ti te distrae la crisis de un proveedor o una mala jugada de tu esposa, pero esto... esto es distinto. Tienes cara de querer romperle la cara a alguien. ¿Quién te hizo perder la cabeza?

Me pasé una mano por la cara, frustrado por lo transparente que resultaba para él. No podía sacarme de la cabeza la voz temblorosa de Briana en el pasillo, sus lágrimas reprimidas y esa forma de suplicarle a un tal "Christian" que no viniera a buscarla. Y, por sobre todas las cosas, me carcomía un sentimiento oscuro, pesado y completamente irracional que me negaba a nombrar.

Celos.

Me quemaba el pecho saber que había otro hombre en su vida. Un hombre que la hacía sufrir, que la presionaba por dinero y que, aun así, tenía el derecho de llamarla a mitad de su jornada laboral mientras yo me ahogaba en el deseo contenido de protegerla y mantenerla a mi lado.

—Escuché a Briana hablar por teléfono —confesé en voz baja, evitando la mirada de Otto—. Estaba discutiendo con alguien... un tipo. Le estaba exigiendo dinero.

Otto se quedó en silencio un segundo, procesando mis palabras. Luego, una sonrisa de media lado, lenta y perspicaz, se dibujó en su rostro.

—Entiendo. Escuchaste a tu secretaria hablar con su pareja y descubriste que no está tan sola en el mundo como pensabas.

—No se trata de eso —dije de inmediato, poniéndome a la defensiva—. Me preocupa su bienestar. Es impecable en su trabajo y no voy a tolerar que sus asuntos personales afecten...

—Hades, cállate —me interrumpió Otto con una risa corta—. A mí no me vendas los ojos. Te estás muriendo de celos.

—¡Es mi secretaria, Otto! Y yo soy un hombre casado — sentencié con firmeza, aunque las palabras me sonaron huecas hasta a mí mismo.

—Un hombre casado con una mujer a la que no soportas, atrapado en una casa vacía —corrigió él con tono serio, dando un paso hacia el escritorio—. Llevo meses viendo cómo miras a Briana. La forma en que cambias cuando ella entra a la habitación, cómo te cuidas de no sobrepasar la línea porque la respetas. Pero no me vengas con el cuento del "jefe preocupado". Te da rabia saber que hay otro tipo ocupando un lugar en su vida, especialmente uno que no la valora.

Me quedé en silencio, incapaz de rebatirle. Las palabras de Otto dieron en el blanco exacto de mi dolor. Apreté los dientes, sintiendo cómo la rabia y la impotencia se mezclaban dentro de mí.

Tenía el poder de comprar edificios, de mover millones en la industria de la moda y de dirigir a cientos de empleados, pero en ese instante, sabiendo que Briana estaba al otro lado de la puerta sufriendo por alguien más, me sentía el hombre más impotente de todo Londres.

—No vas a arreglar su vida imponiéndote, Hades —añadió Otto con suavidad, rompiendo el denso silencio que se había instalado entre los dos—. Si ese tipo la está presionando, ella tendrá que tomar sus propias decisiones. Tu papel aquí es no complicarle más las cosas.

—Lo sé —murmuré, pasándome los dedos por la nuca con pesadez—. Sé perfectamente cuál es mi lugar.

Otto suspiró, abrió la carpeta de cuero y extendió los muestrarios de la colección sobre la mesa. Durante los siguientes cuarenta minutos nos forzamos a concentrarnos en lo profesional: hilos, texturas, presupuestos de confección y las fechas de entrega para el desfile de la próxima temporada. La rutina corporativa sirvió como un anestésico temporal, pero la espina seguía clavada ahí.

Cuando Otto finalmente recogió sus cosas para marcharse, se detuvo junto a la puerta y me miró con advertencia sincera.

—Solo ten cuidado, amigo. El juego de guardarlo todo bajo la alfombra se acaba cuando la alfombra ya no puede tapar la basura. Y tu vida en casa está a punto de explotar.

No respondo nada. Tenía razón.

A las siete de la tarde, la planta de alta dirección quedó en penumbras. La mayoría del personal administrativo se había retirado, pero una luz tenue continuaba encendida en la recepción. Salí de mi despacho con el saco al hombro y vi a Briana terminando de apagar su ordenador.

Se la veía exhausta. La tensión de la mañana le había dejado ligeras sombras oscuras bajo los ojos, pero en cuanto notó mi presencia, se incorporó de inmediato con esa compostura impecable que tanto admiraba.

—Todo quedó organizado para mañana a primera hora, Hades. Las firmas del departamento legal están en tu bandeja de entrada —informó con voz tranquila.

—Gracias, Briana. Pero ya es tarde, deberías irte a casa a descansar.

—En eso estoy —sonrió de lado, tomando su bolso.

Caminamos juntos hacia el ascensor privado en un silencio cómodo. Al entrar en la cabina de cristal y acero, el perfume suave de Briana llenó el espacio reducido. La miré de reojo; traía las manos cruzadas al frente y los nudillos ligeramente pálidos por la presión. La impotencia volvió a quemarme por dentro.

—Briana —la llamé en voz baja mientras el ascensor descendía.

—¿Sí? —preguntó, girando el rostro hacia mí. Sus ojos azules, atentos y puros, me buscaron con curiosidad.

—Lo que te dije antes va en serio —dije con firmeza, acortando un paso la distancia entre los dos—. No sé qué problemas puedas estar enfrentando fuera de estas paredes, ni me corresponde meterme en tu vida privada... pero si algún día necesitas un respaldo, una salida o simplemente a alguien que te escuche, aquí estoy. No estás sola en esta ciudad.

Ella se quedó inmóvil, sorprendida por la contundencia de mis palabras. Pude ver cómo la armadura defensiva que había llevado puesta todo el día comenzaba a resquebrajarse. Tragó saliva y una chispa de emoción genuina brilló en su mirada.

—Gracias, Hades. Significa mucho para mí... de verdad —susurró, con una voz rasgada que me encogió el corazón.

Las puertas del ascensor se abrieron en el aparcamiento subterráneo, rompiendo la magia del momento. Nos despedimos con un gesto amable y la vi subir a su auto compacto antes de ponerme al volante del mío.

Manejé de regreso a Kensington con la mente hecha un caos. La advertencia de Otto resonaba en mis oídos, pero la imagen de Briana vulnerada eclipsaba cualquier otro pensamiento.

Al aparcar frente a la mansión, noté que las luces del salón principal estaban encendidas. Un todoterreno negro que no pertenecía a la familia estaba estacionado en la entrada. Apreté el volante con fuerza, intuyendo que la frágil paz de mi hogar estaba a punto de hacerse pedazos esa misma noche.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo